Fuera de Registro

De lo aprendido lo que aparezca

Vengo, pues, de la televisión privada pero, antes, de la pública. Vengo de dos familias que conciben los medios de comunicación como divulgadores del conocimiento y constructores de ciudadanía. Ahora voy a la Universidad: como todos, a seguir aprendiendo.

Hoy comienzo a ocuparme de un proyecto extraordinariamente estimulante: dirigir Tv UNAM. La confianza del rector Enrique Graue, que mucho me honra, me permitirá intentar seguir contribuyendo a la construcción de proyectos de comunicación en los que entretenimiento e inteligencia no estén divorciados.

Mexicano a las tres cuartas partes, mi cuarto de sangre venezolano me hace nieto de uno de los pioneros de los medios en aquel país, Nicolás Vale Quintero. Con una mano atrás y otra adelante, pero también con mucha mano izquierda, mi abuelo aplicó para obtener la primera concesión radiofónica de Maracaibo, y la levantó de cero, fungiendo en sus primeros años como locutor, operador, programador, administrador y vendedor. A partir de ello edificó un sistema de radiodifusión en el estado Zulia que, llegados los años 50, se vería enriquecido con una televisora. No conocí a mi abuelo pero espero haber heredado algo de su talante democrático: en los convulsos y cruentos años que viviera Venezuela durante la dictadura de Pérez Jiménez, Vale Quintero habría de defender la libertad de expresión a través de los medios que encabezara, con vehemencia tal que le valdría hacerse encarcelar por razones políticas en más de una ocasión, hasta perder todas sus posesiones (y todas sus concesiones) y venir a morir al México de su mujer antes que pactar con un régimen tiránico.

Mi padre, Miguel González Avelar, fue un administrador público. Muchos lo recuerdan por haber sido un buen secretario de Educación pero acaso pocos conozcan sus inicios: precisamente en la UNAM. Egresado de sus aulas, volvió allí a fines de los años 50, como asistente de un Juan José Arreola entonces director de la Casa del Lago. Y después pasó a asistir al rector Barros Sierra, a cuyo lado participó en la defensa de la autonomía universitaria en 1968. Fue un universitario orgulloso de formar parte de la institución que acaso haya contribuido más a la construcción del México moderno. Y aunque yo no estudié en la UNAM cierto estoy de haber aprendido de mi padre la admiración irrestricta por su noble espíritu.

Mi madre, Tere Vale, es periodista en activo y mujer de empresa. En 1989 le fue confiada la dirección de ABC Radio donde, entre ese año y 1994, habría de desarrollar uno de los pocos proyectos culturales que hayan tenido lugar en los medios privados mexicanos. La ABC de esos tiempos convocó a compartir sus conocimientos y sus reflexiones en un lenguaje atractivo y asequible no sólo a figuras como Carlos Monsiváis, Eduardo Matos Moctezuma y el propio Arreola sino a jóvenes que comenzaban a perfilar la cultura mexicana contemporánea —Juan Villoro, Cuauhtémoc Medina, Álvaro Enrigue—, convocados por ella y por una Martha Sosa que pocos años después dejaría la radio para internacionalizar el cine mexicano con la producción de películas como Amores perros y Presunto culpable. Tere Vale y Martha Sosa fueron, pues, mis primeras maestras de comunicación.

Mi inicio en la televisión se dio en los medios públicos: en ese Canal 22 al que mi mentor Enrique Strauss me invitara a trabajar y a crecer. Entre 2003 y 2012, ésa fue mi escuela. Ahí, y guiado por maestros que han devenido amigos —Pablo Boullosa, Froylán López Narváez, José Luis Aguilera Velasco, Jorge Volpi—, aprendí a hacer y pensar la televisión: a escribirla, a producirla, a concebirla como un medio de entretenimiento e información (que no de educación) pero también como un potencial prontuario de provocaciones para la inteligencia. En el 22 aprendí que la televisión no construye conocimiento —no lo permite su lenguaje fugaz y enfebrecido— pero sí puede, ayudada por la espectacularidad que le es propia, acercar a él.

En los últimos nueve años procuré poner esos conocimientos en práctica en el ámbito de la televisión comercial, y Televisa me ofreció un espacio dignísimo y fui libre para hacerlo. La pericia de nuevos amigos / maestros como Manuel Gilardi y Carlos Loret de Mola me enseñó a lidiar con herramientas más sofisticadas y a comprender que ningún lenguaje y ningún medio es intrínsecamente perverso, que su bondad deriva de su uso.

Vengo, pues, de la televisión privada pero, antes, de la pública. Vengo de dos familias que conciben los medios de comunicación como divulgadores del conocimiento y constructores de ciudadanía. Espero haber asimilado las tantas lecciones privilegiadas.

Ahora voy a la Universidad: como todos, a seguir aprendiendo.