Fuera de Registro

Vacío

Un vacío es un constructo, fuera ya sólo por su significación como tal; para que haya vacío es menester que haya mirada que lo identifique, y esa mirada supone indefectiblemente construcción, existencia de algo, así sea ya sólo de materia pensante.

Hace unos años vi en Buenos Aires una obra de teatro autófaga. Es decir que se había estrenado con una docena de actores en escena, más algunos animales, pero que el dramaturgo y director, Daniel Veronese, la había concebido como algo que tendería, como todo, a la desaparición. Así, Open House —tal es, en efecto, su título— seguiría representándose mientras refrendara su compromiso con el montaje cuando menos uno de sus actores originales pero nunca sustituiría al miembro del elenco que lo abandonara por la causa que fuere. Eterno work in progress concebido para serlo cada vez más, la obra modificaría su texto cada vez que le viniera en falta uno de sus actores, a fin de acusar su ausencia: así con los que renunciaran para hacer otros proyectos a lo largo de la temporada (de duración por fuerza indefinida), así con los animales, cuando menos uno de los cuales —un conejo— habría muerto antes de que tuviera yo oportunidad de ver la puesta en escena, que para entonces había ya incorporado a su dinámica y a su texto su ausencia. Open House es, pues, no sólo por su dramaturgia sino por su desarrollo escénico a lo largo del tiempo, una obra sobre las ausencias, una que encuentra en el vacío su materia para construir y construirse.

En su momento, la obra me recordó una novela leída muchos años antes, que en la primera lectura disfrutara yo como mero (y brillante) ejercicio de estilo pero que resignificara yo a la luz de esa puesta en escena. En el francés original en que hube de leerlo, el libro se llama La disparition —la traducción literal es La desaparición pero por razones que quedarán claras unas líneas adelante la versión española oficial lleva por título El secuestro— y constituye acaso la obra maestra de un Georges Perec que, seguidor de los retos tan caros al Oulipo, grupo literario experimental y divertidísimo al que perteneciera, se propuso contar un relato de 300 páginas sin recurrir una sola vez a lo largo de ellas a la letra más usual en su lengua materna, la e. (De ahí la traducción de su título a nuestro idioma, puesto que en español la letra más corriente es la a, ausente no sólo en las palabras El secuestro sino en el verdadero tour de force que constituyera la adaptación de Marisol Arbués, Mercè Burrel, Marc Parayre, Hermes Salceda y Regina Vega publicada por Anagrama en 1997). Para cuando conocí Open House, sabía ya que los padres de Perec habían muerto en la Segunda Guerra Mundial, y había leído reseñas que apuntaban al acuse en clave de su ausencia en las páginas de la novela, al impedirle el juego lipogramático consignar las palabras père (padre), mère (madre), parents (padres) y famille (familia). Enterarme años después de que la traducción inglesa realizada por el escritor Gilbert Adair llevaba por título A Void (Un vacío) no hizo sino confirmar lo que el contraste con la Open House de Veronese me había llevado a comenzar a sospechar: que La disparition, pese a su talante juguetón y a su tono paródico de la novela negra, constituye una obra sobre el vacío, así el físico dejado por los padres del autor, así el existencial resultante de la orfandad no sólo personal sino moral (y universal) que fuera saldo del Holocausto nazi. Como Veronese años después, Perec no sólo construye a partir del vacío sino que hace de él el producto de su trabajo creativo. Lo que ambos autores han construido son sendos vacíos que, sin embargo, son algo, colocan un algo —un vacío: a void— donde antes nada había.

Así también el hoy tan comentado en México Anish Kapoor en la pieza que más me impresionara de las muchas exhibidas en su actual (y extraordinaria) exposición el Museo Universitario Arte Contemporáneo de la ciudad de México y que lleva justamente por título Vacío. Se trata de un objeto escultórico azul adosado a uno de los muros del museo y separado del espectador por un área de seguridad de acaso más de un metro que dificulta identificar si se trata de una superficie concava —si hay una gran oquedad en la escultura y por tanto un vacío— o si la morfología del objeto comporta una ilusión óptica en que ese vacío es sugerido por una superficie colmada pero sombreada. Poco importa. Lo que indefectiblemente nos revela Kapoor en su pieza —y Veronese en su obra, y Perec en su novela— es que, sean cuales sean los procedimientos a que se recurra para ello, un vacío es un constructo, fuera ya sólo por su significación como tal. Para que haya vacío es menester que haya mirada que lo identifique, y esa mirada supone indefectiblemente construcción, existencia de algo, así sea ya sólo de materia pensante.

(Ni modo: hay días en que amanece uno de talante cartesiano).