Fuera de Registro

Una locura

El contexto histórico de "Fitzcarraldo" es la llamada Fiebre del Caucho, equivalente amazónico de la Fiebre del Oro estadunidense, que atrajera a no pocos aventureros de todo el mundo y arrojara pingües ganancias entre 1879 y 1912.

Años ha que no veía Fitzcarraldo, la delirante, fébril, épica película de Werner Herzog sobre un irlandés loco —delirante, febril, épico—, chiflado por la ópera (pero no solo: no en vano lo encarna Klaus Kinski) que, empeñado en construir un gran teatro en Iquitos, en plena jungla peruana, para darse el gusto de oír a Enrico Caruso cantar en él, habría de encontrar una manera extravagante —delirante, febril, épica— de financiar tan extravagante empresa: explotar una parcela de caucho inaccesible, también selvática, mediante la construcción de un barco y su posterior izamiento a lo alto de una montaña, para después botarlo al río y navegar hacia la fuente de ese otro oro negro. La disfruté enormemente, aunque con esa mezcla de ansiedad que suelen producirme (con toda deliberación, queda claro) los delirios herzogianos. Y me refrescó la memoria. Recordaba yo, en efecto, que en la primera secuencia de la cinta, Kinski y una Claudia Cardinale previsiblemente hermosísima veían una representación operística encabezada por Caruso, y que ése era el detonador de la acción. Lo que había olvidado era dónde la veían. Es decir que recordaba que se trataba de un teatro de ópera muy lujoso, de arquitectura vagamente renacentista, lleno de molduras doradas y frescos y artesonados y arañas de cristal presumiblemente austriaco. Lo que había olvidado, o ni siquiera había registrado era lo más importante: el sitio en el que está enclavado dicho teatro: Manáus, otra ciudad perdida en medio de la jungla amazónica, solo que en la parte brasileña.

Habría supuesto que el teatro de ópera en cuestión —un absurdo absoluto: una suerte de mini Scala milanesa en plena jungla— era un set, una de las tantas fantasías de Herzog. Me equivoqué, es decir que no concedí la proverbial capacidad de la realidad para derrotar a la ficción: ese teatro existe, y mucho antes de que a Herzog le pasara por la cabeza filmar esa historia, y sigue en operación mucho después.

El contexto histórico de Fitzcarraldo es la llamada Fiebre del Caucho, equivalente amazónico de la Fiebre del Oro estadunidense, que atrajera a no pocos aventureros de todo el mundo y arrojara pingües ganancias entre 1879 y 1912. Y ése ha de ser también el contexto de la construcción de la sala de ópera que aparece en la cinta, cuyo nombre es Teatro Amazonas y que habría de ser inaugurada en 1896.

Una escena al inicio de la cinta ejemplifica el despilfarro y la ostentación de los llamados Barones del Caucho: uno de sus lacayos da a beber champaña a un caballo. Así, en efecto, se las gastaban, por lo que no sorprende que, en una época en que la ciudad estaba apenas electrificada y virtualmente incomunicada, se les metiera en la cabeza no solo construir un gran teatro de ópera en ella sino presionar al gobierno a destinar fondos públicos a tal efecto. El empeño hubo de tomar 17 años pero fructificó, aun si con éxito parcial: no sólo la mayoría de los miembros de la Compañía de Ópera Italiana, contratados para cantar en el Amazonas, pereció de fiebre amarilla sino que, pasada la Fiebre del Caucho, la ciudad habría de perder su electrificación y la sala, con sus mármoles italianos y sus azulejos portugueses, permanecería abandonada durante décadas, hasta su rescate por obra de la creación de un corredor industrial.

Todavía en la época de la filmación de Fitzcarraldo, el Teatro Amazonas se antojaba una locura, como lo consigna el propio Herzog en su diario de filmación, publicado bajo el pertinente título de La conquista de lo inútil:

Filmación en la ópera de Manáus, el Teatro Amazonas, enclavado con demente esplendor tropical en medio de la selva por millonarios del caucho en una época en que a duras penas había aquí una ciudad […] De acuerdo a un académico inglés —y su visión es compartida por la mayoría de los lectores— […] es una nave espacial, construida no por seres humanos. Sencillamente desestima todos los reportes de su construcción —los planos, las fotos, los documentos de soporte— aduciendo que se trata de falsificaciones del gobierno. ¿Y cómo, preguntó Walter [Saxer, productor de línea de Fitzcarraldo], acabó el teatro en Manáus? Le dije que debe haber aterrizado ahí.

Si descubrí esta historia es porque preparo una serie de piezas televisivas sobre cultura brasileña, que iré a grabar en abril, en anticipación del Mundial. Hoy, sin embargo, quedó cancelada ésta, porque habría supuesto seis horas de viaje y dos días de grabación para una nota de tres minutos. Habría sido, pues, una locura.