Fuera de Registro

El amanecer de los muertos vivientes

La gran película de George A. Romero conocería una primera secuela en 1978; llegados los años 80, la moda zombi parecía haber quedado muerta en vida.

No parecen ser legión quienes lloran la muerte de George A. Romero. Cierto es que los medios de todo el mundo han publicado los obituarios de marras y que algunos colegas suyos —Stephen King, John Carpenter— han lamentado su muerte en público, como lo han hecho personajes cuya conexión con él no deja de sorprender y divertir (verbigracia el pésame tuiteado por un chef Anthony Bourdain que acaso perciba a Romero como un cómplice en la experimentación gastronómica, merced al entusiasmo de que hacen gala los muertos vivientes de sus películas por devorar cerebros humanos). Pero igualmente verdad es que no hay noticia de homenajes programados a su trayectoria, que todavía queda por manifestarse el primer gran escritor que le dedique un ensayo necrológico y, más curioso todavía, que si bien algunos de los creadores de la serie televisiva The Walking Dead —que resultaría impensable sin La noche de los muertos vivientes de Romero y sus secuelas— le han rendido homenaje (más bien discreto) en sus redes sociales, el Twitter oficial de la producción no ha realizado todavía publicación alguna.

Llama la atención el fenómeno —o la falta de éste— en virtud no sólo del lugar que ocupa Romero en la historia del cine (la era moderna del terror fílmico comienza con las películas de la productora Hammer en el Reino Unido, los gialli italianos y, sí, las cintas de Romero) sino, más importante, de la forma en que su legado parece haber conectado con el Zeitgeist de nuestros convulsos tiempos.

Pese a lo que parecen indicar casi todos los obituarios, Romero no es el padre del cine de zombis, y menos de la noción de los zombis mismos. Herederos de la mitología vudú haitiana, los zombis habrían de llegar a Occidente precedidos por el Frankenstein de Mary Shelley —su monstruo sería el primer muerto viviente del canon occidental— y de verse elevados a mito cultural en los relatos de un H.P. Lovecraft quien, sin embargo, nunca habría de referirse a sus cadáveres reanimados por tal nombre. La palabra y el concepto de zombi, entonces, habrían de insertarse en nuestra tradición por la vía de una obra teatral ambientada en Haití y estrenada en Broadway —Zombie, de un tal Kenneth Webb—, adaptada al cine en 1932 bajo el título de White Zombie, con el mismo Bela Lugosi que un par de años antes hubiera encarnado a Drácula. Esos muertos traídos a una vida vegetativa (pero amenazante) por médicos brujos, sin embargo, no alcanzarían verdadero auge cultural hasta el estreno en 1943 de I Walked with a Zombie, cinta de Jacques Tourneur cuya impronta habría de valerle ser una de las películas que Molina narra a Valentín en un Beso de la mujer araña publicado en 1976 por Manuel Puig. Lo que Romero habría de conferir al mito es universalidad —en La noche de los muertos vivientes no hay referencia a Haití o al vudú— además de un cierto cariz metafórico. Concebida en un 1968 que ha pasado a la historia como punto de inflexión de paradigmas sociales, la cinta, cuya primera lectura es la del gore palomero de serie B, admite también una segunda, alegórica, en que los zombis funcionarían como metáfora de una sociedad indolente y mecanizada, tal como la dibujaba la crisis de los modelos sociales entonces imperantes.

La noche de los muertos vivientes conocería una primera secuela en 1978 y otra en 1985 pero lo cierto es que, llegados los años 80, la moda zombi parecía haber quedado, si no en el camposanto, cuando menos muerta en vida. Y si bien habría de conocer un renuevo merced a la 28 días después de Danny Boyle (2002) y su secuela de 2007, su verdadero renacer (es un decir) no llegaría sino justo con en el estreno de The Walking Dead en 2010, tras el cual los avatares culturales del zombismo se cuentan por decenas, si no es que por centenas. Alertado, el columnista de la revista Esquire Stephen Marche habría de dedicar en 2013 una entrega de sus habituales Mil palabras sobre nuestra cultura al asunto:

Como escribiera Faulkner en Réquiem para una monja… “El pasado nunca muere, ni siquiera pasa”. Como los zombis. Todas las historias de zombis tratan de alguna manera de cómo un pasado que no puede cambiar amenaza con consumir el mundo que vive. La vaguedad de la idea explica no sólo su poder sino su infinita versatilidad.

Acogido a esa versatilidad, me permito postular una provocación: que la nueva boga zombi bien puede obedecer a la imposibilidad de enterrar en el pasado el valor del siglo XX por antonomasia: la certeza. Certeza de que hay buenos y malos, de que una y no otra es la única ruta posible al progreso, de que todo es una conspiración y de que un día la verdad triunfará. He ahí un pasado que amenaza con devorarnos el cerebro, con matar —como empieza a hacerlo ya— nuestra inteligencia.