Fuera de Registro

Más que una actriz

Un gran actor es uno que comprende un texto, y que nos hace comprenderlo, pero esa comprensión no pasa obligadamente por la razón, sino que se antoja más bien del orden de lo empático, de lo sensible.

Soy dramaturgo. Soy productor de teatro y de televisión. Y soy periodista cultural. Vocaciones todas que me han llevado a convivir no poco con actores y a concluir sin temor a equivocarme algo que acaso pueda llamar a ofensa: que para ser actor no se necesita ser inteligente. Con lo cual no quiero decir que los actores sean en su mayoría tontos de capirote –sin ir más lejos, la actriz a quien mejor conozco, Aurora Cano, mi socia y amiga, es una de las personas más deslumbrantemente lúcidas con las que me he topado en la vida– sino que pueden o no serlo, que la tasa de inteligencia en sus filas es más o menos igual a la que puede uno encontrar en otras profesiones (es decir –¡ay!– más bien baja) e incluso que su capacidad de hacer una interpretación conmovedora y provocadora de un texto no parece tener una correlación con ella. Un gran actor es uno que comprende un texto, y que nos hace comprenderlo, pero esa comprensión no pasa obligadamente por la razón, sino que se antoja más bien del orden de lo empático, de lo sensible. O, puesto de otro modo, un gran actor es (creo) uno que ha vivido mucho, con independencia de que haya apelado a la razón o a otras facultades para significar eso que ha vivido.

Diré también que encuentro una excepción a esa regla en los actores británicos. Mi experiencia es, desde luego, limitada, pues nunca he trabajado un proyecto escénico con alguno, pero creo haber entrevistado a los suficientes para identificar sin temor a equivocarme una tendencia. Dudo que a alguien sorprenda mi aseveración de que, en la plática de una veintena de minutos que tuve con él, Anthony Hopkins se me reveló un extraordinario conversador: ilustrado, ágil, capaz de poner en relación sus muchos conocimientos a fin de analizar no sólo a un personaje sino una situación dramática, original en sus ideas e ingenioso en sus formulaciones. Pero anticipo que asombrará al lector mi idéntico diagnóstico de Daniel Radcliffe y de Emma Watson, a quienes conocí adolescentes y obligados a discutir los lugares comunes edificantes que constituyen la estofa de las películas de Harry Potter, y cuya solvencia intelectual en esa oportunidad (por otra parte tan poco propicia) me dejó igualmente impresionado.

¿A qué atribuir la inteligencia de los actores ingleses? Supongo que a una formación que funciona a un mismo tiempo como estímulo y como criba: quiero pensar que durante su entrenamiento actoral, sus maestros alientan su capacidad para reflexionar, y que aquellos que no se revelan a la altura de ello se quedan en el camino.

Estas reflexiones me vinieron a la mente al enterarme del deceso, hace un par de días, de la actriz británica Billie Whitelaw, y al ponerme a revisar algunos materiales suyos en video para hacer su necrología televisiva. El mundo la recordará siempre en el papel de Mrs. Baylock, la inquietante niñera del Anticristo, por fuerza satánica, en La profecía de Richard Donner. Es la suya ahí una soberbia actuación, que no recurre a grandes aspavientos para comunicar la maldad en estado puro sino que apenas enfatiza ciertos rasgos del personaje –la natural contención de la servidumbre británica, una tendencia al entrometimiento apenas exacerbada por la terquedad– para devenir una de las presencias más ominosas de la historia del cine. Muy distinto resulta su personaje en su otra cinta clásica, la Frenzy de Hitchcock –el de una esposa hierática pero eminentemente moral–, y lo desempeña con idéntica solvencia.

Nada hay en el trabajo de Whitelaw en esas dos cintas que me lleve a pensarla inteligente o no: como he dicho ya, una gran actriz no necesita serlo. He aquí, sin embargo, que también me he puesto a revisar su colaboración teatral de más de dos décadas con Samuel Beckett, gran parte de ella por fortuna filmada, y que ello me ha llevado a diagnosticarla inescapablemente lúcida. En Not I lo único de Whitelaw que vemos es la boca, destacada sobre fondo negro con un seguidor, perorando a ritmo ora trepidante, ora solemne. En Happy Days aparece sepultada bajo arena, capaz de generarnos enorme ansiedad sin usar más que (y la lectura metafórica es pertinente) la cabeza. Diría Whitelaw al respecto que Beckett, quien creara varias de sus obras en los procesos mismos de ensayo con ella, la usaba “como un pedazo de yeso que moldeaba hasta obtener la forma deseada”. Los resultados, sin embargo, desmienten tal objetivación. Cierto es que el de Billie Whitelaw con Beckett no fue un trabajo de actriz en estricto sentido pero tampoco uno de materia prima. Esos videos la muestran como la cómplice creativa suya que fue, inteligencia que supo dialogar con la suya, razón que lo ayudara a hacernos ver la sinrazón del mundo.