Fuera de Registro

La esposa perfecta (de un hombre imperfecto)

Nancy Reagan no fue una heroína y ni siquiera un actor político en forma. Pero sí fue la esposa perfecta de un hombre imperfecto, recordatorio de que, antes de la equidad de género plena, detrás de un hombre reprobable a veces se colocaba una gran mujer.

La primera actriz hollywoodense en ostentar el mote de La Esposa Perfecta fue Myrna Loy, quien encontraría su verdadero lugar en la historia del cine como compañera de William Powell en una docena de películas, la mitad de ellas construidas alrededor de los personajes concebidos por Dashiell Hammett en su novela El hombre delgado: Nick Charles, detective retirado alcohólico pero encantador, y su esposa Nora, socialité con ansias de aventura, empeñada en devolver a su marido a la acción policial, cómplice de investigaciones pero también de martinis. El mote convenía a su personaje fílmico en unos años 30 notablemente liberales, borrachos de libertad tras la larga abstinencia literal y metafórica resultante de la Prohibición, marcados por el reciente primer ingreso de las mujeres a la fuerza de trabajo y por la liberación de las costumbres sexuales herederas de los locos 20. Su sucesora, sin embargo, acusaría en la pantalla un talante todo otro: llegados los años 50, quien sería conocida por el público como The Perfect Wife —a menudo de James Stewart, de Van Johnson o de su marido en la vida real, Dick Powell— sería June Allyson, condenada a eternos roles de ama de casa por turnos simpática y sufrida, apoyo solidario pero poco espectacular en películas biográficas abocadas a contar los logros de figuras masculinas como el beisbolista Monty Stratton, el director de orquesta Glenn Miller o el piloto de la Fuerza Aérea estadunidense Joseph McConnell. El rol que le tocaba jugar era ingrato ¬—apoyar a su hombre, mantenerse un paso detrás de él, asesorar sus decisiones sin reconocimiento de su participación— pero era el que convenía a las mujeres en una inmediata posguerra en que los Estados Unidos se veían teñidos de una ola de conservadurismo que conocería su peor momento en el mccarthyismo.

Otras actrices intentaron competir sin éxito por encarnar ese estereotipo disfrazado de arquetipo. Janet Leigh lo hizo sin pena ni gloria hasta que Orson Welles y Alfred Hitchcock la victimizaran en Sed de mal (1958) y Psicosis (1960), dejándola lista para que otros directores la lanzaran a verse aterrorizada por agentes comunistas y hasta conejos mutantes asesinos. Otra contendiente habría de ser Nancy Davis, figuranta de la MGM a todo lo largo de los 50, dueña de una pequeña filmografía (tan sólo once películas) cuyas sinopsis la consignan como ocupada siempre de encarnar a cónyuges devotas y leales. Si hablo de las sinopsis es porque casi nadie —y desde luego no yo— ha visto esas películas sin importancia. Sin embargo, Miss Davis habría de mutar en la representante más conspicua de ese tipo cultural no en el cine sino en la vida política, al trocar su apellido por el de su esposo: Ronald Reagan.

Indolente, conservador, frívolo y truculento, Reagan es uno de los grandes villanos de segunda fila de la historia del siglo XX. Ahora que su esposa acaba de morir, sin embargo, es momento de juzgarla con un rasero distinto. Así como pocos admiradores del muy admirable Al Gore recuerdan hoy que su esposa Tipper fue una de las principales fuerzas en pro de la censura cultural en los años 80 y 90 —suya fue la iniciativa del Parents Music Resource Center, instancia empeñada en poner tapabocas a los contenidos incómodos de la música popular— pocos reconocen a Nancy Reagan haber ostentado la más audible de las voces progresistas en muchos momentos de la administración de su marido. Suyo en gran medida fue el logro, detonado por el intento de asesinato de que fuera objeto Reagan, de la conocida como Ley Brady, que obliga a una necesaria regulación la venta de armas a particulares en los Estados Unidos. Suyo fue, hasta muy poco antes de su muerte, uno de los activismos más destacados en pro de la investigación con células madre, interés provocado en un afán conmovedor por encontrar una cura al Alzheimer que padeciera el ex presidente en sus últimos años. Y suyo fue el procesamiento político del caso Iran Contra, uno de los mayores escándalos de la Presidencia de un Reagan a quien empujara a reconfigurar a su equipo de colaboradores y pedir disculpas públicas. Cierto es que acusaba un interés acaso excesivo por los temas de las esposas ricas pero también que su remodelación de la Casa Blanca fue financiada con donativos privados y que su guardarropa personal, también en buena medida donado, contribuyó a poner en el mapa internacional la moda estadounidense.

Cierto: Nancy Reagan no fue una heroína y ni siquiera un actor político en forma. Pero sí fue la esposa perfecta de un hombre imperfecto, recordatorio de que, antes de la equidad de género plena, detrás de un hombre reprobable a veces se colocaba una gran mujer, y hacía mucho bien.