Fuera de Registro

Lo importante no es ganar (sino poner buena cara)

El domingo pasado me habría sentido tan orgulloso de haber sido argentino como de haber sido alemán, pues lo acontecido en el Maracaná enalteció a ambos equipos nacionales.

Fue un buen partido, uno digno de una final, y uno que habría de coronar una actuación sostenidamente notable de la sección alemana como de la argentina. (Esto lo digo con la sinceridad propia de quien —cliché patriótico— suele irle a México hasta que es eliminado, y después a Francia, siempre con la esperanza de verlo campeón; me dolió, pues, lo fácil que vencieron los alemanes a unos franceses francamente pazguatos: hasta hube de enviar a una amiga que comparte su nacionalidad un mensaje de texto melodramático, solo mitad en broma: “La France est blessée”). Lo que vimos en la final del Mundial de este 2014 fue, pues, a dos equipos inteligentes —hábiles en la defensa pero sin miedo a arremeter contra el adversario— medirse cada uno con un rival a su altura. Hasta donde se me dan esas cosas —que no es mucho; el futbol me interesa poco y, además, mi chauvinismo futbolero suele ser sobre todo una forma de joder al vecino frente al televisor, que verifica su fecha de caducidad diez minutos después de terminado el partido—, el domingo pasado me habría sentido tan orgulloso de haber sido argentino como de haber sido alemán, pues lo acontecido en el Maracaná enalteció a ambos equipos nacionales, verbigracia ese momento, elegante y conmovedor, en que, al dirigirse los argentinos a recoger sus medallas de plata, los alemanes prorrumpieron en un aplauso atronador, sostenido y claramente sincero. Hubieran tenido los argentinos siquiera la cuarta parte de esa elegancia moral, y su jugador estrella, Lionel Messi, la vigésima.

Primera pregunta: ¿por qué lloraban tantos espectadores de camiseta albiazul en las tribunas del Maracaná? Entiendo a quien llora por motivos íntimos (digamos la muerte de un ser querido o la pérdida de un amor); menos bien, pero comprendo a quien derrama lágrimas por una derrota individual en el terreno laboral (aun si yo nunca lo he hecho: un proyecto no es sino un proyecto, por fuerza tiene que terminar, ya inventaremos otro); y, aunque no lo he vivido jamás, puedo comprender una necesidad de duelo y catarsis nacionales ante sucesos humillantes de una adversidad mayúscula (el Anschluss austriaco o la ocupación de París). ¿Pero llorar por un partido de futbol? Lo diré, a riesgo de repetirme: es solo un juego. Nadie llora porque no gana el Oscar su actor favorito, o el Nobel su escritor admirado, o la partida su ajedrecista consentido, aun cuando sean compatriotas. Me parece una puta injusticia que una escritora tan mediocre como Doris Lessing tenga un Nobel y no Claudio Magris o Philip Roth, por no hablar de Fernando del Paso —que, además, es mi amigo— o Sergio Pitol. ¿Rebajarme a reproche? Con gusto, y con catálogo argumental cuando se ofrezca. ¿Pero a lágrima? No se me ocurriría.

Segunda: entiendo muy bien que los jugadores argentinos se vivieran tristes y frustrados pero ¿nadie les enseñó a comportarse no digamos en sociedad sino en cadena televisiva internacional? Una cosa es expresar pesar por una derrota y, si se quiere, hasta culpa por haber defraudado las expectativas (por cierto desmesuradas e histéricas) de toda una nación; otra es la actitud de la selección argentina y, peor, la de Messi.

Un deportista que piense que lo importante no es sino competir estará jodido. Pero igualmente jodido resultará el que piense que lo único que cuenta es ganar. ¿No debería constituir la esencia misma del espíritu deportivo —mens sanain corpore sano y todo eso— la voluntad de hacer las cosas bien? ¿No es el deporte —y particularmente uno tan civilizado y reglamentado como el futbol— un avatar de lo correcto, de la ley, de la moral, de lo apolíneo? El domingo pasado en Río de Janeiro, la selección argentina hizo las cosas muy bien —lo reconocen hasta los alemanes— y Messi las hizo mejor, tanto que terminó por merecer ese Balón de Oro que recibiera con todo el donaire de un niño pataletudo de cuatro años. ¿No podía el señor Messi, casado y padre, recibir con más educación y más respeto el abrazo de los alemanes? ¿No podía saludar a Angela Merkel y a Dilma Rousseff como corresponde no digamos a un caballero sino a quien estrecha la mano a un jefe de Estado? ¿No podían los argentinos prodigar un aplauso de vuelta a los alemanes, en honrado reconocimiento de su superioridad futbolística, en agradecimiento por haber tenido el privilegio de jugar contra un rival a su altura, en preservación de la propia dignidad, en honor al futbol mismo?

El asunto, aunque me escandaliza, no me preocupa demasiado pues no tengo más hijos que el que aúlla y el que maúlla. Pero si tuviera uno humano, y admirara —como tantos niños— a Messi, estaría alarmado.