Fuera de Registro

En memoria de la memoria

Jaime Almeida devino curador de nuestra memoria, luchador solitario por hacer comprender al gran público que las piezas y las canciones, los compositores y los cantantes y los músicos forman parte de un patrimonio cultural y de una memoria sentimental.

Gran asombro hubo de causarme en 1991 ver a Jaime Almeida al frente de una serie televisiva que hacía memoria de los grandes momentos de la música popular romántica en los años de gloria de la radio mexicana y en los inicios de nuestra televisión, con fragmentos presentados y comentados bajo el título de La hora azul. No que se tratara de un registro ajeno a los intereses y capacidades del comunicador —si a Terencio nada humano le era ajeno, a Almeida nada musical le era extraño, como había demostrado ya al ocuparse con idénticos encanto y solvencia de Led Zeppelin y de Lola Beltrán, de Mahler y de Madonna, de Duran Duran y de Cri Cri— pero lo cierto era que, a lo largo de los años 1983 a 1987 en que había encabezado su Estudio 54 —uno que, a diferencia de la mítica discoteca neoyorquina de la que tomaba su nombre, parecía abierto siempre a todo mundo—, si algo nos había quedado claro es que reservaba su mayor entusiasmo para el pop, y de manera señalada dentro de él para su vertiente rockera. Enfrentado, sin embargo, a la necesidad de hacer (y hacernos hacer) memoria de Agustín Lara y de Manuel Esperón, de Pedro Vargas y de Fernando Fernández, de Ana María González y de Las Hermanas Águila, Almeida no sólo exhibía idéntica erudición a cuando se ocupaba de los Who, los Beatles o los Stones sino que parecía no sólo igualmente cómodo sino equiparablemente entusiasta, capaz de transmitirnos no sólo lo placentero de esa música sino lo imbricada que estaba —que está— en nuestro ADN cultural y sentimental.

Ahora que ha muerto a destiempo este fin de semana, en los merecidos tributos se apilan las etiquetas que buscan cernir su función en los medios de comunicación mexicanos. “Periodista musical”. “Crítico musical”. “Musicólogo”. Todas aciertan y todas fallan puesto que Almeida fue bicho raro —mejor: rara avis— en nuestro panorama cultural. Cierto es que algo de todas estas funciones tenía la suya; ninguna de estas cachuchas, sin embargo, es la que conviene para describir su trabajo poco reconocido pero a mi juicio imprescindible.

De las definiciones de marras, acaso la que mejor sirva para describir la tarea de Jaime Almeida sea la de historiador, pues en efecto de la historia de la música —de toda la música: de Monteverdi a Bruno Mars— era de lo que se ocupaba. No era su empeño, sin embargo, el del académico ocupado de la investigación y la reflexión, ni su medio prioritario la letra impresa, herramienta habitual de quien a ello se dedica. Desarrollada su carrera al amparo de los medios electrónicos, alimentada por su paso como ejecutivo por las industrias radiofónica y discográfica, Jaime Almeida fue antes que nada un divulgador de la música, lo cual no le resta un ápice de mérito. Heredero de dos tradiciones sólo en apariencia opuestas —por un lado las conferencias televisivas que diera Leonard Bernstein primero en la serie Omnibus en los años 50 y después a través de sus Young People’s Concerts de los 60; por el otro la pasión contagiosa por la minucia y la trivia musicales de Casey Kasem, disc jockey del Top 40 estadunidense que deviniera paradigmático al comprender que su función trascendía la de presentar para contextualizar y explicar—, al emprender una tarea divulgativa de las tradiciones musicales culta y popular, mexicana y extranjera, Jaime Almeida devino curador de nuestra memoria, luchador solitario por hacer comprender al gran público que, pese a formar parte de una industria que se rige por la veleidosa norma de la moda (es decir por una lógica de obsolescencia planificada), las piezas y las canciones, los compositores y los cantantes y los músicos forman parte de un patrimonio cultural y de una memoria sentimental que nos son comunes a todos, que nos explican —en tanto sociedades como en tanto individuos— de dónde venimos y, a fin de cuentas quiénes somos.

No fue el único en los siglos XX y XXI mexicanos en ocuparse de tal tarea —vienen a la mente figuras del pasado remoto como Jorge Saldaña y Daniel García Blanco, del más reciente como Jordi Soler, Luis Gerardo Salas o Martín Hernández o de la actualidad como Mariana H o Rulo y Sopitas, juntos o separados— pero lo cierto es que nadie antes y nadie después hubo de exhibir la misma curiosidad ecuménica que lo llevara a estudiar lo mismo la música renacentista que el doo wop, el bolero que el punk, y nadie ha logrado transmitir con tanta sencillez y buen humor pero igual rigor la plétora de placeres que los seres humanos podemos derivar del recuerdo de la música.

La nuestra es una sociedad desmemoriada; la lastra, pues, la ausencia de quien fuera, más que nadie, el custodio de su memoria musical. Así, recordar a Jaime Almeida es recordar lo importante que es recordar.