Fuera de Registro

Ni chicha ni limoná

El Oscar puede llegar a transigir con el lado oscuro pero le cuesta más trabajo lidiar con el humor corrosivo, no digamos con la ambigüedad moral y la experimentación formal. En ese sentido no solo es comprensible el premio a Cuarón.

El domingo pasado el mexicano Alfonso Cuarón se hizo con el Oscar a Mejor Director por Gravity y el británico Steve McQueen vio su más reciente cinta, 12 Years a Slave, ganar el mismo premio a la película del año. En términos generales me entusiasma mucho menos el trabajo de Cuarón que el de McQueen —y Gravity me gustó todavía menos que 12 Years a Slave—; sin embargo, me parece menos merecido el reconocimiento a la película de este último.

He escrito aquí ya sobre mi aversión a Gravity —me parece una cinta vacua, chantajista y trapaceramente edificante—, pero justo las razones que me llevan a cuestionarla son las que me hacen explicable el Oscar a Cuarón. Deslumbrante en lo técnico, solvente y convencional en lo narrativo, humanista en su visión del mundo, optimista en su conclusión, Gravity encarna los valores que alienta la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Los Ángeles, avatar artístico del bienpensante establishment liberal estadunidense. Se inserta, pues, a la perfección en la tradición de una institución que eligiera como supremos artistas fílmicos en sus respectivas oportunidades a Leo McCarey por GoingMy Way (por sobre Alfred Hitchcock por Lifeboat y Billy Wilder por Double Indemnity), a Carol Reed por Oliver! (por sobre Stanley Kubrick por 2001, odisea del espacio), a George Roy Hill por El golpe (por sobre Ingmar Bergman por Gritos y susurros y Bernardo Bertolucci por Último tango en París), a Robert Benton por Kramer contra Kramer (por sobre Francis Ford Coppola por Apocalypse Now y Bob Fosse por All That Jazz), a Robert Redford por OrdinaryPeople (por sobre Martin Scorsese por Toro salvaje), a James L. Brooks por Terms of Endearment (por sobre Bergman por Fanny y Alexander), a Kevin Costner por Danza con lobos (otra vez por sobre Scorsese, ahora por Goodfellas), a Steven Spielberg por La lista de Schindler (por sobre Robert Altman por Short Cuts), a Robert Zemeckis por ForrestGump (por sobre Quentin Tarantino por Pulp Fiction), a Ron Howard por A Beautiful Mind (por sobre David Lynch por Mulholland Drive), a Tom Hooper por The King’s Speech (por sobre Darren Aronofsky por El cisne negro), a Ang Lee por Life of Pi (por sobre Michael Haneke por Amour). Me perdonará el lector que haya cometido la enumeración pero acaso sirva para ilustrar una hipótesis que sospechaba ya: que el Oscar puede llegar a transigir con el lado oscuro pero le cuesta más trabajo lidiar con el humor corrosivo, no digamos con la ambigüedad moral y la experimentación formal. En ese sentido no solo es comprensible el premio a Cuarón sino que resulta una derivación lógica de su filmografía. Nadie podrá acusarlo de tener un estilo o temas recurrentes —nada tienen en común Y tu mamá también, Grandes esperanzas y Children of Men entre sí o con Gravity— pero sí un tono, y ese tono ha sido, de siempre (con la excepción de su primera cinta, Solo con tu pareja, dotada de una tímida osadía) el que conviene a la Academia. Está, pues, donde debe estar, y eso es bueno para él, y para el ánimo mexicano (aun si no para el cine). No hay tacha.

Menos esperable era tanto el Oscar a mejor película a 12 Years a Slave como que Steve McQueen dirigiera esa cinta. Lo primero porque, aunque expía las culpas de una injusticia histórica —lo que, como muestran los Oscar a Mejor Película recabados por La vida de Émile Zola, Qué verde era mi valle, Los mejores años de nuestras vidas, Ben Hur, The Deer Hunter, Gandhi, Danza con lobos, La lista de Schindler, Braveheart y Gladiador, resulta popular entre la Academia—, no lo hace con el habitual tono épico y/o condescendiente de esas cintas: es cruda, notoriamente ayuna de acción, toda cruenta exposición. Y lo segundo porque, pese a ese talante, coquetea con lo convencional en muchos terrenos: en su primoroso diseño de producción, en su clara división del género humano en verdugos y víctimas, en su concesión a las reglas de la narración lineal, cosas todas que no esperábamos de un McQueen que viene del mundo del arte —y cuyos videos evocadores, herméticos y crueles le valieran un Premio Turner—, pero además cuyo anterior largometraje cinematográfico, Shame, resulta de una sutileza emocional, una hesitación moral y una frescura narrativa claramente ausentes en esta cinta. Entristece entonces ese ejercicio middle-of-the-road que es 12 Years a Slave, lo bastante conservadora para valer a McQueen un boleto al establishment, lo bastante atrevida para no constituirle un desprestigio, tan deshonesta y oportunista en su presunta ambición artística como Gravity resulta sincera en su orondo y normalísimo comercialismo.

Lo dicho: ni chicha ni limoná.