Fuera de Registro

El círculo virtuoso /III

La televisión privada no será el escenario que me permita experimentar de manera sistemática con formatos innovadores para la difusión de contenidos culturales. Por eso sigo buscando espacios para hacer televisión pública, para pensarla, para intentar contribuir...

He llegado a la edad en que uno comienza a mirar hacia atrás —lo que deriva de la conciencia de que cada día queda menos por delante—, y aprovecho la coyuntura de mis recién cumplidos 25 años de vida profesional para reflexionar sobre los medios electrónicos públicos, en que ha transcurrido buena parte de mi trabajo. He abordado ya en entregas anteriores mi participación en un proyecto privado de radio cultural y mi incursión en la televisión pública, merced a la invitación a participar en La Dichosa Palabra de Canal 22. Al año de esto último, en 2003, esta misma televisora me convocaba a conducir Suave Es la Noche, emisión cultural de entrevistas con formato de latenight producida y dirigida por José Luis Aguilera Velasco. Llamado a formar parte del diseño de la serie, sería en ese programa que comenzara yo a formarme una idea de qué entendía yo por una televisión pública. Las experiencias previas me habían llevado a poner los cimientos del edificio: la televisión pública debía entretener y/o informar con contenidos inteligentes sin renunciar a las formas espectaculares, y en ese trance tenía la misión de contribuir a la formación de espectadores inteligentes para toda la televisión. También, sin embargo, debía hacerlo sirviéndose del lenguaje audiovisual para comunicar en formas inaccesibles a la palabra escrita. Y, de ser posible, innovar en ellas.

Siempre en el 22, hubo de ser Jorge Volpi, su siguiente director, quien me diera la alternativa como productor televisivo, al encomendarme un programa sobre poesía, con una confianza inmerecida derivada de su conocimiento de mi gusto por ese género literario, de mi trabajo de para entonces diez años ante las cámaras y de algunos intercambios de ideas —ora orales, ora escritos— al respecto. Ese programa habría de ser ReVerso, concebido y producido en mancuerna con Aguilera Velasco, que a la postre veríamos como la semilla de nuestro Letrero —sobre la literatura toda, y conducido ya no por mí sino por el narrador José Ramón Ruisánchez, acompañado primero por el editor Diego Rabasa y después por el poeta Hernán Bravo Varela. Con timidez en ReVerso y con descaro en El Letrero trataríamos de subvertir las nociones de lo que debía ser un programa televisivo con contenidos literarios. Las mesas de discusión irían desapareciendo hasta quedar totalmente erradicadas. (Lección aprendida: no haríamos radio por televisión.) Las entrevistas constituirían cada vez menos la parte medular del programa. Tampoco pondríamos actores a declamar. Mejor trataríamos de aprovechar el lenguaje endémicamente televisivo para jugar con el texto quinético, con la animación, con los sets virtuales construidos a partir de recursos como el découpage, con la pantomima actoral, con la autoentrevista, con la invitación a artistas de disciplinas distintas a la literatura para entablar un diálogo con la literatura, trabajar a partir de ella, permitirnos documentar el proceso y presentar el resultado, y así mostrar las letras como lo que son: algo hecho de la estofa de los sueños pero también de la vida.

Desarrollo inesperado: ello me llevaría a recibir una invitación de Televisa para incorporarme a sus filas, garantizándome una autonomía de criterio que esta empresa viene no sólo respetando sino alentando a lo largo de ya ocho años. Otra vez quiero ver en ello un reconocimiento al trabajo de la televisión pública toda en los últimos años. Aun así, he de confesar que mis labores diarias en esta empresa —dotar de una sección de cultura a su noticiario matutino estelar, conducir un programa de panel sobre temas culturales en horario prime late— no parecen suponer mayor innovación que el hecho de que las transmita la cadena que las alberga. Agradezco a Televisa la posibilidad de incidir sobre la noción de la televisión que se hace el gran público. Celebro las oportunidades eventuales que me da para proponer formatos y lenguajes innovadores, como fuera el caso de las piezas sobre cultura brasileña, complejas y líricas al menos en su aspiración, que me permitiera concebir, producir, escribir, narrar, editar y posproducir para las transmisiones especiales de la pasada Copa Mundial de Fútbol. Sin embargo, bien sé que, por lo menos por largo tiempo todavía, la televisión privada no será el escenario que me permita experimentar de manera sistemática con formatos innovadores para la difusión de contenidos culturales con una voz autoral, mía o de otro. Por eso sigo buscando espacios para hacer televisión pública, para pensarla, para intentar contribuir a su fortalecimiento.

Con qué espíritu me propongo hacerlo es cosa de la que me ocuparé en la próxima —y última— entrega de esta pequeña serie.