Fuera de Registro

Diez años de revelación

Los directores nos dijeron qué pensábamos, los actores qué sentíamos. El resultado fue menos y más que la vida. Fue —es todavía— teatro.

Ayer, por segunda vez en mi vida, viví una experiencia con la que de joven solo fantaseaba: acudir al Ensayo para encarnar al Autor. La definición de puesto suena, lo concedo, omnipotente, pero lo cierto es que no se trata más que de un personaje, al mismo título que El Actor, El Director o La Asistente de Dirección: nadie nació para ello, nadie lo es de una vez y para siempre, si acaso nos ponemos la careta y decimos los parlamentos con incertidumbre (con inseguridad) pirandelliana.

La escena tiene algo de déjà vu. Caminar las seis cuadras que separan mi casa de la casa de El Director. (Dice el libreto que los personajes debemos vivir todos en un mismo barrio… ¿cosa de la unidad espacial?) Toparme en la esquina con El Actor (es también vecino) y registrar divertido el terror que manifiesta ante mi presencia en El Ensayo. (Convenciones de género: El Actor es el héroe, El Autor el villano, El Director el deus ex machina.) Subir las escaleras. Ayudar a preparar el café. (Esto es pura caracterización: sirve para establecer la humildad —si impostada o no es cosa que no quedará clara hasta el desenlace— de mi personaje.) Ocupar una silla. Asistir entonces a La Hermenéutica, si no es que a La Revelación. (He traído El Texto al Director para que piense lo que yo no pude sino escribir, para que lo entregue al Actor y éste lo sienta por ambos, para que la suma de lentes superpuestas a mi visión original genere una imagen nueva, más digna de ser vista que la que se dibujara en mi mente al momento de la concepción.) Garabatear de cuando en cuando observaciones que no he de compartir sino con el Director, acaso a guisa de Id. Reprimir las expresiones de maravilla y las de desazón a fin de no interferir con un proceso que ya no es mío, que va volviéndose de todos ante mis ojos mismos. Aclarar un par de puntos, abrevando de mi historia personal, dejando que El Actor vampirice no mi biografía pero sí mis ideas y mis emociones (aunque solo hasta donde El Director juzgue conveniente). El resultado, cuando se produzca en una veintena de días ante ojos incautos y escépticos (y ojalá que a fin de cuentas perturbados y conmovidos), ha de ser a un tiempo menos y más que la vida. Ha de ser Teatro.

* * *

La experiencia fue un autorregalo, quiero pensar que merecido. Tiene lugar en el contexto de DramaFest, festival teatral que pone un acento en la dramaturgia contemporánea y otro en el diálogo intercultural, y que este año cumple diez de asignar estos papeles a otros. No es mía sino de Aurora Cano la idea, y hay que decir que en un primer momento se antojaba bastante ingenua. En aquel 2004, no solo parecía México un territorio marginal en la escena global del teatro sino que parecía el teatro mismo un quehacer marginal en México. Se escribían y se montaban cosas, claro, y muchas eran buenas pero nadie (o nadie fuera de los que vivimos en ese barrio) parecía demasiado interesado en verlas. Pero Aurora es actriz y directora y productora, tiene por el teatro una pasión que “siempre ha parecido más enfermedad que vocación, afiebrado espíritu de jolgorio mezclado con nostalgia negra de ideologías perdidas… un horror” (lo dice ella) y soñó que las condiciones eran propicias para que los mejores directores extranjeros quisieran venir a montar textos de los mejores dramaturgos mexicanos, para que los mejores escritores de otras latitudes confiaran sus obras a los mejores directores nacionales, para que hubiera unas instituciones que quisieran financiarlo y un público que quisiera verlo. Idea más osada aún, pensó que yo, que nunca había tenido con el teatro más relación que la de un espectador entusiasta, podía ayudarla a producirlo. Lo que hubo de seguir a ese momento iniciático fue, otra vez, Revelación: Aurora y yo escribimos un texto —una presentación de Power Point, digamos—, los directores nos dijeron qué pensábamos, los actores qué sentíamos. El resultado fue menos y más que la vida. Fue —es todavía— Teatro.

Escenas sueltas. Un John Tiffany todavía virgen de Tonys y de Oliviers montando un texto de LEGOM sobre putas drogadictas fronterizas. Un Richard Viqueira jovencísimo articulando una visión mexicana de una obra gringa sobre chinos. Irene Azuela en negligé, metida en una burbuja de acrílico colocada en plena Alameda Central. Héctor Bonilla con barba de Freud. Mónica Huarte entregada al quiebre psicótico cantado. José Antonio Cordero transformando una comedia chilanga en un musical alemán.

Es Drama y es Fiesta y ha de verificarse otra vez a partir del próximo 4 de agosto, cuando cumpla diez años de enseñar, de mostrar, de revelar. Ha sido, querida Aurora, un privilegio.