Fuera de Registro

La hora de Clarice

Leo por primera vez en mi vida a una escritora a la que siempre había evitado por adivinarla demasiado intensa; lo hago como si un misterio me fuera revelado.

Iba yo por la avenida Copacabana y habría querido mirar distraído los edificios, la orilla del mar, las personas, sin pensar en nada. Y me habría gustado percatarme de que en verdad no estaba distraído, de que la mía era una atención sin esfuerzo, de que estaba siendo una cosa muy rara: libre. Si la descripción del momento que viví —porque, en efecto, lo viví— no se ajusta del todo a mi ideal es, primero, porque ese ideal entonces no tenía modelo —no había yo leído el Perdonando a Dios, de Clarice Lispector, que acabo de parafrasear— y porque, aunque la experiencia se revelaba enormemente feliz, no podía decir que estuviera yo en libertad pues lo que me llevaba a vivirla era un empeño profesional.

Grababa yo a orillas de la playa de Copacabana un fragmento de una pieza televisiva sobre este legendario barrio carioca, uno de cuyos rasgos más distintivos y hermosos es el piso teselado que bordea su playa, cuya historia quería contar. Así, me había sobrevenido la idea de tener una imagen de mis pies paseando por el malecón, con la cámara haciendo un largo dolly back, tanto mejor no solo para apreciar su diseño, sino para comunicar al espectador la sensación de pasear por él. Libre no, entonces, pero contento. Contento de esos señoriales edificios, de ese mar límpido, de esas personas relajadas, de la sensación de la brisa vespertina sobre mi rostro. Contento de imaginar cómo quedaría la toma, cómo se insertaría en mi relato, qué me permitiría contar. Contento por la cursi pero noble sensación del deber cumplido. Y, más que contento, orgulloso de Miguel, camarógrafo, y de Gerardo, realizador, que me habían aceptado el reto delirante de hacer un dolly… sin contar con un dolly: medio acuclillado para situar la cámara a la altura apropiada y al ángulo correcto, Miguel avanzaba en reversa, sin otra orientación que la mano de Gerardo prendada de su cinturón a fin de desviarlo de los obstáculos. Libre no. Pero seducido por el entorno y admirativo de mis compañeros y contento con la anticipación del resultado.

Tan concentrado estaba en ello —y en afectar una elegancia distraída ante la cámara— que no reparé en un primer momento en las risotadas adolescentes que venían del lado de la playa. Cuando pude ver a quienes las proferían era ya tarde: uno de los rapaces se lanzaba a toda carrera entre mis pies y la cámara para hacer ante ella muecas dizque cómicas. La irrupción duró segundos. Bastó, sin embargo, para arruinar no solo la toma, sino mi tarde. Peor: por acabar con mi suspensión temporal del desprecio que suelen producirme la mayoría de los humanos.

* * *

Un par de meses después cae en mis manos el cuento de Lispector. Cito su íncipit:

“Iba yo por la avenida Copacabana y miraba distraída los edificios, la orilla del mar, las personas, sin pensar en nada. Aún no me percataba de que en verdad no estaba distraída, de que la mía era una atención sin esfuerzo, de que estaba siendo una cosa muy rara: libre. Por medio de todo, así de fácil. Poco a poco fui percibiendo que estaba percibiendo las cosas. Mi libertad entonces se intensificó un poco más, sin dejar de ser libertad. No era un tour de propriétaire, nada de aquello era mío, ni yo lo quería. Más me parecía que me sentía satisfecha como el que más”.

Ese paseo feliz —libre— lleva a su narradora a pensar en Dios. Y a experimentar por él un cariño de madre, “sin ninguna prepotencia o gloria, sin el menor sentido de superioridad o de igualdad, por el cariño de una madre a lo que existe”. Cree en Dios, pues, y cree en él no como panacea o como consuelo, no con la fe acomodaticia del pedigüeño, sino como manifestación de lo perfecto. El gusto —¡ay!— le dura poco:

“Fue cuando pisé una enorme rata muerta. En menos de un segundo estaba yo erizada de terror de vivir, en menos de un segundo estallaba toda en pánico y controlaba como podía mi grito más profundo”.

Hombre que soy, a mí las ratas no me dan miedo —diré que me caen bastante más simpáticas que los adolescentes burlones— pero comprendo y comparto la desazón que deriva de la irrupción de lo feo en la efímera belleza. Es una traición. De Dios, sí, si temerosos del azar preferimos nombrar así la vida.

A partir del siguiente párrafo, el cuento muda primero en diatriba, después en ensayo introspectivo sobre las limitaciones de la propia capacidad de amar: el trastocamiento de la armonía exterior trastocó la armonía interior, la reveló impostura.

Leo por primera vez en mi vida a una escritora a quien siempre había evitado por adivinarla demasiado intensa. Lo hago como si un misterio me fuera revelado.

A todos nos llega con los años la hora de Clarice.