Fuera de Registro

De marionetas y otros demonios

De ahí, acaso, la impopularidad de la gran literatura, cosa que el público lego admira sin frecuentar, seducido por un aura de prestigio que no ha contribuido a construir.

La noticia de la muerte de Gabriel García Márquez —crónica de una muerte anunciada, si se me permite el juego intertextual, dada la conmovedora, preocupante fragilidad que exhibía hace años en sus apariciones públicas, dada también su avanzada edad— me pescó en un aeropuerto, en la fila para abordar un vuelo breve —de Brasilia a Sao Paulo, a fin de emprender el regreso a México—, al término justo del cual recibí una llamada telefónica para hacer un comentario radiofónico al respecto, mismo que hube de realizar en un fragor de maletas, carritos, pasillos, pases de abordar y pasaportes, antes de treparme a un nuevo aeroplano y volar más de nueve horas a casa, donde era yo esperado para participar de, digamos, el cumpleaños de la Mamá Grande (es decir el de mi abuela, que festejaba sus 94… y cuyo talante no se antoja tan distinto del de quien da título a aquel cuento). No tuve, pues, oportunidad alguna de consultar las exequias que ofrendaban las redes sociales. Si he de hacer honor a la verdad, tampoco lo habría hecho en otra circunstancia: en tierra firme habría consultado dos o tres sitios de periódicos pero no habría abjurado de mi fobia a Twitter y a Facebook.

De ahí, entonces, que haya yo llegado a la comida de festejo no sólo con un jet lag de aquellos sino en la más absoluta ignorancia de que circulaba ya en internet un texto que, me fue informado entonces, constituía la carta de despedida de Gabo (así le decían casi todos los que no lo conocieron, esos que, de haberlo tenido frente a sí, seguramente se habrían dirigido a él con el vocativo Maestro). Alguien se ofreció a leerlo. Confesaré aquí que García Márquez nunca ha sido uno de mis escritores favoritos —demasiadas subtramas, demasiadas pasiones, demasiado exotismo, demasiado demasiado— pero que no por ello soy ciego a su genio: fue —sigue siendo— un autor, creador de un universo propio e inimitable (por más que se haya empeñado en hacerlo con escasísima fortuna Isabel Allende), dueño de una prosa no menos precisa por preciosa y por profusa. Así, no bien escuché lo que después sabría el primer párrafo de ese texto —“Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera. Posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo”— me quedó claro que se trataba de un apócrifo, complacencia engañabobos emparentada no sólo en su proceso de divulgación sino en su tono de dizque sabiduría ramplona y tópica con ese clásico de la cursilería que es el “Instantes” que no escribió Borges. Cuando anuncié en la comida que este texto no era de García Márquez, mi aseveración fue recibida con escepticismo; sólo cuando recurrí a la consulta a internet —el gran legitimador de nuestros tiempos— por medio de mi teléfono y pude citar varias fuentes que no sólo señalaban el engaño sino fechaban su primera incidencia en el 1999 en que el escritor fue diagnosticado con cáncer tuve crédito ante mis interlocutores.

El fenómeno me dejó intranquilo. Primero, porque el texto, al igual que aquel aborrecible “Instantes”, se obstina en sus fraseos presuntamente edificantes (no desperdiciaré espacio en citarlos: a estas alturas son más que conocidos) en postular que hay una manera “correcta” de vivir, de alcanzar la evanescente felicidad, y aun que la vejez nos llevaría a identificarla (aun si, coup de théâtre, demasiado tarde), noción antiliteraria por antonomasia. No es función de la literatura ofrecer consuelo —para eso está la religión—, dar consejo —para eso la psicoterapia… que no el psicoanálisis—, ni ofrecer respuestas —por ello se afana, aun si en vano (de ahí su belleza), la ciencia— sino plantear preguntas (a ello se aboca la obra toda de Borges) y aun señalar la desolada nobleza implícita en la imposibilidad de encontrarlas (El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, más a mi gusto en su neurótica contención que la desaforada Cien años de soledad, trata justo de eso). De ahí, acaso, la impopularidad de la gran literatura, cosa que el público lego admira sin frecuentar, seducido por un aura de prestigio que no ha contribuido a construir. Viene entonces mi segunda preocupación: imaginar que Borges pudo escribir “Instantes” o García Márquez “La marioneta” supone creer que el Escritor es persona que alcanza la Sabiduría, que su trato con el mundo de las ideas le confiere el secreto de la Fórmula y que ésta, por tanto, es asequible.

No hay sabiduría. No hay fórmula. Hay cuentos llenos de ruido y furia, contados por idiotas, que significan nada. Eso es vida y muerte y literatura. Es hermoso.