Fuera de Registro

Tenemos que hablar de Castro

Pero no de Fidel, sobre quien llevamos todos cuando menos un cuarto de siglo de discusión circular, sobre quien todos parecemos saber ya qué pensamos, sobre quien es difícil a estas alturas hacer que un interlocutor cualquiera varíe su juicio, a quien la Historia —es decir, las historiografías— ha absuelto y condenado, y sobre quien sólo con la distancia que procura el tiempo emitirá no uno sino varios juicios, ojalá que críticos y mesurados.

Fidel Castro, de entrada, dejó el poder, y no hace cuatro días sino hace diez años, sucedido por un jefe de Estado que fuera, a priori, juzgado mero encargado administrativo de despacho dentro y fuera de su país, pero que pronto enarboló una visión propia de Cuba, aun si tímida y acaso timorata. Cumplió Fidel, sí, un papel en los últimos diez años: el de símbolo y emblema, el de líder moral —o inmoral o amoral, a saber, hoy poco importa— de un proyecto que, por su personalista diseño mismo, debía esperar a su muerte física para dar lugar a otro.

Hablar de Fidel Castro equivale hoy, pues, a practicar el diálogo de sordos, a reforzar las propias ideas y otorgar mera tolerancia a las del otro —a oírlas, no a escucharlas—, a contribuir a un ruido que no hace sino distraer de un asunto que debe ser abordado con serenidad, que es el modelo político y económico que ha de seguir Cuba y, con ello, la oportunidad de ver en él un laboratorio de lo que puede ser un nuevo modelo de Estado en un momento en que los vigentes —de Venezuela a China a Francia a Estados Unidos a Brasil a México— se encuentran en franca crisis.

Dejemos entonces de dar vueltas en círculo en torno a la figura de Castro y atendamos una materia más urgente que es ocuparnos… de Castro: de Raúl, quiero decir, el hermano aparentemente cómodo que hubo de tornarse discretamente incómodo para el establishment comunista cubano y que con ello ofrece una esperanza discreta pero real al futuro del país que todavía gobierna.

Raúl Castro asumió hace diez años de manera temporal, y hace ocho de manera oficial, la dirección de un país que no solo había acusado las grandes carencias de su modelo de gobierno —su incapacidad para generar bienestar— sino que veía agravada su crisis por el colapso de sus protectores soviéticos y que todavía debería enfrentar un revés más con la muerte de Hugo Chávez y la concomitante situación de inestabilidad de una Venezuela a cuya riqueza petrolera y complicidad política se había aliado. Ante esto, Castro reactivó las medidas de impulso a la inversión extranjera y a una incipiente iniciativa privada local que su hermano había concebido a la caída del muro y de las que después había reculado pero fue más allá al legalizar el mercado inmobiliario y el automotor, al retirar poco a poco las restricciones de viaje al extranjero para la gran mayoría de la población —incluidos los disidentes—, al instrumentar con habilidad un acercamiento con Estados Unidos durante la presidencia de un Barack Obama que tiene tanto mérito como él (pero no más) en ese proceso.

Recordatorio importante: el segundo quinquenio de Raúl como mandatario cubano vence a principios de 2018, y se ha comprometido públicamente en repetidas ocasiones a observar esa temporalidad. Son buenas y malas noticias: buenas porque apuntan a un afán genuinamente democrático, indispensable para una transición a un régimen no autoritario; malas porque, por su carácter autoritario mismo, Cuba no ha sabido construir otros liderazgos visibles dentro o fuera de su Partido Comunista, por lo que acusa un vacío de poder que será menester llenar, y pronto.

Necesitamos hablar de Castro porque de lo que haga depende el futuro de Cuba. Deberá enfrentar la relación renovada con unos Estados Unidos presididos por un Trump ajeno en todo a la visión de estadista de Obama que, acicateado además por un Congreso con mayoría republicana, bien podría darle la espalda. Deberá terminar de concebir e instrumentar una política económica que atraiga inversionistas extranjeros, salvaguarde la participación estatal en sectores estratégicos y elimine las trabas a la incipiente clase microempresarial, todo sin provocar la ira de un Partido Comunista del que todavía depende, fomentando la creación de liderazgos dentro y fuera de él, resolviendo los urgentes problemas de derechos humanos a cuya erradicación lo insta la comunidad internacional y enarbolando un modelo de independencia política en el que pueda conservar aliados pero no patrones.

No se antoja fácil y no es optativo. Por ello, y aun con reservas, habrá que clamar un Le Castro est mort, vive le Castro, siquiera unos quince meses más, en lo que Cuba transita a una verdadera democracia.