Fuera de Registro

Murió una escritora

No negaré que, apenas cubierta con ese bikini cobrizo cuyas formas metálicas parecían encajarse con sádico deliquio en sus formas invitantes, fue factor para mí también —como para toda mi generación y, sobre todo, para la que la precediera— de una iniciación erótica. Tampoco negaré que, como a tantos, me cuesta trabajo imaginarla sin su peinado emblemático (salvo, claro, cuando la evoco con el bikini, que llevaba con una trenza más apropiada y favorecedora), ése que tantos chistes alusivos a roles de canela generara, algunos de los mejores proferidos por ella misma con desparpajo autoderogatorio. Y tampoco puedo olvidarla en un puñado más de participaciones como actriz cinematográfica: la adolescente de las preguntas impúdicas y la voz perturbadoramente grave de Shampoo —su debut—, la imperiosa novia vengativa con el corazón (y la ametralladora) en la mano de The Blues Brothers, la soltera desesperada al punto de la hilarante insensibilidad de When Harry Met Sally. Cierto, no hubo en su filmografía papeles suficientes para hacer de ella una gran estrella —allende sus múltiples apariciones como la Princesa Leia lo que queda es una retahíla de cameos muy simpáticos y un listado de directores que no supieron aprovechar su vis cómica, entre ellos el Woody Allen de Hannah y sus hermanas— pero sí para construirle un legado como figura icónica y como presencia fílmica entrañable. Esos méritos, sin embargo, aun si estimables, no constituyen sino notas a pie de página en la trayectoria profesional de Carrie Fisher, mano izquierda de quien no habría de encontrar en la actuación sino una vocación secundaria. Ya pueden hordas de chifladas de Star Wars enfundarse en batones blancos y colocarse postizos en el pelo y salir a desfilar por las calles, como lo hicieran en Nueva Orleans al anuncio de su muerte; lo que pierde el mundo con la muerte de Carrie Fisher es a una escritora, y a una espléndida.

Algunos tuvimos noticia de que Fisher escribía en ese 1987 en que, alejada por años de la Princesa Leia, reducida a papeles de reparto y enfrentada a toda suerte de problemas psiquiátricos que buscaba paliar por medio de drogas legales e ilegales, publicara Postcards from the Edge, novela de tintes autiobiográficos en que narrara los intentos más bien fallidos de una starlet en decadencia por enfrentar sus demonios. Dotada de una voz cruelmente humorística cuya principal víctima es Suzanne, ese personaje principal con el que resultaría imposible no identificarla (“Siento que decepcionaré a los demás si renuncio a los comportamientos que se han acostumbrado a reprobar. Tratan de disciplinarme, me niego a ser disciplinada. Objetan, soy objetable. Todos sabemos exactamente qué hacer.”), Fisher lograría con esa novela un retrato de la adicción y la enfermedad mental despiadado, crudo, conmovedor y paradójicamente efervescente y divertido, tono y tema que habrían de convertirse en su marca de fábrica como autora. Cierto es que a Postcards from the Edge —llevada a la pantalla con buen éxito en 1990 por Mike Nichols, con un guión de la propia Fisher y las actuaciones de Meryl Streep como Suzanne y de Shirley MacLaine como una madre sospechosamente redolente de Debbie Reynolds— habrían de seguir un par de novelas más, pero también que los mejores escritos de la autora se encuentran en los tres libros autobiográficos que habría de escribir entre 2008 y el 2016 de su muerte —Wishful Drinking, Shockaholic y The Princess Diarist— en los que habría de hacer gala del mismo candor terrible, liberado ya de la impostura de la ficción para abordar con ligereza felizmente incongruente asuntos tan estrujantes como la terapia de electrochoques a la que se sometiera para lidiar con su trastorno bipolar. (“¿Con quién preferirías estar? ¿Con la Carrie desconectada, gorda y llorando mares de lágrimas medicadas, o con la Carrie conectada, olvidadiza pero más o menos sana, y algo menos que rolliza? Elige. O, mejor, no. Es mi vida. Elijo yo. Podría decirse que, al someterme a tratamientos regulares de terapia electroconvulsiva, pago dos —así es, dos— cuentas de electricidad. Una por la casa y una por la cabeza.”) Con ellos, Carrie Fisher habría no sólo de entregarse a un ejercicio acaso catártico sino revelarse como una de las voces humorísticas más dotadas de la literatura estadunidense contemporánea, una que supo recurrir al gracejo no como adorno sino como vía tortuosa pero eficaz a una forma de verdad.

“Temo que si dejo de escribir dejaré de pensar y comenzaré a sentir. Y no puedo concentrarme cuando siento”, escribiría en su último libro. Gracias, Carrie Fisher, por esa confesión que no es otra cosa que la declaración de principios de todo escritor.