Fuera de Registro

Por qué he de extrañar a Zaha Hadid

No es, pues, la ausencia de Zaha Hadid lo que he de extrañar sino, con genuina sorpresa, la ausencia de nuevos proyectos suyos.

No ha de ser ésta la primera entrega de esta columna en que me ocupe de arquitectura. Reviso, de hecho, la nómina de las que he pergeñado hasta ahora y me encuentro con un elogio de la obra de Mario Pani, otro del Museo Jumex de David Chipperfield, uno más de las parábolas hermosas (aunque practiquísimas) de Félix Candela, un lamento por la modernidad desfigurada en el centro de Sao Paulo, una condena de la demasiado conspicua y ostentosa Haas Haus de Hans Hollein en Viena, un epitafio por los sueños de progreso no realizados en los Robin Hood Gardens, utopía brutalista de Alison y Peter Smithson en Londres, una celebración de la intervención de Enrique Norten al Museo Amparo de Puebla. A partir de estos textos, quien haya seguido este espacio a lo largo de los últimos años podrá tirar en conclusión que, en cuestión de arquitectura, mis gustos se decantan por el racionalismo, que soy un admirador de los principios de la Bauhaus, que creo que en un edificio la forma depende de la función y que postulo su belleza como algo que deriva del adecuado cumplimiento de ésta, del servicio satisfactorio al usuario. Si pienso en un museo, será siempre el discreto MACBA barcelonés de Richard Meier y no el conspicuo y acaso dictatorial Guggenheim bilbaíno de Frank Gehry, emblema de todo lo que me parece andar mal con la arquitectura a últimas fechas. Y si bien es cierto que tienen un lugar en mi canon arquitectónico personal dos o tres nombres que se antojan a priori demasiado extravagantes para corresponder a la toma de postura que acabo de enarbolar —es el caso de Oscar Niemeyer o de Morris Lapidus—, lo cierto es que no se trata sino de falsos showmen, de adeptos de curvas innecesarias y adornos exógenos que sin embargo tienen por base estructural un sólido basamento racionalista: hay fantasía en sus proyectos, sí, pero solidamente anclada a tierra, eminentemente útil.

Sorprenderá entonces —y al primero que ha de sorprender es a mí mismo— que el pasado jueves, al enterarme de la muerte intempestiva y temprana de Zaha Hadid, me haya embargado una innegable tristeza. Y no la derivada de la empatía natural del fallecimiento a destiempo de cualquier otro ser humano, y ni siquiera la que es producto de la simpatía experimentada por la persona fallecida —diré que valoro su éxito a la luz de su doble condición de mujer y de musulmana, pero también que, en sus frecuentes apariciones mediáticas, siempre hubo de resultarme protagónica y egocéntrica— sino de una genuina admiración, contra todo pronóstico, por su trabajo. No es, pues, la ausencia de Zaha Hadid lo que he de extrañar sino, con genuina sorpresa, la ausencia de nuevos proyectos suyos.

Nunca he habitado siquiera unos minutos un espacio concebido por ella, pero habrá que decir que durante muchos años eso me hacía poco excepcional, ya sólo porque, hasta no bien entrado este siglo, sus proyectos eran admirados, expuestos sus planos, renders y maquetas en los grandes museos del mundo, recogidos en libros bellamente editados pero rara vez construidos: la arquitectura de Hadid —desmesurada, casi imposible, incosteable— hubo de ser durante décadas en su mayoría irrealizable. Beneficiaria después de la atención mediática captada por su maestro Rem Koolhaas, por Gehry y por Santiago Calatrava, Hadid empezaría a ver sus sueños hechos realidad con el advenimiento de la era de los llamados starchitects, fenómeno que conferiría a los arquitectos una popularidad digna de rockstars y que les valdría verse comisionar proyectos elefantiásicos, estetizantes a ultranza, poco respetuosos del espacio que ocupan y poco serviciales con la función que les es propia y con los seres humanos a los que deberían beneficiar.

Dicen quienes en efecto han visitado Hadids que éstos corresponden a esa definición —un amigo habría de comentarme el fin de semana pasado que el MAXXI romano aparece poblado por rampas cuya inclinación no sirve en modo alguno a la exhibición del arte contemporáneo que es su razón de ser— y no son pocas las controversias —la incosteabilidad de su proyecto original para el Centro Acuático de Londres, que hubo de revisar; las condiciones laborales que impone a trabajadores cataríes la erección de su estadio para el Mundial de fútbol de 2022— que han debido sortear. Sin embargo, y a diferencia de Gehry o de Calatrava, Hadid nunca pareció una mercenaria de los reflectores ya sólo por los tantos años que hubo de aparecer comprometida con proyectos irrealizables, entregada a un oficio que durante décadas no hubo de reportarle beneficio tangible.

Más arte que arquitectura, no parece haber —creo— cinismo en la obra de Zaha Hadid: apenas la estofa de que están hechos los sueños.