Fuera de Registro

Ya sin alma de provinciana

En Guadalajara, pues, pasan cosas que no pasaban hace veinte años, y ese movimiento cultural dista de limitarse a la cocina y a la música.

Son las dos de la mañana en Guadalajara. Es, pues, la hora de las confesiones. Comparto la mesa con tres personas que me son entrañables: uno es mi primo hermano (y el término que habrá que subrayar en la ecuación es hermano), otro es mi sobrino (y por razones mucho más poderosas que llevar 17 años casado con la hermana de su madre), con el tercero me une un vínculo igualmente profundo: el de una amistad grande y enriquecedora. Todos vivimos en la ciudad de México pero sólo mis parientes y yo hemos nacido en ella: aun si hace décadas que se decidió chilango, mi amigo es tapatío de cuna. Y de lo que hablamos, de hecho, es de las razones que motivaron esa mudanza, que conozco bien: en sus mocedades, mi amigo sintió que Guadalajara le quedaba chica, que tendría pocas oportunidades para desarrollarse en ella como el espléndido editor que terminó por devenir, que ofrecía poco —si no es que nulo— estímulo al desarrollo de sus intereses, que van del arte a la literatura, del diseño a la política, de la gastronomía a la arquitectura.

El sitio en que nos ha pillado esta conversación deviene de pronto relevante para sus efectos: estamos en Anita Li, uno de dos restaurantes —el otro es su hermano mayor, La I Latina— con los que el chef Gerardo Cendejas revolucionara hace 15 años no sólo la gastronomía sino la vida cultural de Guadalajara. Hasta entonces, sólo era posible comer en aquella ciudad birria y tortas ahogadas, salvo por la espléndida pero tradicionalísima cocina italiana que ofrecía el Recco, local que me es entrañable y cuya calidad se antoja óptima, pero cuyo discurso se conjuga siempre en pasado. En sus tiempos de mayor esplendor —fines del siglo XX y principios del XXI—, La I Latina trajo a Jalisco el diálogo culinario con otras culturas —las asiáticas y las mediterráneas— desde un punto de mira eminentemente mexicano, alentó un incipientísimo underground tapatío, fue escaparate y plataforma para Troker, banda de jazz hoy mítica —llevan dos años seguidos presentándose en el festival de Glastonbury y enlazando con giras europeas— que, fiel a sus raíces, sigue tocando aquí todos los jueves en su versión de trío (el Trioker se llama entonces). Hoy confesaré, sin embargo, que dudamos antes de elegir este restaurante, pues la oferta gastronómica de la ciudad es ahora no sólo diversa sino profundamente inventiva. Basten dos ejemplos: el Cortez del chef Nicolás Mejía ofrece una lectura contemporánea de la cocina mexicana, con privilegio de los ingredientes locales y los métodos artesanales; y el Alcalde, cuyas cocinas comanda Francisco Ruano, de sólo 29 años, se nos ha vuelto adicción en este viaje, merced a una actualización de recetas tapatías que hace el huachinango —la carne, no la piel— chicharrón y que lleva a la res con verdolagas a mutar en experiencia trascendental.

En Guadalajara, pues, pasan cosas que no pasaban hace veinte años, y ese movimiento cultural dista de limitarse a la cocina y a la música. Ha emergido, por ejemplo, una cultura del diseño y el arte contemporáneo, merced a los esfuerzos dedicados de figuras como el arquitecto Iván Cordero (quien desde su hotel / restaurante / librería / galería Demetria ha detonado una recuperación arquitectónica y urbanística del barrio de Lafayette, que engloba la Colonia Americana y las aledañas —inspirado en el Corredor Cultural que concibiera la curadora Ana Elena Mallet para las colonias Roma y Condesa de la ciudad de México, ha dotado a Guadalajara de un Festival Lafayette igualmente anual—) y las diseñadoras de moda Julia y Renata —inquilinas de Demetria con su boutique, ofrecen también un bazar de diseño mexicano tres veces al año en su taller de Avenida de la Paz— y de instituciones como la Oficina de Proyectos Artísticos —enclavada en el legendario Condominio Guadalajara de Julio de la Peña, el primer rascacielos de la ciudad—, el Laboratorio de Arte Variedades —que ha transformado el viejo cine de ese nombre en una combinación de espacio escénico, galería de arte, biblioteca y café—, el Museo de Arte de Zapopan y el Hospicio Cabañas, que hoy ofrece mucho más que pinturas murales. Asunto igualmente importante: la cultura en Guadalajara ha dejado de ser asunto exclusivo de la U de G, pues asombra ver cómo en los últimos años el gobierno de Jalisco no sólo financia sino incluso detona actividades en la ciudad.

Lo que me devuelve a las confesiones de mi amigo tapatío. “¿Hoy volverías a irte de Guadalajara?”, le preguntamos, y nos responde que probablemente no, que se vería con un futuro ahí. “¿Y si te hicieran ahora una propuesta para trabajar aquí?”. Seguro lo pensaría, dice.

(De hecho yo, que no soy tapatío, respondería exactamente lo mismo.)