Fuera de Registro

Aquellas bellezas

Lo cierto es que pocos hay que no anhelen la belleza física, que no la deseen para sí, que no se esfuercen en alguna medida por alcanzarla…

Leído en el avatar de Whatsapp de una amiga actriz, por cierto hermosa, sobre una foto de María Félix, luciendo también particularmente bella: “Yo tengo belleza de verdad… no de esa ‘interior’ que se inventaron las pinches feas”. La frase es, desde luego, una provocación políticamente incorrecta. Un chiste, que como todo chiste —formación del inconsciente, si nos atenemos a Herr Doktor—, encierra una verdad irrefutable e incómoda. Que no es que La Doña era bella o que mi amiga lo es —lo que resulta evidente con sólo verlas: una perogrullada— sino que, por mucho que se esfuerce el discurso biempensante en caracterizar la belleza como hecho moral, emocional, intelectual o espiritual (cualquier cosa que esa palabra signifique)—, lo cierto es que pocos hay que no anhelen la belleza física, que no la deseen para sí, que no se esfuercen en alguna medida por alcanzarla o, derrotados por la malvada genética, por la trapacera naturaleza, en desafiarla, en negarla con gestos que no hacen sino reconocerla y entronizarla. Desfavorecido por Natura —mis cejas son demasiado pobladas, mi nariz coquetea con lo esférico, la estructura ósea de mi rostro sigue oculta aun pese a los 28 kilos que perdí, a mi boca se le pasó un puntito de generosidad, carezco de cuello… y mejor ahí me detengo—, me asumo sin embargo wildeano en mi concepción de lo que trato en vano de cultivar en mí y admiro en otros y con mayor frecuencia en otras. Así, afirmo con el irlandés de fea faz pero hermosa pluma y mejor ojo que “la Belleza es una forma del Genio, superior de hecho al Genio, puesto que no precisa explicación”.

Acaso eso mismo hayan pensado sin saberlo aquellos trabajadores mexicanos de los años 30 que destinaran algunos centavos de sus magros salarios a procurarse el (espero que fragante) Jabón Amigo del Obrero, acaso la más reveladora de los cientos de piezas exhibidas en la exposición Diálogo con el espejo, apropiadamente subtitulada La belleza: ¿una obligación? que presenta el Museo del Objeto del Objeto —mejor conocido como MODO—, sito en la colonia Roma de la ciudad de México.

Diálogo con el espejo parte del acervo del museo, propiedad del coleccionista Bruno Newman, en una relectura de la curadora Ana Elena Mallet, cada vez más especializada en el diseño y las artes aplicadas. Integrada sobre todo por productos, empaques y anuncios publicitarios mexicanos y extranjeros que recorren la modernidad toda —de principios del siglo XX a los años 80—, documenta lo que hombres y sobre todo mujeres hemos hecho para procurar la elusiva belleza en nuestra persona, acaso amparados en el grito de guerra “Hay que sufrir para ser bello”. Perturbador resulta, por ejemplo, el espacio dedicado a la ropa íntima, no porque los mayores de 40 años no hayamos conocido esos avatares en los cajones de nuestros padres y abuelos (y sobre todo de nuestras madres y abuelas) sino porque, vistas en conjunto, las prendas y sus empaques acusan una obsesión por la apariencia personal que pareciera haber pasado por la mortificación de la carne, penitencia ofrendada en aras de expiar el pecado de vanidad: corsés cuyas cajas se vanaglorian de una comodidad que se antoja morfológicamente imposible, brassières cuya apariencia a todas luces ortopédica se contrapone a su efecto aerodinamizante, fajas que sugieren ritos masoquistas, medias cuyo elástico ostensiblemente petrolífero parecería pensado para torturar los muslos, tanto como el de esas ligas masculinas que buscaran mantener los calcetines tan rígidos como la moral. En ese apartado, la belleza se antoja flor del mal de la sociedad industrial, ideal sólo posible a costa de la experiencia física del spleen. (No es casualidad la cita indirecta a un Baudelaire a fin de cuentas autor de un “Elogio del maquillaje”.)

Mallet nos confronta, pues, a una belleza potencialmente mortífera —“¡Las sales! ¡Las sales!”— pero también menos perniciosa de lo que a menudo pensamos: especial mención merece la colección carteles publicitarios y empaques que abarcan de los primeros años del siglo XX a los 60 y que presentan un ideal de belleza femenina morena o de plano mestiza, tapabocas bien colocado a esos epígonos de la Teoría de las Industrias Culturales que se obstinan en postular el discurso publicitario como uno invariablemente extranjerizante y racista: a cada Rubia de Categoría corresponde una Morenita Linda, y para constatarlo basta remontarse a un linaje de estrellas que comienza con Lupita Tovar.

Este Diálogo con el espejo se antoja, pues, carrolliano: nos lleva del otro lado de la luna, nos confronta con lo más profundo, con lo menos epidérmico, de nosotros mismos.