Fuera de Registro

La lección de Mélenchon

Mélenchon, al llamar a no votar por el Frente Nacional pero al mismo tiempo condicionar un apoyo abierto a la candidatura de Macron, ofrece a su adversario y a su país, pero sobre todo al mundo, una lección de moral democrática

Quien haya leído la entrega inmediata anterior de esta columna —un panegírico confeso de Emmanuel Macron— podrá inferir que mis simpatías políticas no podrían estar más distantes de su adversario Jean-Luc Mélenchon, cuyo movimiento La France Insoumise ocupara en la primera vuelta de la elección presidencial francesa un inesperado cuarto lugar con el 19.58 por ciento de los votos. Su resultado —apenas menos de medio punto porcentual que lo obtenido por el candidato de la derecha tradicional François Fillon, apenas 1.72 por ciento menos que Marine Le Pen, apenas 4.43 menos que el propio Macron y, para azoro de propios y extraños, 13.22 por ciento más que Benoît Hamon, candidato del Partido Socialista que hoy detenta el poder en Francia— hace de él no sólo un factor de poder muy real en un país políticamente atomizado sino uno cuyo comportamiento será determinante no sólo para el resultado que pueda obtener Macron en la segunda vuelta sino para su capacidad de gobierno, caso de asegurar un triunfo que, si bien se antoja probable, no está garantizado.

No me gusta Mélenchon. No me gusta su antieuropeísmo proteccionista y nacionalista, tan promotor del tan cantado Frexit como el del Frente Nacional de Marine LePen. No me gusta su rechazo parcial (pero potencialmente preocupante) a los tratados comerciales y los organismos internacionales. No me gusta la irresponsabilidad polarizante de su discurso populista, y menos su actuación casi plebiscitaria en las redes sociales. No me gustan sus coqueteos —aun si a veces denegados— con la Rusia de Putin, la Cuba de Fidel Castro, la Venezuela de Maduro y la Bolivia de Evo Morales. Y no me gusta la rudeza oronda y fácil que dispensa a quienes no coinciden con él, de los reporteros de L’Express a los que tratara de fascistas a la canciller alemana a quien mandara, por medio de un tuit, a callarse la boca. Hasta hace unos días, creía que tampoco me gustaba su reacción a los resultados de la primera vuelta electoral: mientras Fillon y Hamon se aprestaban a manifestar su apoyo a Macron y a llamar a votar por él en la segunda vuelta ante la amenaza de un posible triunfo de LePen, Mélenchon escatimaba su participación en un polo republicano unido contra la extrema derecha, decía no haber recibido mandato alguno de sus electores —es decir de los legisladores cuyas firmas prescribe la legislación francesa para presentarse como candidato— a pronunciarse en uno u otro sentido. Leída esta postura como oportunista por la prensa francesa —incluido el diario de izquierda Libération—, quienes seguimos su actuación en la última semana lo pensábamos deseoso de debilitar a Macron en la elección presidencial para mejor avasallarlo en la legislativa. Felizmente no fue así. O, cuando menos, no sólo.

Acaso hayan mediado negociaciones en privado —siempre es el caso en política— pero, desde hace una semana, la postura de Mélenchon ha avanzado primero hacia lo responsable —al declarar que su voto personal no sería para Marine LePen aunque sin afirmar que lo daría a Macron—, después hacia lo admirable. El pasado domingo no sólo declaró públicamente que “no hay ambigüedad en [su] posición” sino que dijo “a todos lo que me escuchan: no cometan el terrible error de entregar un voto al Frente Nacional puesto que empujarían al país a un oprobio generalizado al que no es posible ver fin”, exordio harto necesario en un contexto en que LePen busca seducir al electorado de La France Insoumise. ¿Llamó a votar por Macron? No pero entabló las bases para una negociación razonada de su apoyo, y no pasan por puestos en el gabinete sino por un asunto claramente programático. “Mme. LePen trata por lo menos de hablar a los Insumisos”, concedió. “[Macron] podría cuando menos decirles ‘Escuchen: ya entendí. Retiro mi propuesta de reforma a la legislación laboral… para que puedan acercarse a mí… M. Macron, tiene usted que hacer algo: no puede conformarse con venir a decir ‘Quiero un voto de adhesión’”.

Más allá de las particularidades de las políticas laborales de ambas plataformas —que, diré, constituyen, junto con su política de energías renovables, lo mejor de la visión de Mélenchon—, lo cierto es que, al llamar a no votar por el Frente Nacional pero al mismo tiempo condicionar un apoyo abierto a la candidatura de Macron a un asunto programático, el candidato de La France Insoumise ofrece —a su adversario y a su país pero, sobre todo, al mundo y a la historia— una lección (si se me permite frasearlo así) de moral democrática. Ignoro si los franceses lo apreciarán pero, desde un país en que la negociación política pasa siempre sólo por las prebendas, Jean-Luc Mélenchon se revela en ese acto un faro de congruencia.

Bien podamos aprender de él.