Fuera de Registro

El ingeniero no está (y el arquitecto tampoco)

Un buen edificio tiende al orden (matemático). Pero el orden (en tanto principio total) es imposible. La arquitectura, pues, me recuerda que extraño a ese Dios que no puede ser. Que anhelo la inalcanzable perfección.

Me gradué de bachillerato —o más bien habré de decir “obtuve el baccalauréat” pues, aunque transcurrió en México, mi educación fue francesa— con honores, aunque no tantos como hubiera querido mi familia. Porque, a diferencia del sistema mexicano, en que la mención honorífica es otorgada o no, en el francés hay menciones a tres niveles: assez bien para quien obtiene un promedio general de entre 12 y 14 puntos sobre 20, bien para quien alcanza un promedio de entre 14 y 16, très bien para quien rebasa esta última calificación. Pues bien, yo obtuve una mention bien, y celebré haber estudiado bajo un sistema que persigue el buen desempeño promedio y no la aprobación de todas las asignaturas. Obtuve resultados excelentes en francés, en inglés, en español, en alemán y en filosofía, satisfactorios en historia y en geografía y reprobé dos materias: matemáticas y dibujo. Adiós a mi sueño de estudiar arquitectura.

No fue ni mucho menos una tragedia: sabía ya que carecía de aptitudes para ello. Además, la arquitectura me gustaba mucho, sí, pero no más que el cine o la literatura. Confundido como sólo puede estarse a los 18 años (cuando piensa uno que las cosas todavía tienen remedio), estudié Ciencias de la Comunicación (o sea nada) y en el camino me hice, entre otras cosas, escritor. No me arrepiento de la elección pero también es cierto que en los últimos años he visto declinar mi interés por las letras, transformarse mi relación con la arquitectura, y a partir de ello con las matemáticas. He escrito ya sobre una revelación perturbadora que tuve una tarde acapulqueña, apostado ante el Condominio Los Cocos de Mario Pani: ese edificio —que ni siquiera me parece el más perfecto que haya visto— me gustaba mucho más que cualquier ser humano, me confería (lo que nunca ha logrado ser humano alguno, al menos no más allá de unos minutos) verdadera serenidad. La experiencia hubo de resultarme en extremo ambigua: por una parte, me enfrentaba a La Belleza, con unas mayúsculas tan genuinas que dejan de ser pretenciosas; por otra, me hacía sentir terriblemente culpable pues me llevaba a abjurar de lo que hasta entonces pensaba era lo único que me conmovía: lo humano.

Años después, el azar de la reflexión ociosa me llevó a explicarme ese momento a partir de un texto que había leído en la juventud, y que entonces no me había tocado particularmente pero que ahora adquiría un significado todo otro, importantísimo. En sus Cantos de Maldoror, el libro más misántropo jamás escrito, Lautréamont desliza algunos párrafos inesperadamente luminosos, de los cuales entresaco algunas frases: “¡oh matemáticas concisas! por el encadenamiento riguroso de vuestras tenaces proposiciones y la constancia de vuestras leyes férreas, hacéis brillar ante los ojos deslumbrados un reflejo poderoso de esa verdad suprema cuyo rastro se advierte en el orden del universo”. Y aun: “el Todopoderoso se manifestó completamente, él en persona y sus atributos, en esa labor memorable que consistió en hacer surgir de las entrañas del caos los tesoros de vuestros teoremas”. Para Lautréamont, pues, las matemáticas son Dios, principio de orden con capacidad para “consolar el resto de mis días de la maldad del hombre y de la injusticia del Gran Todo”.

Entiendo ahora por qué el texto no me marcó especialmente hace 20 años y por qué ahora me ronda. Entiendo también por qué en ese lapso mi relación con la arquitectura —con la matemática materializada— se ha visto intensificada, al punto de ser hoy mi materia de interés principal. Porque ahora pienso en Dios. Lo cual no me redime de mi ateísmo —sigo descreyendo de Él— sino que apenas lo hace doloroso. Ergo romántico. Ergo hermoso. Un buen edificio tiende al orden (matemático). Pero el orden (en tanto principio total) es imposible. La arquitectura, pues, me recuerda que extraño a ese Dios que no puede ser. Que anhelo la inalcanzable perfección.

Para llegar a tan poco concluyente conclusión fue menester que visitara una extraordinaria exposición del artista brasileño Artur Lescher hoy exhibida en la Galería OMR de la Colonia Roma: La nostalgia del ingeniero. Suma de esculturas e instalaciones geométricas y por tanto matemáticas, apela a la belleza del vocabulario visual de ingeniería y arquitectura para representar sistemas de ordenar el mundo (o cuando menos el espacio) que resultan ilegibles y, por tanto, fallidos. Ante esos móviles caprichosos, esos ejes inescrutables, esos objetos funcionales desprovistos de función, no pude sino reconocer que el Ingeniero no está, que el Gran Arquitecto se fue de farra con el Gran Nietzsche.

Queda sólo la nostalgia de lo que no fue, no es, no será.