Fuera de Registro

Una maleta en Berlín (y otra en Viena)

La Neue Galerie es justo eso: una máquina del tiempo y del espacio; parte del encanto de este museo "bijou" estriba, claro, en sus Schieles y sus Kokoschkas y sus Klimts —incluido ese famoso Retrato de "Adele Bloch-Bauer"— cuya propiedad suscitara tantos conflictos.

Stefan Zweig, Thomas Mann, Arnold Schoenberg, Kurt Weill, Bertolt Brecht, Richard Neutra, Fritz Lang, Albert Einstein: la lista de emigrados notables del mundo germánico —no sólo de Alemania sino de a Austria— en fuga del horror nazi es larga y prestigiada y a un tiempo esperanzadora y descorazonadora. En ella reside la mejor muestra de la excepcionalidad germana; en ella también la confirmación de aquel par de versos en que Paul Celan postulara la Muerte maestro alemán, de ojos azules, de balas plomizas, de tiro preciso. Trágica es una cultura capaz de producir lo mejor ya sólo para enajenarlo al obligarlo a confrontarse no sólo con lo peor sino con la noción escalofriante de tener una hermandad de leche con ello.

En la larga lista de ese áureo exilio, el caso más notorio, acaso el más conmovedor, es el de Marlene Dietrich. Deseable y deseada, lo era también por un Hitler y un Goebbels que le ofrecieran renunciar a un autoexilio hollywoodense que comenzaba a revelarse conflictivo, regresar a Berlín y devenir reina del cine alemán. Menos devota del glamour que de los valores democráticos, la diva les haría el desaire, renunciaría a su nacionalidad y a su lengua, dedicaría los años de la Guerra a entretener a las tropas aliadas en las trincheras, recibiría insultos y jitomatazos —¡en su capa de plumas de cisne!— cuando se atreviera a hacer una gira de conciertos por la Alemania de la posguerra. Y, sin embargo, en la misma implausibilidad política de ese retorno habría de residir también su triunfo moral, nunca mejor expresado que en las palabras de esa canción que eligiera para cerrar todas y cada una de sus presentaciones en la Alemania que ahora la desconocía y a la que ahora desconocía:

Ich hab' noch einen Koffer in Berlin,

deswegen muß ich da nächstens wieder hin.

Die Seligkeiten vergangener Zeiten

sind alle immer noch in diesem kleinen Koffer drin.

Como tantos alemanes y tantos austriacos, como tantos judíos incluso, Marlene confesaba tener aún una maleta en el Berlín que la viera nacer, y sentir que debía regresar a él (aun si después de ese viaje le quedara claro que le estaba vedado volver), y saber que el encanto de los tiempos pasados seguiría por siempre contenido en ese metafórico receptáculo, inasible pero eterno.

Si he recordado a la mujer y su canción es porque ayer he conocido al fin un sitio por el que hace años experimento gran curiosidad, y que se me ha revelado imbuido justo de ese mismo espíritu. Confesaré que por lo que de él sé gracias a revistas que van de Vanity Fair a The Economist a Forbes, su fundador, Ronald Lauder, no me simpatiza demasiado. Cercano a Ronald Reagan, a la familia Bush, a Benjamín Netanyahu, el heredero del emporio cosmético de Estée Lauder parecería el tipo de personaje de cuya cosmovisión ultraconservadora prefiero mantenerme a distancia kilométrica. No puede, sin embargo, más que conmoverme la que acaso sea la maleta en Berlín de su familia de judíos llegados a Ellis Island hace dos generaciones: la Neue Galerie, pequeño e inolvidable museo enclavado en la esquina de la Quinta Avenida y la calle 86 Este del Nueva York en el que asaz me encuentro.

La semana pasada, recordará el lector, escribí desde Salzburgo. Entre mi paso por esa ciudad y mi llegada a ésta, estuve en Viena. Pues bien, ayer, sin dejar Manhattan, volví a la capital austriaca, y de paso conocí Berlín. Porque la Neue Galerie es justo eso: una máquina del tiempo y del espacio que conduce a aquella Viena y a aquel Berlín, un reconocimiento orgulloso de las raíces que comparten los oriundos de ese territorio medio judío y medio alemán, medio austriaco y medio húngaro, medio freudiano y medio marxista y medio einsteiniano que se llama Mittel Europa. Parte del encanto de este museo bijou estriba, claro, en sus Schieles y sus Kokoschkas y sus Klimts —incluido ese famoso Retrato de Adele Bloch-Bauer cuya propiedad suscitara tantos conflictos (y una película más bien mediocre con Helen Mirren)—, en sus muebles de Adolf Loos y de Josef Hoffmann, en su café que sirve gulash y Spätzle y Wiener Schnitzel y Sachertorte. Pero todavía más en su espíritu, a un tiempo rabiosamente moderno y encantadoramente anticuado, volcado a la función pero gozoso de la belleza, fascinado por sus propias complejidades y contradicciones, nostálgico pero nunca reaccionario ni autocomplaciente. Es el espíritu de la Viena de principios del siglo XX y del Berlín de entreguerras —al que ahora el museo dedica una gran exposición temporal, pletórica de obra de George Grosz—, es el de una nación que trasciende no sólo fronteras sino ideologías.

En ella, pese a nuestras diferencias, me honra considerarme compatriota de Ronald Lauder.