Fuera de Registro

Uno de lengua

Nunca he pasado más de 15 días en Francia y, sin embargo, diré que lo francés me viene por educación, es decir, por cultura.

Tengo un amigo francés, que está muy sorprendido de lo francés que resulto yo, que en teoría no soy francés. Cuando digo que en teoría no soy francés, la teoría a la que me refiero es a la que querría que la identidad nacional estuviera determinada por la genética y por la nacionalidad. Por nacionalidad sería puro mexicano, nacido en esta tierra. Por genética ya habría que concebirme algo más impuro, y no sólo porque lo mexicano entraña por fuerza también lo español sino porque, además, la cuarta parte de mi sangre es venezolana —mi abuelo materno lo era— lo que entraña otras complejidades incluso en este terreno. Porque mi bisabuela paterna, también venezolana, era mulata —lo que me confiere no sólo sangre indígena allende la azteca sino también sangre negra, es decir en última instancia africana— y porque mi igualmente venezolano bisabuelo paterno ostentaba el apellido Vale, que es inglés pero las raíces de cuya rama venezolana (ahora mexicana) un tío mío tuvo a bien rastrear hasta Holanda. Todo lo cual me hace sentirme mexicano —mucho—, venezolano —bastante—, español —una nadita— e inglés —algo más— pero no me hace integrar a mi autoimagen ni lo indígena ni lo africano ni lo holandés, filones genéticos que me resultan de lo más simpáticos —no sólo me hacen sentir más cosmopolita sino que la negritud me hace adscribirme al cliché cultural de que dizque bailo y canto bien— pero con los que no encuentro verdadera manera de relacionarme. En cambio sí que me siento francés, y mucho, para bien y para mal, como pude constatar el viernes pasado al enterarme de los atentados parisinos: aun cuando nadie cercano a mí estaba en esos momentos en París, se me hizo un nudo en la garganta, los ojos se me llenaron de lágrimas, empezó a dificultárseme la respiración, me entró una frenética avidez de información que me hizo consultar durante horas de manera sistemática y alternada los sitios web de Le Monde, de Libération y hasta de Le Figaro —periódico que no suelo frecuentar— y enviar comunicaciones a todos mis amigos que tienen familia en Francia, preocupado como estaba por los seres queridos de mis seres queridos.

Nunca he pasado más de 15 días en Francia y, sin embargo, diré que lo francés me viene por educación, es decir, por cultura. De los tres años a los 18, del jardín de niños al bachillerato, de la Maternelle à la Terminale, mi educación estuvo en manos de franceses: primero en el Cours de Mme. Durand, después en el Liceo Franco Mexicano, escuelas que hubieron de transformar mi visión del mundo no sólo al dotarme de referentes literarios, filosóficos, históricos y políticos —y hasta aritméticos: no puedo hacer divisiones más que con la grafía que se usa en Francia— sino al transmitirme una cierta manera de concebir el mundo —republicana, racionalista, democrática, intelectualizante, liberal, libertaria incluso, y terquísima— que solemos asociar con Francia y que me valdría que, en una reunión de trabajo celebrada hace apenas unas semanas, un francés —no mi amigo; otro— me acusara, al verme intelectualizar y terquear demasiado, de ser demasiado francés.

Pero regreso a mi amigo legal y biológicamente francés que tanto se asombra de mi francesidad ayuna de calidad genética o migratoria, y a quien contaba yo el domingo pasado que desayunábamos juntos mi reciente viaje a Viena, y mi gusto por esta ciudad, que se cuenta entre mis favoritas. En medio de esa narración, de pronto hubo de quedarme claro uno de los factores determinantes en la construcción cultural de la identidad. "Me encanta Viena", le dije —o más bien "J'adore Vienne", pues se lo dije en francés—, "pero no me siento en casa ahí, y creo que es porque no hablo más alemán que el necesario para pedir de comer". Lo cual me hizo comprender de pronto por qué siento la cultura inglesa y estadounidense como parte de mí —aun cuando hay tanto de la segunda que no me gusta— y por qué veo lo alemán y lo austriaco siempre desde la ajenidad, aun si a menudo admirativa: porque acaso el más importante de los factores con los que construimos la identidad sea la lengua, y al ser el español, el inglés y el francés lenguas que he hecho mías me han regalado las culturas asociadas a ellas, y al ser el alemán una que no he logrado incorporar del todo a mi repertorio personal —como es también el caso del italiano, que farfullo, o del portugués, que apenas leo— no he podido sentirme parte de esos universos ni hacerlos míos.

Todo esto para machacar dos ideas que me es muy importante transmitir: que la identidad cultural siempre es más compleja de lo que creemos, y que eso nos enriquece; y que una lengua no es sólo una herramienta de comunicación sino de apropiación del mundo. Parlons-en; I shall be delighted.