Fuera de Registro

Como balde de agua fría

Ya quiero ver en unos meses, cuando la boga haya cedido, si alguien se acuerda de la esclerosis lateral amiotrófica o hace algo por combatirla.

Acaso haya sido uno de los momentos en que más me haya decepcionado el género humano: me dirigía yo a abordar el Metro en Balderas y, de súbito, en uno de los puestos ambulantes que se yerguen a su entrada, descubría a la venta un brazalete de caucho amarillo realzado con la leyenda Livestrong, producto pirata como tantos otros ahí ofertados. Éste, sin embargo, me escandalizaba más que las películas, los libros y los discos a la venta ilegal a su alrededor. Porque, no conforme con violar un copyright, pervertía su noción endémica misma: había sido concebido para que su venta allegara recursos a la investigación contra el cáncer, gestionados por la fundación que llevara entonces —antes de otra decepción mayúscula— el nombre del ciclista estadunidense Lance Armstrong, sobreviviente de la enfermedad. Así, el hecho no solo evidenciaba —como la mayoría de los productos que lo rodeaban a las afueras de la estación— lucro con el esfuerzo ajeno, sino, peor, lucro donde no debía haberlo, moda en un contexto que debía ser ajeno a ella. Reprobaba moralmente a quienes lo vendían pero más todavía a quienes lo compraban, declarando al mundo que la posibilidad de curar el cáncer les valía madres, que lo único que les preocupaba era lucir en la muñeca (fea) el accesorio del momento (por cierto también bastante feo). (Aclaración importante: nada tengo contra la moda que, buen lector de Lipovetsky que soy, me parece un fenómeno tan imposible de negar o combatir como la globalización, y hasta dotado de no pocas virtudes; mi problema, entonces, ha de tener que ver con su irrupción en una causa que, por su gravedad, debería trascenderla).

Si recuerdo el episodio diez años después es por el auge de otra moda que no debería serlo y que, pese a resultar, a diferencia de aquella piratería, perfectamente legal, se antoja igualmente deprimente: la del llamado Ice BucketChallenge, aquel en que seres humanos públicos y privados se retan unos a otros a ser registrados en video sometiéndose al baño de una cubeta de agua helada, so pena de tener que donar cien dólares a la investigación contra la esclerosis lateral amiotrófica (mejor conocida como la enfermedad de Lou Gehrig, por el beisbolista que la padeciera e hiciera visible al mundo). Respetables me parecen Barack Obama y David Cameron por haber eludido el desafío, prefiriendo hacer la aportación de marras —que, sin embargo, en ambos casos y dadas sus posibilidades, se antoja modesta—, y admirable el por costumbre reprobable (o reprobó) actor Charlie Sheen, quien dejara caer de la cubeta decenas no de centímetros cúbicos de agua, sino de miles de dólares, que procedería a entregar ipso facto a la ALS Association, responsable de la investigación.

¿A qué mi aversión a tal práctica? Comenzaré por las razones más frívolas: la aversión más bien violenta que me produce el espectáculo audiovisual de adultos presuntamente responsables que se comportan como spring breakers, que ofrecen al mundo un show no solo carente a estas alturas de toda originalidad, sino de todo interés intelectual, emocional o estético. (Concedido: alguna chica guapa que se someta al trance ofrecerá alguna bondad erótica en caso de ir vestida solo con una camiseta pero esa escena, me temo, ha sido desarrollada con solvencia infinitamente mayor —lo que no es mucho decir— en incontables episodios de series televisivas como Wild On!). Habría que señalar, además, que el agua no está para andar siendo desperdiciada de manera tan absurda, particularmente en zonas en que escasea como el estado de California o —ejem, ejem— la Ciudad de México: mucho disto de ser un ambientalista duro pero no puedo sino pensar que los recursos naturales deberían ser empleados con propósito más o menos lógico. Lo que más me molesta, sin embargo, es, por una parte, el supremo desinterés que los participantes exhiben por la enfermedad que supuestamente combaten —no que yo esté activamente preocupado por el asunto, lo confieso, pero cuando menos no me doy literales baños de pureza— y, por otra, el carácter inevitablemente transitorio, de moda, de la campaña: si tantos quieren echarse al agua (o echarse el agua) es porque todo mundo está haciéndolo, porque está cool o padre o cagado o trendy o cualquiera de esos adjetivos juvenilizantes que no concitan sino mi irritación, particularmente en este contexto. Ya quiero ver en unos meses, cuando la boga haya cedido, si alguien se acuerda de la esclerosis lateral amiotrófica o hace algo por combatirla.

Supongo que muchos recibirán estas palabras como balde de agua fría; infiero, entonces, que quedarán encantados con ellas.