Fuera de Registro

William Kentridge o el arte de la maravilla

Mucho me habría gustado llegar al Museo Universitario Arte Contemporáneo y entrar a la exposición por mero accidente, sin que el nombre del artista me evocara asociación alguna.

Paradoja: trabajo desde hace cinco lustros en los medios de comunicación, me dedico en ellos a informar sobre sucesos culturales, y nunca como hoy he lamentado vivir en una sociedad de la información, en una en que se antoja por completo imposible exponerse a una manifestación artística sin tener cuando menos algún conocimiento previo —y por tanto inevitables prejuicios— al respecto.

Me estorba, de entrada, conocer la nacionalidad del artista. Me estorbaría en cualquier caso —una nacionalidad es decir un país es decir una serie de coordenadas históricas y culturales— pero me estorba más en éste, ya sólo porque el artista proviene —al menos para quienes vivimos parte del siglo XX— de uno cuyo nombre fuera durante décadas sinónimo de injusticia y de discriminación, y porque todo lo que de él viene es leído en automático a la luz de la situación política que atravesara, y a la de su resolución y a la del saldo paradójicamente insoluto (no ha pasado suficiente tiempo… y no es seguro que pase algún día) que dejara esa resolución, parcial como todas.

Mucho me habría gustado llegar al Museo Universitario Arte Contemporáneo y entrar a la exposición por mero accidente, sin que el nombre del artista me evocara asociación alguna. Entonces habría optado por seguir la lógica museográfica y, antes que interesarme por lo expuesto en el enorme cubo blanco que se abría frente a mí, y de tratar de hacer una lectura de ello a la luz de lo que del artista sé, me habría limitado a ingresar a la pequeña sala dispuesta justo a la izquierda de la entrada y pronto me habría rendido a la maravilla.

En siete proyecciones, el artista juega. Juega con carboncillo y juega con pinturas. Juega con hormigas que recorren su superficie de trabajo y juega con luces. Juega con una cafetera Bialetti que acaso sea el signo más evidente de que ésta es una videoinstalación en homenaje a Georges Meliès —aprovecha su diseño aerodinámico para hacer de ella otro cohete espacial— pero que dista mucho de ser el único pues lo que la pieza busca comunicar es que el arte de este artista —y por extensión el arte todo— no es sino prolongación (aun si también previa en el tiempo: poco importa) de la noción orientadora del padre de cine de ficción: el artificio conmovedor, la maravilla construida cuyo poder para tocarnos reside en su capacidad para trasladarnos a otro espacio cuya geografía no precisa más topos que la mente del artista.

Sólo entonces habría emergido de nuevo al cubo blanco para apreciar las piezas ahí exhibidas: videos en los que el artista se afana con instrumentos musicales y ejecuta dúos o tríos consigo mismo (… cómo si hubiera de otros) y dibujos en los que el mundo, hermoso pero maltrecho, parece dolerse, caminar a su fin con tanta donosura como horror, con esa belleza decadente y pútrida que es la suya.

Más adelante aún me habría topado con esas procesiones escultóricas o animadas en las que toda suerte de seres —humanos, animales, maquinales, fantásticos— avanzan con un fardo a cuestas sin saber (ellos como nosotros) a dónde se dirigen. O con esas pequeñas películas hechas a partir de dibujos trazados y borrados y vueltos a trazar y vueltos a borrar (y así por la eternidad, como en la vida misma) en los que el mundo vira de un cuadro a otro del humor entrañable al humor socarrón, del lirismo poético a la devastación total. Sólo entonces, tras haber apreciado la exhibición toda, y haber identificado el nombre de Johannesburgo en una de las películas y en los dibujos expuestos vinculados a ésta, habría vuelto tras mis pasos para hacer una segunda lectura de un video animado dibujado a línea, y habría reparado en la importancia de su título: Ubu —como en Jarry, me diría: el tirano autoindulgente que todos llevamos dentro— y la Comisión de la Verdad.

Entonces habría deducido que William Kentridge —pues tal es su nombre— es sudafricano (como de hecho lo es) y que todo su trabajo está marcado por el Apartheid, y por los claroscuros del legado de su resolución política y social, y me habría maravillado (otra vez) que al evitar la referencia directa a esta realidad de la que él mismo fuera testigo y que coloreara su vida toda lograra sensibilizarnos de manera aún más profunda a ella al universalizarla, al trocar una lectura política e histórica en una moral y filosófica y por tanto universal.

Pero no fue así, por lo que pude sólo maravillarme una vez: ante la constatación que no ante la sorpresa. Diré, sin embargo, que ya una sola maravilla en el día —caray, ya una sola en la vida— es cosa que mis ojos y mis oídos embotados de violencia tópica y frívola, tan enarbolada en estos tiempos en aras del arte político, muchísimo agradecen.