Fuera de Registro

En defensa de un buen chiste

El ciudadano le va a su propio país, un poco porque ese país le ha dado cosas, otro poco por generarse y generar un sentido de comunidad, acaso también por impostar un partisanismo que no experimenta en realidad.

Nadie en su sano juicio podrá eximir al Mundial de futbol —o a cualquier otra justa deportiva en que compitan varios países— de fomentar el chauvinismo. Un chauvinismo transitorio y superficial, querría pensar. Uno juguetón. Uno jodón pero inofensivo, llevadito pero cariñoso, confianzudo pero confiablemente fraternal. El ciudadano le va a su propio país, un poco porque ese país le ha dado cosas, otro poco por generarse y generar un sentido de comunidad, acaso también por impostar un partisanismo que no experimenta en realidad. Esto mientras siga vivo el equipo nacional. Después se busca otro favorito, acorde con la calidad de su juego o con el rol que haya jugado la cultura de esa nación en su vida, cultiva el humor nacional autoderogatorio, se encoge de hombros, la vida sigue. A fin de cuentas, nada de verdadera importancia nacional ni personal —a no ser para 24 individuos— está jugado en una derrota o un triunfo deportivos. Bien estaría recordarlo: es muy emocionante, es muy divertido pero, a fin de cuentas, es solo un juego.

A mi juicio, tal es el talante con que KLM, principal compañía aérea de los Países Bajos, emitió el ya célebre tuit en el que aparece la fotografía de un letrero de Salidas aeronáuticas en el que la representación icónica de un pasajero genérico ha sido sustituida por la de un charro mexicano, acompañada por la leyenda “Adiós, amigos”. De haberlo descubierto de manera autónoma —cosa imposible porque carezco de cuenta de Twitter—, el chiste me habría hecho mucha gracia. Me habría parecido ingenioso, elegante, de una sutil e inocua crueldad, a un tiempo majadero, cómplice y emblemático del espíritu deportivo (espíritu que dista mucho de ser ajeno a impulsos agresivos, en México como en Ámsterdam). Espléndida cachetada con guante blanco me habría parecido además la respuesta de Aeroméxico en su propio Twitter, fotografía de un letrero de Llegadas con idéntica estética, acompañada por el texto “Gracias por este gran campeonato, estamos orgullosos y los esperamos en casa”, evidentemente dirigido a la selección nacional. (Doble lección de elegancia moral, además, puesto que el equipo Tricolor se transporta en Interjet.) Un par de risitas y a otra cosa. Insisto: es solo un juego. No hay verdadero daño. Ni, a mi parecer, intención de causarlo.

No así, sin embargo, para un Gael García Bernal a todas luces desaforado, movido a un aparente estado alterado de conciencia por el resultado del partido en que fuera eliminado México. Acaso encuentre en su comportamiento —cuando menos en el exhibido en su Twitter— una explicación de por qué detesto la palabra pasión: en efecto, García Bernal, ostensiblemente apasionado por el futbol, recuerda con sus peroratas que la raíz de esta palabra está en el griego pathos: sufrimiento, dolor. Dolor desproporcionado y mal expresado. A mí no me pareció una buena película Déficit, hasta ahora la única que ha dirigido el actor, pero nunca me pasaría por la cabeza mentarle por ello la madre, como lo hiciera él con el delantero holandés Arjen Robben por esa misma vía. E igualmente grosera y absurda se antoja su reacción al chiste de KLM, seguramente ajeno a su sentido del humor, si se quiere —y como apuntara Gabriela Warketnin— de mal gusto (lo cual, no solo a mi juicio sino al de Freud, es cosa recurrente en los mejores chistes: un chiste sería una formación del inconsciente y por tanto una transgresión), pero seguramente no meritorio del apelativo mierdero ni de un “fuck you big time”, digamos, fuera de lugar.

Peor opinión me merece el comentario pronunciado por la misma vía por el escritor Álvaro Enrigue —con quien, full disclosure, me une una amistad de 25 años y a quien reconozco como mi primer mentor literario—: “Y qué racista el chiste de KLM”. Aquí la forma es impecable pero el fondo cuestionabilísimo. ¿En dónde el racismo? ¿En permitirse un chiste a expensas de México? Quiero pensar que lo mismo habrían hecho si la selección derrotada hubiera sido la de Francia o la de Alemania. ¿En representar al país mediante el icono de un charro? Creo que, de ser Francia, habrían dibujado junto a la leyenda Departures a un señor con boina y cigarro, y si Alemania a uno con sombrero tirolés y tarro de cerveza. No veo racismo, querido Álvaro: veo el uso de un estereotipo nacional inofensivo.

Veo, además, algo más preocupante: a una de las inteligencias más lúcidas de la literatura mexicana sucumbir (espero que solo por un instante) al higienismo moral de nuestros tiempos, al automatismo paranoide y biempensante de la corrección política. Del autor de La muerte de un instalador y de Hipotermia no esperaba un pase así.