Fuera de Registro

La muerte le sentaba bien

En los años 70 y 80, Manhattan era una de las metrópolis más peligrosas y caóticas del universo, pero también una de las más vivificantes, sobre todo en esas noches en que negros y blancos, gays y bugas, artistas y financieros... emergían para pintar la noche de todos los colores.

Es una de las ventajas de mi trabajo hacerme viajar con relativa asiduidad. Así, en los últimos 17 años he podido no sólo visitar casi todos los estados de la República sino frecuentar ciudades tan disímbolas como Panamá y París, Sinope (en Turquía) y Santiago (de Chile), todo con pretexto de trabajo. Diré, además, que razones profesionales me han llevado con frecuencia a visitar Estados Unidos: mis empeños me han conducido a Houston, a San Diego, a San Francisco, a Chicago y en buen número de ocasiones a Los Ángeles. Cosa curiosa, en el mismo lapso, y hasta hace un par de meses, no había tenido oportunidad de regresar a Nueva York, ciudad a la que había viajado por última vez —y eso por vacaciones— en 1998, cuando las Torres Gemelas todavía campeaban, Times Square aún atemorizaba y parte del encanto residía en lo aventurero que se sentía uno al aventurarse por sus calles caída la noche. Regresé advertido por amigos de que no reconocería la ciudad, de que la encontraría gentrificada —si no es que disneyficada— por las sucesivas políticas higienistas de los alcaldes Giuliani y Bloomberg. Diré que no fue así —la refrendé como una de mis ciudades preferidas en el mundo— pero también confesaré que acaso lo haya logrado por haberme esforzado de manera inconsciente en hacerme una agenda personal (la de trabajo, holgada, daba tiempo para ello) volcada a la nostalgia: estuve en Grand Central Station y en el hotel Plaza, cené en el Four Seasons del edificio Seagram y vi un montaje de una obra de Stephen Sondheim, estuve en un MoMA todavía reconocible pese a su ampliación y en un Guggenheim idéntico a sí mismo. Fue, pues, por designio un viaje que bien habría podido hacer en los años 80, o 70, o incluso en los 60.

Un par de semanas después de mi regreso a casa, me topé en el televisor con la Taxi Driver de Scorsese, película que retrata el revés oscuro de esa misma ciudad sigloveintera que me había yo esforzado en recrear en mi visita. Ahí estaban los grandes contrastes sociales, hoy más maquillados —por la expulsión de los pobres merced a unas rentas impagables— que superados. Ahí el Times Square —que había evitado preclaramente en mi retorno— lastrado por el narcomenudeo y la prostitución, pero también innegablemente vivificante y real. Ahí, pues el Nueva York menos apacible pero también más estimulante, contemporáneo del retratado por Woody Allen tan sólo dos años después en su Manhattan, película que yuxtapuesta a la de Scorsese ofrece el retrato de una ciudad eminentemente diversa, infinitamente más capaz que la actual de mover a sorpresa.

Diré que, aunque niño y joven, yo conocí ese Nueva York. Que recorrer de noche su Sexta Avenida me llevó a recibir el mejor halago sexual del que haya sido objeto —en esa calle entonces abocada a la prostitución, una güera se ofreció a subirme en su limusina blanca; todavía no me perdono no haber tenido valor para aceptar su invitación— y que una visita inolvidable a su Au Bar me llevó a rozar la vida nocturna de su uptown, de estilo más atildado (según leía y me contaban) que la de su downtown pero de idéntico talante decadente. En los años 70 y 80, Manhattan era una de las metrópolis más peligrosas y caóticas del universo, pero también una de las más vivificantes, sobre todo en esas noches en que negros y blancos, gays y bugas, disco queens y club kids, artistas y financieros, socialités y grafiteros emergían para pintar la noche de todos los colores. Si buscara un adjetivo para describir ese mundo cuyas antípodas geográficas eran Studio 54 y CBGBs no podría sino decantarme por uno: sublime.

Lo digo en la acepción kantiana del término, donde sublime es aquello que conmueve al punto del displacer, aquello cuya belleza supone en sí misma un atisbo de muerte. El concepto, y su relación con aquel Nueva York ido, me vino al contemplarlo retratado hace unos días en un libro notable editado en México: Another Planet, del fotógrafo Christophe von Hohenberg, quien no sólo capturara la ebullición de esa ciudad entre 1976 y 1996 sino la viviera de primera mano, como protagonista de esa fiesta interminable. Por sus páginas desfilan Andy Warhol y Allen Ginsberg, Tom Jones y Bianca Jagger, Wim Wenders y Christopher Reeve para dar testimonio de un tiempo en que Nueva York fue, al amparo de la noche, un crisol no sólo de culturas sino de subculturas en que el punk y el disco, el rock y el jazz, la poesía beat y el pop art danzaban con la ciudad un vals de Mefisto. Uno en que el espectro de la muerte asomaba tras las tantas drogas y el tanto sexo. Uno que servía para hacer valorar a los danzantes el lujo mortal —acaso mortífero— de estar vivos.