Fuera de Registro

Es más bueno ser grande

'Spotlight', lastrada por menos excesos y pretensiones que 'The Revenant', es buen cine —lo que no acaba de ser del todo la desmesurada cinta de González Iñárritu— pero nunca toca la grandeza que alcanza su competidora.

En una de las tantas secuencias de combate a vida o muerte —acaso demasiadas— que contiene The Revenant, la película por la que el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu ha ganado ya el premio del Director's Guild of America, así como los Globos de Oro a mejor película y mejor director, y por la que podría ganar los mismos reconocimientos de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Los Ángeles, unas gotas de aguanieve y, perturbadoramente, otras más de sangre salpican la lente con que se filma. El momento es uno de profundo, terrible, gozoso desconcierto para el espectador. Nuestra primera reacción es de terror: instintivamente, sentimos que esa lucha ha trascendido la mera representación, que es dolorosa y peligrosamente real, que una amenaza orgánica se cierne en efecto ya no sobre Hugh Glass, el personaje, sino sobre Leonardo DiCaprio, el actor —corrijo: el ser humano— que le da vida. Hasta que, segundos después, nos percatamos de que ese líquido rojo ha venido a recalar sobre una lente, y que esa lente, cuya existencia nos es recordada justo por esas manchas carmesí, sirve para invalidar nuestra primera reacción, para recordarnos justo que it's only a movie, que lo que vemos está siendo filmado y resulta por tanto del constructo de una mirada que quiere hacernos percibir como real algo que no es sino artificio puro.

El momento es uno de los tantos de un poderío fílmico notable que contiene la cinta, una que pese a la plétora de premios a los que ha sido postulada no ha alcanzado el favor más que del 83 por ciento de los críticos listados en el sitio web Rotten Tomatoes —en comparación con el 96 por ciento de Spotlight, acaso su más cercana competidora por el Oscar— y que ha sido juzgada con dureza por los reseñistas de publicaciones tan importantes como el Washington Post, el New Yorker, el Wall Street Journal, el Chicago Tribune, Variety, la revista New York y salon.com. En su nota, Anthony Lane, el crítico del New Yorker, se refiere a The Revenant como "una friega" ("a slog"), si bien concede que se trata de una friega muy hermosa, antes de reconocer que la fotografía del también nominado al Oscar Emmanuel Lubezki "convoca una miríada de maravillas" pero también de condenar la belleza dichas maravillas por acusar un cierto aire "voluntarista". Confesaré que, en la primera hora de los incluso farragosos 156 minutos que dura la película, llegué a pensar eso mismo, a sentir en el esplendor de las tomas que Lubezki dedica a la naturaleza un elemento exógeno a la narrativa de la película, un pretexto para el relumbrón esteticista. Me di a cuenta a tiempo de mi error. Porque The Revenant, historia de la lucha de un hombre contra la maldad de la naturaleza humana pero también contra la de la naturaleza a secas, precisa justo de esas escenas de enorme delicadeza visual para mostrarnos que el enemigo está en todo cuanto nos rodea, y que esa belleza es una de las armas más trapaceras de que se sirve una naturaleza malvadamente baudelairiana para sobajarnos merced al engaño: fatal a la manera de las femmes de los poemas de Las flores del mal, belle dame sans merci, es en su hermosura que reside también su perversión.

A lo largo de casi tres horas de duración, pesadas y repetitivas, acaso inverosímiles —me descubrí pensando en el invencible personaje encarnado por Di Caprio como una suerte de antecedente temperamental del Conejo Energizer—, The Revenant postula como uno de los rasgos potencialmente más peligrosos de los seres humanos nuestro espíritu de supervivencia: es por querer seguir vivo pese a tantas amenazas que Glass sufre tanto, y por ello mismo que tanto nos hace sufrir una cinta que me atrevo a postular como gran cine pero de la que también afirmo que no será pronto cuando vuelva a verla. (Es, en efecto, "una friega").

En contraste, la bienpensante Spotlight de Tom McCarthy resulta no sólo edificante en su esfuerzo por evidenciar las bondades del buen periodismo y por poner el dedo en la llaga del abuso sexual infantil a manos de sacerdotes católicos, sino una que acusa gran economía y solvencia narrativas en su factura. Lastrada por menos excesos y pretensiones que The Revenant, es buen cine —lo que no acaba de ser del todo la desmesurada cinta de González Iñárritu— pero nunca toca la grandeza que alcanza su competidora. Correcta y necesaria, resulta también eminentemente olvidable; políticamente encomiable, el tono de unas críticas que parecen hablar más de su agenda política que de sus virtudes fílmicas evidencia por omisión su mediocridad cinematográfica.

Rezaba una campaña publicitaria que es bueno ser grande pero es más grande ser bueno; cuando de empeños artísticos se trata, me permito disentir.