Fuera de Registro

El (otro) castillo

Autodefinido “Plan Marshall de las Ideas” en una Europa que parecía en bancarrota moral e intelectual, hoy el castillo de Salzburgo es foro de discusión permanente.

En Salzburgo, donde escribo esto, se alzan dos castillos famosos. El más conocido podría servir de locación a una versión fílmica justo de El castillo de Kafka: concebido con una impenetrable arquitectura medieval, perchado sobre un risco desde el que domina, hierático, toda la ciudad, usado como cuartel y calabozo en distintos momentos de su historia, el Hohensalzburg encarna, como aquella fortaleza inaccesible, el poder absoluto, omnipresente, incuestionable. El que me alberga ahora, en cambio, se antoja todo lo contrario: de un barroco más bien desaforado (y tardío), resulta también paradójicamente caricioso, entrañable, humano. Acaso quepa encontrar la explicación de ese talante en la naturaleza que lo rodea —una montaña distante y valdrá decir que mágica, un lago límpido y enorme, un jardín hermoso de sí pero hecho más amable, más sereno, por la acción de la humana mano jardinera—; lo cierto, sin embargo, es que su bonhomía deriva en gran medida de su historia, no exenta de accidentes y hasta de tragedias pero marcada sobre todo por buenas cosas, si no es que por cosas favoritas.

“My Favourite Things” es, en efecto, una de las canciones que habrá de aparecer por siempre ligada al Schloss Leopoldskron, ya solo por formar parte de una película vinculada inexorablemente a él. Mienten los guías de turistas salzburgueses que afirman que es ésta la locación de La novicia rebelde: solo fue utilizado su parque para unos pocos exteriores. Pero lo cierto es que la propiedad de la familia Von Trapp en esa cinta estuvo directamente modelada a partir de éste, y que incluso aquel salón de baile —inolvidable fantasía de esplendor veneciano— en el que se recrea el tradicional espectáculo de marionetas de estos lares, y en el que Christopher Plummer sucumbe al fin a los sencillos encantos de Julie Andrews, es réplica puntual (aunque ampliada) de uno que se yergue aquí.

Otra buena cosa es la identidad de quien concibiera ese salón: Max Reinhardt. Legendario director de teatro, mientras revolucionaba las convenciones escénicas del mundo en Viena y en Berlín, se daba el tiempo (y disponía del presupuesto) para darse la vuelta por Salzburgo y comprarse un castillito: justo este Schloss Leopoldskron, construido en el siglo XVIII como residencia del arzobispo local pero, para ese 1918, en franca decadencia. Reinhardt no solo habría de remozar su Gran Salón y su Sala de Mármol, de restaurar sus esculturas y embellecer su parque, sino que concebiría tres nuevas habitaciones que se encuentran entre las más memorables de la propiedad: el Salón Veneciano —el de La novicia rebelde: todo espejos, cuadros renacentistas, molduras doradas y estuco—, el Chino —encantadora bagatela de orientalismo afrancesado— y la Biblioteca, notable por sus volúmenes sobre historia de las artes visuales y escénicas, y sobre historia a secas, pero también por su exquisito trabajo de ebanistería. Aquí, en su permanente intento por redefinir el espacio escénico, habría de montar Reinhardt las primeras obras de teatro que obligaban a los espectadores a moverse por los distintos cuartos de una construcción; aquí también, sentado a una mesa de trabajo con Richard Strauss y Hugo von Hofmannsthal, imaginaría el todavía vivo y siempre legendario Festival de Salzburgo.

Reinhardt hubo de abandonar el castillo con el advenimiento de los nazis, que lo requisaron para hacerlo residencia para visitantes distinguidos. En la posguerra, sería restituido a la viuda de un Reinhardt muerto en 1943, la actriz Helene Thiemig, quien terminaría por venderlo a una institución concebida por un trío de ex alumnos de Harvard —un austriaco y dos estadunidenses—, conocida entonces como el Salzburg Seminar on American Studies y hoy como el Salzburg Global Seminar.

Autodefinido “Plan Marshall de las Ideas” en una Europa que parecía en bancarrota moral e intelectual, hoy es foro de discusión permanente —celebra varias sesiones temáticas al año— de problemas globales sociales, políticos, económicos y culturales, suerte de think tank siempre mutante, por el que han pasado figuras que van de Margaret Mead y Saul Bellow a Hillary Clinton y Kofi Annan, que favorece el intercambio de ideas y la cooperación entre ciudadanos que se dedican a pensar lo público y a tratar de incidir sobre ello.

Escribo esto tras mi primer día de trabajo en un seminario de liderazgo cultural, al que he sido invitado por la generosa recomendación de mi amigo Juan Pardinas. Ignoro cuál será el saldo de mi visita —que compartiré en la próxima entrega de esta columna— pero lo presupongo feliz. A fin de cuentas, este lugar es todo salvo el Castillo kafkiano.