Fuera de Registro

'Ich bin ein patriot'

Es mi orgullo patriota reconocer que Luis Barragán es universal; su archivo estará bien donde mejor resulte su conservación y más fácil su acceso a quien haga buen uso de él, sin importar nacionalidad

En una cosa, y en una sola, coincido con el discurso pronunciado por la hoy felizmente no presidenta de Francia Marine Le Pen tras su derrota electoral: el proceso que ha de culminar con la llegada al Elíseo de su oponente Emmanuel Macron el 15 de mayo ha generado “una recomposición política de gran calado”, y no sólo en Francia. Falta definir los términos.

A lo largo de una campaña polarizante, la candidata del Frente Nacional se empeñó en caracterizar la elección como “un referéndum: un referéndum por o contra Francia, por o contra la inmigración masiva, por o contra la fatalidad de la inseguridad, por o contra la Francia libre y soberana, por o contra la Unión Europea tal como funciona hoy”. Las coordenadas de esa presunta dicotomía, explícitas en todas sus proposiciones salvo en una (la relativa a la inseguridad que, sin embargo, en el contexto de la declaración y de la retórica lepenista las lleva implícitas), serían la oposición entre adentro y afuera, entre cerrado y abierto, entre nosotros y ellos. En efecto, no bien habría de conocer su derrota, LePen dibujaba un paisaje en que los paradigmas referenciales no son más izquierda y derecha sino, a su decir, “patriotas y mundialistas”.

El próximo presidente francés lo pone en términos mucho menos maniqueos pero que, combatiendo la visión de su oponente, refuerzan el diagnóstico. Macron habla de conservadores y progresistas, y no le falta razón, pero en su argumento se extraña, en efecto, lo que LePen formula en términos trapaceramente nacionalistas (pero tristemente reales): los dos nuevos polos de lo político serían inclusión / cooperación o exclusión / separación, opción esta última cuyos defensores querrían postular patriótica. Es esa la retórica no sólo de LePen sino la del Jean-Luc Mélenchon del resentimiento insumiso y la eurofobia populista, la del Donald Trump del muro y los bad hombres, la del Nicolás Maduro de las conspiraciones imperialistas, la de los articuladores del Brexit en el Reino Unido, la que parece respirarse a ambos lados de la franja de Gaza, la de no pocas instituciones —afuera como adentro— que prefieren la mediocridad o la corrupción de los formados en casa a arriesgarse a la innovación y la probidad que puedan traer los venidos de fuera.

Ese discurso es reconocible en su transversalidad ideológica por postularse siempre nacionalista en lo político, proteccionista en lo económico y chauvinista en lo cultural, lo que le permite pertrecharse en una noción esencialista que a fin de cuentas redunda en una negación de la identidad de lo que defiende y en una amenaza para su supervivencia. Voyons. ¿Es libre un país cuyo paisaje político puede ser reducido a coordenadas plebiscitarias? (No: caso peor, es una dictadura; caso mejor, está amenazado por alguien que pretende convertirlo en una). ¿Es igualitario uno en el que seres humanos son discriminados por su origen étnico o por su pertenencia religiosa? (No: ciudadanía es un concepto que trasciende incluso la nacionalidad). ¿Es fraterno uno cuya sociedad condiciona la solidaridad a la presentación del pasaporte o de la prueba de ADN? (No, y el problema se antoja, de entrada, cultural y educativo). Pero, más aún, ¿es sensato un país europeo que, ante la exhibición de posiciones rayanas en lo autárquico por parte de Estados Unidos, pretende reducir sus avenidas para la cooperación económica y su acceso a mercados importantes en aras de una trasnochada noción de soberanía que el proceso europeo problematizó y resolvió hace ya varias décadas?

El problema toca todas las esferas o encuentra un microcosmos en ellas: así la pieza de la artista Jill Mahid titulada The Proposal que pretende intercambiar un anillo de diamante hecho con las cenizas del arquitecto Luis Barragán por su archivo, a ser repatriado a México desde la suiza Barragán Foundation. Brenda Lozano lo plantea bien en un artículo publicado en la revista Letras Libres:

¿A dónde, a quién regresa el archivo?... ¿A las mismas instituciones que en 1993 hicieron caso omiso de [su] venta…? Y luego, ¿cuánto dinero destinarían a la conservación del archivo en relación a lo que cuesta mantenerlo en Suiza? Hagamos de cuenta que hay respuestas para esto, hagamos de cuenta que no está en alguna bodega del gobierno en cajas de cartón, como se teme, sino que está bajo los mismos estándares que en la Barragán Foundation, ¿qué parte estaría a la disposición del público y bajo qué condiciones?

Es mi orgullo patriota reconocer que Luis Barragán es universal. Su archivo estará bien, pues, donde mejor esté, donde mejor resulte su conservación y más fácil —pero también mejor regulado— su acceso a quien haga buen uso de él, sin importar nacionalidad. Ich bin ein Globalist, Ich bin ein Patriot.