Fuera de Registro

Mira, mira ('mirror, mirror')

El punto de partida de la instalación son las fotografías que tomara Rachel Harrison no sólo del reputado milagro sino del vano intento de los comunes mortales por tocar esa divinidad.

Lo que de verdad no puedes perderte es la instalación de Rachel Harrison: son palabras mayores.

El tono de mi amiga —historiadora del arte, curadora y dealer: autoridad, pues (no sé si por ello mismo o a pesar de ello)— no dejaba lugar a dudas: no bien arribado al MoMA neoyorquino debía precipitarme a la sala continente de Perth Amboy, trabajo —lo averigüé motivado por la recomendación; antes no la conocía— de una neoyorquina de 50 años, conocida por su incorporación de objetos encontrados (o comprados o recibidos: voilà Duchamp... sémantique) a sus instalaciones. Así lo hice.

Perth Amboy es también el nombre de un pueblo de Nueva Jersey —conocido por haber sido la cuna de Jon Bon Jovi pero también la de Walter Mitty, el de la fantasiosa vida secreta— en el que, como bien corresponde a una población de pedigrí soñador e italiano, hubo de registrarse hace poco una presunta aparición de la virgen, traza dejada por el sol sobre el cristal de una ventana. El punto de partida de la instalación son las fotografías que tomara Harrison no sólo del reputado milagro sino del vano intento de los comunes mortales por tocar esa divinidad. Y es que la artista registra un fenómeno que, cuenta el texto que acompaña a su proyecto, habría de mutar en práctica corriente: el gesto espontáneo de no pocos peregrinos de sacar las manos por fuera de la ventana para tocar la superficie de la imagen virginal. El contraste es a un tiempo perturbador e hilarante. La mentada virgen parece más una mancha que un icono digno de adoración pero cierto es que es posible (echándole ganitas) leer en sus formas un rostro de mujer envuelto en un manto: la fantasía tiene materia de la que echar mano. Las manos, en cambio, distan mucho de ser las de La creación de Adán de Miguel Ángel: las hay artríticas, las hay con las uñas mordisqueadas, las hay con barniz demasiado nacarado y cuajadas de demasiada joyería. Se trata, pues, de manos notablemente poco espirituales que, sin embargo, se sueñan —puro hubris, terrenísima vanidad— tocadas por la divinidad al momento de tocar su supuesta manifestación física. Harrison hace de esto su punto de partida para construir una ingeniosa reflexión sobre el proceso de la mirada, consustancial no sólo a la experiencia artística sino a la museística en que se produce este particular trabajo suyo. De ahí algunas yuxtaposiciones de objetos francamente jocosas —una Barbie en silla de ruedas que contempla un espacio en que está siendo pintado un green screen; el rostro de mujer que adorna una lata de salsa mexicana, cuya mirada parece ver de reojo una reproducción de ese cuadro de Teniers el Joven en que un archiduque austriaco contempla su desmesurada pinacoteca; una suerte de Lladró chinesco con figura de hombre colocado frente a una formación rocosa que parece asombrarlo— que funcionan como mise en abîme a un tiempo perturbadora y jocosa: al ver a esas figuras que ven, en realidad soy visto yo por Harrison, quien me ha hecho a un tiempo espectador y partícipe (como siempre debe ser en el arte) de su obra. Cuando, ante una de las últimas fotografías exhibidas, me topo con una niña que obstaculiza mi visión, empeñada como está en tomarse una selfie ante la obra (para irritación menor pero sostenida de su padre, y no tan menor mía) pienso si no se tratara de actores contratados por la artista, reclutados para evidenciar nuestros ingenuos, miserables intentos por toparnos con nosotros mismos —cuánta arrogancia— cada vez que la mirada nos acerca a una experiencia trascendente, ya artística, ya religiosa (en esencia, son básicamente lo mismo).

Me alzo de hombros, cambio de sala, ahogo mi misantropía en las fascinantes abstracciones del misántropo Jackson Pollock. Eso mejora mi humor, como lo mejora mi visita a las salas dedicadas al arquitecto japonés Toyo Ito y sus discípulos (hay nobleza en su emulación de procesos orgánicos) y más aún la visión de los monotipos con que Edgar Degas vuelve a sorprenderme no sólo por la minucia de su trazo sino por su comprensión de la luz y por su capacidad para transmitir movimiento.

Ya de salida, me topo con mi mujer —hemos deambulado más o menos por separado— perchada en un barandal que da a un ventanal del patio de esculturas del MoMA.

—Estaba viendo esa escultura –me dice señalándome una en forma de rosa que se alza frente a nuestra vista— y diciéndome que no tiene punto de comparación con los tulipanes que están atrás de ella —y, en efecto, se alzan tras el vidrio en un arriate—. Hasta que pensé que esos tulipanes también fueron cultivados y dispuestos en ese arreglo por un ser humano, por lo que vienen perfectamente al caso en un museo de arte. Eso me pareció bonito.

(Mi mujer es mejor espectador —y mejor persona— que yo).