Fuera de Registro

No hay que juzgar un libro por su portada

Consciente de lo que quiere narrar y de sí misma, lectora crítica de todo como todo buen escritor, Marcucetti se cuenta como alguien que pretende redimirse...

Lo digo en sentido tanto literal como metafórico, y a propósito de un mismo título: el recién publicado Apuntes de laIndia (Rosa Ma. Porrúa Ediciones), de Claudia Marcucetti Pascoli. Primero: no se deje ahuyentar el lector por la apariencia física del libro. Que sea pequeño está muy bien: es el primero de lo que promete ser una colección de diarios de viaje de la autora, literales libros de bolsillo, pensados para caber en el del saco, en el trasero del pantalón o incluso en el portadocumentos, espléndida idea de la editorial que consiste en publicar pequeñísimos volúmenes no solo sobre el viaje (el de Marcucetti), sino para el viaje (el de uno). El problema es que su diseño es francamente muy feo: una feria de tipografías pasadas de moda, fotografías viradas a sepia en un automatismo retro e imágenes de stock o bajadas de internet, que simulan malamente —con una Mac casera y una mentalidad casera, digamos— la estética de una libreta de apuntes personales del siglo XIX. Flaco favor le hace ese diseño, porque el librito es un gran libro, asunto del que me ocuparé un poco más abajo, pues primero he de ocuparme de su autora.

A Claudia Marcucetti tampoco hay que juzgarla por su portada, que es bellísima pero que en virtud de ello —y de los prejuicios del medio literario— ningún bien le hace. Mujer más que guapa y arquitecta exitosa en los tiempos en que ejerciera su profesión, solía ser imagen recurrente en las páginas de sociales. En algún momento decidió quemar sus naves y dedicarse a su verdadera vocación, la literatura, y comenzó con el pie izquierdo: Lotería, su primer libro de cuentos no es digno de memoria. Pero su segundo libro, Los inválidos, es notable: a un tiempo novela de ideas y juego metaliterario disfrazado de thriller erótico con tintes hitchcockianos, se antoja digno de toda la atención que no recibiera en su momento, acaso por no haber aparecido en un sello demasiado prestigiado —lo publicaba la vieja y agónica Diana previa a su venta a Grupo Planeta— pero, sobre todo, por no formar su autora parte del establishment literario. Su segunda novela, Heridas de agua, exitosa en ventas e ignorada por la crítica —se establece ya un patrón— es cosa correcta pero menor. En estos Apuntes de la India, sin embargo, recuperamos a la Marcucetti de Losinválidos: en sus mejores momentos, la suya es una voz que cultiva a un tiempo el cinismo y el romanticismo —lo que los alemanes llaman Weltschmertz—, dotada del humor corrosivo y autoderogatorio de una eterna misfit, ajena a todo y a todos, dudosa de todo, incluso de sí misma.

Hay una tercera razón por la que vale recordar a propósito de Apuntes de la India que no hay que juzgar un libro por su portada: a estas alturas, quien se enfrente a un libro con este título imaginará uno de tres escenarios. 1) Que se trata de la crónica de una iluminación espiritual —máxime cuando su narradora se confiesa desde el inicio en trance de vivir tres duelos: por la muerte, separada apenas por quince días, de cada uno de sus padres, y por la de una relación amorosa—, del relato ñoño y presuntamente edificante de alguien que dizque ha visto la luz. 2) Que se trata de una colección de clichés bienpensantes sobre la miseria y las desigualdades de aquel país. 3) Que enlaza —de los males el menos— una colección de chistes predecibles y socarrones sobre ese viaje de autoconocimiento que ha devenido lugar común. Por fortuna, Apuntes de la India es algo más original, más genuinamente conmovedor y más inteligente.

Consciente de lo que quiere narrar y de sí misma, lectora crítica de todo como todo buen escritor, Marcucetti se cuenta como alguien que pretende redimirse, que quiere encontrarse, que anhela creer… pero que nomás no puede. Así, el humor de la crónica deriva no de una mirada cruel sobre lo visto, sino sobre lo vivido: Apuntes de la India es, sí, la crónica de un viaje interior pero de uno que no pudo llegar a destino, plagado de accidentes, de incidentes chuscos, de esfuerzos fallidos, de dolor consignado con buen humor y mala leche. Como en ciertas narraciones hoy clásicas de Borges, de Pitol, de Fonseca, Marcucetti narra la historia de alguien que busca la verdad y que descubre en esa búsqueda —con toda la amargura que esto supone, aun si a la sazón risueña— que tal cosa no existe, que el lugar al que pretendía arribar no tiene sede y que el viaje mismo no tenía sentido. Que logre transmitir esto bajo la forma presumiblemente ligera de una crónica de viaje no es mérito menor; al contrario, ofrece nuevos derroteros a un género poco (y poco honrosamente) cultivado en nuestros tiempos.

¡Ay, pero ese diseño…!