Fuera de Registro

El pasado construido

...la exposición Arquitectura en México 1900-2010, propone un empeño urgente en una cultura como la nuestra, acaso marcada por la desmemoria: recordarnos lo que hemos construido a lo largo de poco más de un siglo de modernidad (y posmodernidad).

En mi supina ignorancia, la asignación me pareció imposible de cumplir: el noticiario televisivo para el que soy comentarista de cultura transmitiría dos días desde Acapulco, y mi jefe me pedía hacer sendas notas sobre temas relacionados con esa ciudad. En efecto, algo sabía del glorioso pasado del puerto en tanto reducto vacacional para el jet set, y por tanto de la presencia intermitente aunque frecuente de cineastas, actores y escritores de excepción en los años 50 y 60, pero temía terminar por hacer la nota rosa en sepia. ¿Atractivos culturales acapulqueños? Descarté de inmediato el Fuerte de San Diego por obvio y me dejé abrumar por un problema irresoluble: ¿cómo hablar de cultura en un lugar marcado por el signo de la frivolidad?

Un proceso de reflexión ansiosa —como lo son siempre en mí— me llevó a recordar que, si bien la versión fílmica de La noche de la iguana dirigida por John Huston había puesto Puerto Vallarta en el mapa internacional —menos por las bellezas que exhibe una película extraordinaria pero más bien sórdida y deprimente que por el romance que viviera su protagonista, Richard Burton, con Elizabeth Taylor durante la filmación—, el cuento de Tennesse Williams en que se basan tanto la película como la obra de teatro no sólo está ambientado en Acapulco —en una Caleta previo al desarrollo de infraestructura turística— sino que había sido escrito justo ahí, durante una estancia prolongada de su autor. Eso me resolvía el problema de la primera intervención; quedaba pendiente otra.

Si dar vueltas por mi biblioteca a veces me calma la ansiedad, cuando ésta es creativa, el efecto es doblemente benéfico. Verbigracia haber reparado mientras trajinaba ante un librero en dos monografías del arquitecto mexicano Mario Pani que atesoro, y haber recordado que justo él había sido el artífice del viejo aeropuerto internacional de Acapulco —notable por la hermosa celosía blanca de su fachada, que permite la ventilación cruzada, uno de los recursos dilectos de un Pani previo al advenimiento del aire acondicionado, y por su forma, que evoca el ala de un ave—, aún hoy en pie, aunque a guisa de terminal de Aviación Civil. Pani en Acapulco: ahí había un tema. Grabaría en el aeropuerto, en el viejo hotel Condesa del Mar (hoy Fiesta Americana Villas) y, pièce de résistance, en el mítico Condominio Los Cocos, segunda construcción mexicana administrada bajo ese régimen después del Guadalquivir de la Ciudad de México, también de Pani.

La visita a Los Cocos hubo de depararme no sólo una alegría profesional sino también uno de los episodios más perturbadores de mi vida personal. Estaba por caer la tarde. Siguiendo mis indicaciones, mi compañero camarógrafo se afanaba en grabar la fachada desde distintos ángulos. Disponía, pues, de unos minutos para situarme del otro lado de la calle y disfrutar la moderna y alegre funcionalidad del edificio. Fue entonces que sentí miedo de mi mismo.

Maravillado ante la proeza arquitectónica, pensé que ése era el instante más feliz de mi vida, y ese edificio mejor —más noble, más generoso, más perfecto— que cualquier ser humano que hubiera conocido o fuera a conocer. El trance me duró un rato, que no sabría medir. Ya de vuelta en el hotel, celebré carecer de todo talento para dedicarme a la arquitectura, que es lo que creo que me habría gustado. Acaso sea gracias a ese fracaso que me obstino en lidiar con la imperfección humana (también con la mía, sobre todo con la mía), que soy capaz de amar (y tanto, y tan bien, y tan mal).

La sensación hubo de regresarme hace poco, en ocasión de mi vista a la exposición Arquitectura en México 1900-2010, que se presenta desde hace unas semanas y hasta el próximo junio en el Palacio de Iturbide. Curada por la arquitecta Fernanda Canales, la exhibición se propone un empeño urgente en una cultura como la nuestra, acaso marcada por la desmemoria: recordarnos lo que hemos construido a lo largo de poco más de un siglo de modernidad (y posmodernidad). Reúne bocetos, planos y fotografías pero también maquetas, la gran mayoría de ellas elaboradas ad hoc a partir de la poca información disponible. Ahí están —y en una sola vitrina, la más impresionante— la Parroquia de San Felipe de Jesús de Félix Candela, el Museo de Antropología de Pedro Ramírez Vázquez, el Anahuacalli de Juan O’Gorman y Diego Rivera, el Camino Real de Ricardo Legorreta, versiones a escala de la rigurosa desmesura de los arquitectos.