Fuera de Registro

El gran desmitificador

El columnista describe la imagen “hermosa y fascinante”, la que más le perturbó, conmovió e incluso le divirtió de las más de 350 fotografías del francés Henri Cartier-Bresson, exhibidas actualmente en el Museo del Palacio de Bellas Artes.

Paradójicamente, lo primero que llama la atención es el plano del fondo. Porque nada se interpone entre él y la vista en la mitad superior de la imagen. Pero también porque fue diseñado para captar la mirada, ya sólo por los rostros descomunales —más grandes que la vida, en el pertinentísimo argot hollywoodense— que lo ocupan. A primera ojeada, nada nos informa qué representa la imagen a no ser la posición de esos rostros: el femenino dirigido hacia arriba, con los ojos entornados y los labios prestos; el masculino apuntando hacia abajo, la cara levemente ladeada a la derecha para comenzar a explorar los labios que se le ofrecen, empezando por la comisura. Aunque el trazo deja en claro que se trata, en el origen, de una pintura —y de una no demasiado buena, verbigracia los toscos brochazos, y no demasiado bien reproducida, como acusa la impresión que es más bien imprecisisión—, la pose, el encuadre, la desmesura de la representación —en forma y en fondo— muestran que ésta no puede ser sino una imagen cinematográfica —el clinch si no final, cuando menos fatal; los protagonistas arrastrados por el vórtice de la pasión— y, en efecto, así lo confirman los ojos cuando se posan en la esquina inferior derecha y alcanzan a leer el título trunco de la película de la que éste es, en efecto, el cartel: no hace falta más que la más elemental cultura cinematográfica para adivinar qué se oculta tras la frase cortada por los bordes de la fotografía: LO / IS A M / SPLEND / TH no puede ser sino Love Is a Many Splendored Thing, frase devenida cliché transgeneracional con la que el cine pretende machacarnos que el amor es una cosa esplendorosa, que abrasa pero después abraza y que redunda en felicidad por siempre.

Lo que, sin embargo, parece desmentir —o cuando menos cuestionar— la mitad inferior de la fotografía. Se trata, al parecer, de una escena callejera, en la que el cartel estaría adosado a un muro. Justo ante el rostro arrobado y la boca turgente de la heroína cinematográfica, se alza una joven ostensiblemente japonesa, la mirada ausente y perdida hacia un punto fuera del cuadro, la expresión aburrida, el brazo izquierdo protectora y acaso desconfiadamente cruzado sobre el brazo derecho que cae como muerto. Hay también un hombre fotografiado en la imagen —también de rasgos japoneses, también joven— que sin embargo no aparece situado en el mismo plano que la chica sino que ocupa su lugar al pie del gigantesco rostro del héroe pero unos pasos más adelante, como para enfatizar el espacio que no comparte con ella. La barbilla altiva, la mirada igualmente extraviada en algo que está afuera del cuadro —pero en un afuera diametralmente opuesto al que mira ella—, ofrece al espectador el perfil, a su compañera de fotografía la espalda. Si hay —o hubo— amor entre estos dos, se antoja cosa todo salvo esplendorosa. He aquí una imagen (la foto) que contiene otra (el cartel) pero que, toda vez que la contiene, la desmiente —Hollywood, parecería decir el fotógrafo, pretende hacernos creer que el amor es cosa esplendorosa pero, bien visto (y bien ver es su trabajo), no es así (por) siempre—; el cuestionamiento, sin embargo, es también mise en abîme: si la imagen cinematográfica podría mentir, ¿por qué no habría de hacerlo también la fotográfica? ¿Quién nos dice que el amor de la joven pareja japonesa no es también cosa esplendorosa y que el fotógrafo sea captó un momento poco representativo de su relación, sea construyó la imagen al pedirles que posaran en impostada actitud de apatía, desidia y distancia?

La imagen, además formalmente hermosa y fascinante —los rostros del cartel y los cuerpos de la pareja, dispuestos en cuatro planos claramente distintos, parecen semejar justo un vórtice, contagian a la mirada su vertiginoso dinamismo y la obligan a perderse en y con ellos— no es sino la que más habría de perturbarme, conmoverme e incluso divertirme de las más de 350 del francés Henri Cartier-Bresson exhibidas actualmente en el Museo del Palacio de Bellas Artes. La muestra pasa por los inicios del homenajeado en la pintura, se detiene en su época surrealista y comunista, para dedicar su mayor parte a su trabajo como fotorreportero para la legendaria agencia Magnum. Lo que queda es la clara intención de Cartier-Bresson de utilizar la fotografía como elemento desmitificador: los perniciosos nacionalismos, las revoluciones sociales o institucionalizadas, el consumo en Occidente pero también detrás de la Cortina de Hierro, los movimientos religiosos, las tranquilas certezas de la vida cotidiana son sometidos a una mirada que nos recuerda que todo es mucho más complejo de lo que parece.

La admonición no es nueva pero siempre es necesaria.