Fuera de Registro

Por su paranoia hablará el espíritu

Las buenas conciencias progre han decidido que el spot que promueve la edición 2014 de la Guelaguetza es racista, denigrante para los indígenas oaxaqueños y quién sabe qué tantas otras cosas terribles y malvadas.

No sorprende que el escándalo haya surgido en las redes sociales, ese repositorio de sistemática indignación alimentada por el ocio. Ahora resulta que, entre tuits sobre las bondades del Mercado Roma y enlaces a momentos dilectos del noticiario de Carmen Aristegui, las buenas conciencias progre han decidido que el spot que promueve la edición 2014 de la Guelaguetza es racista, denigrante para los indígenas oaxaqueños y quién sabe qué tantas otras cosas terribles y malvadas.

Escéptico ante toda información que cite como fuente Twitter —que, recuerdo, es un medio de comunicación y no un sujeto social—, rastreé el dicho anuncio para verlo. Lo describo. Primera secuencia: un cerillo se enciende (¿será el fuego nuevo?); una bataca golpea un tambor que descubrimos aporreado por un hombre con sombrero campesino; otro campesino, de rasgos indígenas, toca la trompeta; corte a un close-up, iluminado con primor, de una señorita guapa, de rasgos mestizos, ostensiblemente reclutada merced a los servicios de una agencia de modelos, que sonríe muy maquillada mientras sostiene sobre la cabeza un canasto perfecto, acaso suministrado por un utilero. Segunda secuencia: frente a la Parroquia de Santo Domingo recortada ante un cielo a lo Gabriel Figueroa (pero en color), una toma en gran angular presenta a músicos y bailarines indígenas y, al centro, a una modelo guapetona, también de rasgos mestizos —la piel morena clara, el pelo negro—, con un vestido rojo bien cortado (pero no demasiado lujoso), que asiste a la gran animación con expresión de éxtasis turístico; corte a niños mestizos, de aparente clase media baja, que corren exultantes por una calle oaxaqueña, flanqueados por mujeres indígenas; corte a una toma idéntica, solo que ahora los niños se ven sustituidos por una gorda de strapless vaporoso y un gordo de guayabera, mestizos y clasemedieros también, que recorren la calle tomados de la mano mientras las indígenas les arrojan pétalos como si fueran novios añosos; corte a un grupo de mujeres indígenas que bailan descalzas mientras sostienen frutas varias; la cámara hace zoom out para revelar a nuestra chica de rojo observar la escena sentada a la mesa de un restaurante, donde comparte los alimentos con dos hombres y una mujer de rasgos asiáticos. Tercera secuencia: la modelo toma fotos con su celular; un alejamiento la revela en el antiguo Palacio de Gobierno, cuya escalinata baja sonriente mientras mujeres indígenas la flanquean danzando con harto movimiento de enaguas; corte a más mujeres que bailan frente a Santo Domingo, observadas por una pareja de presuntos turistas europeos (son güeros, panzones y el colorido de sus ropas compite con el de los danzantes). Cuarta secuencia: la modelo, recostada sobre una tumbona, ve a una pareja indígena bailar en un patio (mucho brinquito). Quinta secuencia: la modelo, de pie, se deja cortar y coser un enredo oaxaqueño por cuatro mujeres indígenas, alguna arrodillada para sostener la tela. Sexta secuencia: la modelo sentada leyendo en el campo, rodeada por figuras masculinas indígenas presuntamente históricas (traen penacho). Séptima secuencia: turistas e indígenas corren alegres hacia una iglesia; corte a tehuanas que bailan en una plaza; corte a la modelo, que lleva flores a una indígena, quien las riega con agua de una fuente; nuevo corte a la modelo, de pie frente a una Plaza de Santo Domingo pletórica de bonitas tradiciones, quien ve a la cámara y exclama con gran sonrisa (y nulo convencimiento) “Ven a Oaxaca. Tienes que vivirlo”.

Espero que haya quedado claro que el anuncio me ha parecido horrendo. Lo que no le encuentro es lo racista. ¿Que hay una indígena arrodillada ante una mestiza? Si la señorita promoviera la alta costura de Chanel en vez de la Guelaguetza también la veríamos con una mujer postrada ante ella —como debe hacer toda costurera a la hora de una prueba—, solo que francesa. ¿Que los turistas aparecen echadotes y dándose la gran vida mientras los indígenas están baile que te baile? Así en Oaxaca, así en un Oktoberfest en Munich. ¿Que las indígenas arrojan pétalos de flores sobre los viajeros? Me temo que se trata de una metáfora. Metáfora idiota, concedo, pero metáfora al fin.

Lo que es más, aun si el spot me parece absurdo y cursi, diré que cumple su cometido a la perfección: vender al turista lo que Oaxaca lleva 60 años vendiendo, es decir folclor empaquetado para su consumo masivo. Y es que no creo que haya demasiados usos y costumbres que subvertir en algo para lo que es posible comprar boletos en TicketMaster, con un rango de precios que va de los 960 a los mil 240 pesos.