Fuera de Registro

Un jefe de Estado nos visita

Entiendo que el Papa representa mucho para muchos, y que estos muchos tienen derecho a dejarse tocar emocionalmente por su figura. Pero es, a fin de cuentas, un jefe de Estado, no un 'rockstar'.

Camino por una larga avenida —la más larga de esta ciudad hoy pasmada— completamente desierta. Algunos de los locales comerciales que la flanquean —restaurantes, bares, cafés— permanecen cerrados, las luces apagadas como si fuera domingo a las 5 de la mañana y no este viernes a las 8 de la noche en que las calles deberían bullir de vida, en que yo mismo vengo de terminar una junta de trabajo en un café que de costumbre debería tener ocupadas más de las dos mesas que ostenta a esta hora. Otros ofrecen servicio, sí, pero a nadie: sus asientos, sus platos, sus meseros esperan en vano la visita de alguien que constituya un recordatorio de vida.

Camino y no por gusto. No es éste un paseo sino un recorrido en vano en pos de un algo que me transporte a casa, donde me espera hace rato mi mujer. He leído en el periódico esta mañana, y confirmado en internet, que la ciudad estará vuelta loca, que algunas calles serán intransitables por estar cerradas, otras por aparecer infestadas del tránsito que no podrá circular por aquellas. Así, decidí echar mano de taxis y aventones a lo largo del día para trasladarme entre los puntos de la ciudad —todos en el extremo sur— que me obligaba a visitar mi agenda laboral. Preví regresar a casa en Metrobús —no hay una estación de Metro por estos pagos— pero he aquí que la estación más próxima y las siguientes cinco se anuncian cerradas, por lo que no parece quedarme más remedio que echar andar calle abajo, figurándome de súbito el Will Smith de Soy leyenda, sólo que sin perro que me ladre, pues el mío espera paciente mi tan postergado regreso para salir a pasear. Topo en mis andanzas, sí, con decenas de policías, pues en cada esquina se apostan tres o cuatro, garantes de que nada y nadie se mueva, de que la ciudad siga cultivando una expectación acaso voluntaria pero no para todos sus habitantes, algunos de los cuales querríamos que la vida transcurriera como cualquier otro día.

¿Es el Apocalipsis? Al contrario, dirán muchos, presas ya de un éxtasis paroxístico que habrá de durarles días. Para el ateo republicano que me asumo todavía, sin embargo, lo que transcurre en la ciudad de México no es sino la visita de un jefe de Estado, de uno admirable incluso, pero de uno cuya presencia entre nosotros no debería causar mayor afectación a la vida cotidiana que la de cualquier otro (aun si, por su investidura misma, el Papa no es un jefe de Estado como cualquier otro).

Educado en un jacobinismo más bien militante, nunca pensé que terminaría un día por decir —menos aún por publicar— que el Papa me cae simpático. Pero así es. Consciente del mundo en que vive y de los tiempos que corren, el nacido Jorge Mario Bergoglio ha exhibido un talante notablemente liberal —habida cuenta de que la institución que preside es una de las más conservadoras del mundo— con respecto a la diversidad cultural, religiosa y hasta sexual y ha propugnado por el Estado de derecho, el desarrollo sustentable, la atención al cambio climático y la responsabilidad moral y social de los ministros de su culto. Un día después de mi larga caminata motivada por su presencia en nuestro país, una amiga igualmente formada en el ateísimo me reseñará su discurso valiente y confrontacional en la Catedral metropolitana con un "En estos tiempos en que la inmensa mayoría de los hombres públicos menosprecian la palabra, este hombre leyó una pieza de oratoria estupenda". Cierto. Y admirable. Un discurso de jefe de Estado. Es más: de estadista. Lástima que no le dediquemos entonces nuestra voluntad de diálogo sino nuestra histeria.

Entiendo que el Papa representa mucho para muchos, y que estos muchos tienen derecho a dejarse tocar emocionalmente por su figura. Pero es, a fin de cuentas, un jefe de Estado, no un rockstar. ¿No sería deseable que lo tratáramos con republicana ecuanimidad? En estos tiempos en que las tecnologías audiovisuales digitales permitan la instantaneidad de la comunicación, ¿precisan los católicos de un operativo propio de un desfile militar totalitario para sentirse en comunión con su líder espiritual? ¿Tiene sentido que instituciones republicanas se abandonen a un estado alterado de conciencia (o a un Estado alterado en su conciencia, diré) ante la visita de un hombre público, aun si percibido como moral y admirable por muchos y como santo —cualquier cosa que ello signifique— por tantos más?

Bien está que México y el Vaticano mantengan relaciones diplomáticas. Bien que el jefe de ese Estado entable un diálogo más que fructífero con los principales actores políticos y sociales de nuestro país. Bien estaría también que nos situáramos en él con un talante más republicano, que recordáramos que nuestra primera obligación es seguir caminando.