Fuera de Registro

Del gesto al aspaviento

Enorme sería mi sorpresa al llegar a Graben y ver que ahora se erige frente a San Esteban un edificio más delirante aún que la Pestsäule y mucho menos pertinente: un centro comercial de varios pisos, obra del arquitecto austriaco Hans Hollein.

Tres veces he ido a Viena y tres veces he recorrido Graben, no sólo por ser una de sus calles más hermosas y celebradas —y recorribles: es peatonal— sino por ser una en que se alzan dos catedrales: la reconocida como tal por todo mundo, consagrada a San Esteban, y la de la sastrería, Knize, famosa por haber contado entre sus clientes no sólo a Oskar Kokoschka sino a Marlene Dietrich, cuyos escandalosos pantalones y andróginos fracs solía confeccionar. Ya sólo por eso estoy familiarizado con uno de los monumentos más peculiares de la capital austriaca, que se alza justo sobre Graben y frente a Knize: la Pestsäule o Columna de la Peste, comisionada por el emperador Leopoldo I para conmemorar el fin de la gran epidemia de 1679 y completada, con la participación de diversos escultores, en 1693.

Si digo que la Pestsäule es peculiar es porque su estilo, barroco rampante, le confiere ese carácter. Amasijo de cuerpos esculpidos —unos agónicos, otros angelicales; unos marmóreos, otros áureos—, produce un efecto casi hipnótico en el paseante, atraído y repelido a un tiempo por el conjunto escultórico. Lo cual acaso no resulte bello pero sí pertinente en un monumento que, en su teatralidad desaforada, en su pathos por definición exacerbado, cumple a cabalidad con la función para la que fuera concebido: representar la lucha encarnizada entre vida la muerte. Lo que es más, la Pestsäule hace sentido en una ciudad con las características arquitectónicas de una Viena de pasado imperial, volcada a los fastos y a los esplendores: en México o en Nueva York o incluso en Londres, constituiría una anomalía, una excrecencia delirante y enfermiza, un pegote; en Viena no.

Hace cosa de un año volví a Viena, después de casi veinte años (mis dos visitas previas habían sido a mediados de los 80). Enorme sería mi sorpresa al llegar a Graben y ver que ahora —y desde 1990, me enteraría después— se erige frente a San Esteban un edificio más delirante aún que la Pestsäule y mucho menos pertinente: un centro comercial de varios pisos, estructura de concreto y piedra de apariencia más o menos racional que, sin embargo, termina su fachada en un escalonamiento de las ventanas para albergar otra, ésta de espejo, que primero sigue las líneas originales para después eclosionar en un par de cuerpos cilíndricos, también de espejo, en el que se refleja la arquitectura gótica de la catedral. El efecto, en este caso, sí es el de un pegote, suerte de tumor inorgánico, elemento que está ahí no para dialogar con el conjunto sino para subvertirlo, y acaso para pervertirlo.

La cosa, sabría después, se llama Haas-Haus y es obra del arquitecto austriaco Hans Hollein, ganador del premio Pritzker, muerto el jueves pasado y tenido por uno de los padres del posmodernismo arquitectónico, corriente que hubo de recuperar la vocación por el ornato y el humor ante lo que considerara los excesos espartanos —el oxímoron no es mío— del modernismo heredero de la Bauhaus.

Muchos son quienes propugnan por el gesto arquitectónico —por la idea de una poética expresiva de la arquitectura— y no puedo sino concordar con ellos (y me parece aún que muchos edificios modernos constituyen gestos de esa naturaleza). Y algunos gestos afortunados ha tenido el posmodernismo en su eclecticismo juguetón: el MI6 de Terry Farrell en Londres, las Petronas de César Pelli en Kuala Lumpur y aun ciertos proyectos del propio Hollein —el Museo de Arte Moderno en Frankfurt o el museo Vulcania en Auvernia— constituyen buenos ejemplos de ello. Éstos, sin embargo, son edificios que tienen en cuenta su entorno, que lo respetan, que dialogan con él. Haas-Haus, en cambio, se antoja más que un gesto un aspaviento: enclavado en una ciudad y en una calle ya marcadas por el exceso estético, parecería querer, más que conversar, competir. Al ser su ostentación, a diferencia de la Pestsäule, algo completamente exógeno al discurso arquitectónico de la ciudad, no hace sino encarnar un exceso vacuo y ramplón, confundir, marear.

No descalifico a Hollein, y menos en la hora de su muerte: he cantado ya las virtudes de dos construcciones suyas, y sumo, en Viena misma, su intervención rabiosamente contemporánea pero respetuosa al museo Albertina. Para honrarlo, sin embargo, no puedo sino cuestionar su Haas-Haus y hacerlo de acuerdo a sus preceptos: decía Hollein que todo es arquitectura y que, más que incidir los seres humanos sobre ella, es ella la que incide sobre nosotros, condiciona nuestro comportamiento. De acuerdo. Por ello condeno ese edificio impúdico y grandilocuente, que me ha llevado a escribir un texto que acaso peque de lo mismo.