Fuera de Registro

El hombre que cayó a Sao Paulo

Casi dejé de prestar atención al brutalismo aéreo, etéreo, de la arquitectura de Paulo Mendes da Rocha cuando descubrí que el local vecino –el Museo de la Imagen y el Sonido– era ahora el punto del orbe que albergaba al Mayor Tom.

No habría reaccionado con mayor asombro si hubiera presenciado el advenimiento de Thomas Jerome Newton, hombre que cayó a la tierra por obra de Nicolas Roeg y gracia de quien hoy me ocupa —there’s a Starman waiting inthe sky—, aparición interplanetaria sustraída a su propio tiempo y espacio pero también a los nuestros. Porque, en efecto, pensaba que mi tiempo para vivir esta experiencia se había agotado, que había sido condenado sin remedio por mi lugar en el mundo (es decir por el sitio en el que habito… un poco como Thomas Jerome Newton) a vivir con esa frustración. Pero no fue así. Porque pude ser “héroe” —las comillas lo dicen todo, aquí y en la portada del disco y en el listado de los tracks—, sólo por un día. Porque, principiante absoluto, supe ponerme los zapatos rojos para bailar el blues, acaso para amar al alien (en efecto: it’s not the side effects of the cocaine; I’m thinking that it must be love).

A estas alturas de este texto —apenas un párrafo— sólo el lector que haya vivido en una burbuja los últimos 45 años (o que tenga menos de 20) podrá decirse ignorante de la devoción que profeso a la figura y la obra de David Bowie. Poseo todos los álbumes y he visto (casi) todas las películas. Lo que es más, no es mi gusto por su trabajo cosa espontánea —palabra sacrílega cuando de Bowie se habla— sino cosa que decidí cultivar: refractario por definición al rock —con honrosas excepciones: Morrissey con o sin los Smiths es otra— fue la mezcla de las declaraciones inteligentes, eruditas y provocadoras que le leía de tanto en tanto y el discurso de sus videos musicales —sofisticado, complejo, estimulante, pletórico de referentes culturales disímbolos— lo que en algún momento de mi juventud me hizo decidir que tenía que ser no sólo admirador de Bowie sino conocedor de su obra. Y me empeñé. Y lo logré, al punto en que hoy incluso mi vínculo con lo que me es temperamentalmente más ajeno de su trabajo —“Jean Genie” o “Rebel Rebel”, pongamos— es ya no sólo intelectual sino emotivo, acaso entrañable.

Así, no pude sino cultivar durante meses la ilusión de que la vida me llevara a Londres —no era un anhelo descabellado: es ciudad a la que viajo con cierta frecuencia por trabajo— para visitar la retrospectiva dedicada a su carrera presentada en el Victoria & Albert Museum. Pero no quiso la vida que así fuera: Londres me eludió todo el año pasado a no ser como motivo de envidia, pues quien terminó visitándola fue mi mujer, reclutada por una amiga a una de esas vacaciones sin parejas. “Vela por mí”, le dije, con una lágrima de diamantina corriéndome inerte por la mejilla. Pero he aquí que, para cuando tocaba ella Albión, el delgado duque blanco había evacuado ya el V&A. Quedaban, eso sí, rastros del inquilino: el catálogo de la exposición, ricamente editado, brillantemente aderezado con ensayos históricos, que recibí como souvenir de lo que no viví. Lo disfruté y lo padecí en igual medida: su completud me hizo sentir incompleto.

Y así habría seguido de no haber sido porque la semana pasada, durante un viaje de trabajo a Sao Paulo ya referido en mi anterior entrega, me tocó en suerte hacer una grabación televisiva en el Museo Brasileño de Escultura. Casi dejé de prestar atención al brutalismo aéreo, etéreo, de la arquitectura de Paulo Mendes da Rocha cuando descubrí que el local vecino —el Museo de la Imagen y el Sonido— era ahora el punto del orbe que albergaba al Mayor Tom. Don’t you wonder sometimes about sound and vision?

Al siguiente domingo —mi último día paulistano— volví a hacer el periplo hasta ahí, no para tratar de responderme la pregunta sino para seguir formulándomela al alimón con aquel explorador del espacio interior. Quedé conmovido. Por la pantalla de 360 grados que proyecta un sensorama de “Rock & Roll Suicide”, despedida de Ziggy Stardust en eterno retorno. Por la proyección de The Image, corto de 1967 que constituyera el primer trabajo fílmico de Bowie, y por la de un fragmento de su espléndida encarnación en Broadway de un Hombre Elefante que no necesitara maquillaje prostético —apenas trabajo corporal— para expresar su deformidad. Por el móvil que pende del techo de una de las salas, constituido por todos los libros —de Nabokov a Ballard a Wilde— que lo han inspirado. Y por la presencia corpórea de esos vestuarios —del traje azul hielo de “Life On Mars?” a la levita minimalista de A Reality Tour—que se antojan amigos imaginarios de larga data, devenidos ahora tangibles.

Veo. Estoy ahí. Y salgo luego a Avenida Europa, a Jardins, a Sao Paulo, a Brasil, a América, al mundo. Lo dijo el Maestro: It happens outside. The music is outside.