Fuera de Registro

Tomaž Šalamun en la red

Regreso a mi estudio, a internet. A leer los tantos poemas de Šalamun de los que no puedo hacerme en tinta sobre papel. A descubrir que, a diferencia de las librerías físicas de mi barrio, la virtual (y tan vilipendiada) Amazon tiene en disposición cuatro traducciones de Šalamun al inglés.

1 de enero. El año nace pero yo, como todos los días, cumplo el ritual necrofílico (con pretexto necrológico) de consultar la entrada —¡ay, en constante actualización!— “Recent deaths” en la Wikipedia. Ya he recibido por otros medios un par de avisos de la muerte de Ninón Sevilla, por lo que no me sorprende encontrar su nombre casi al tope de la lista. En cambio me resulta inesperado (aun cuando a sus 104 años era de esperarse) el anuncio del deceso de Luise Rainer, actriz germánica que, si bien ha mutado más en pie de página que en persona —fue el primer individuo en ganar el Oscar en dos años consecutivos, 1936 y 1937, y es a partir de ello y de su subsiguiente eclipse cinematográfico que se ha construido la leyenda que tendría a dicho premio por maldición—, ha deparado no pocas alegrías a quienes hemos tenido la curiosidad de revisar al menos parte de su filmografía, verbigracia El gran Ziegfeld, mediocre musical de Robert Z. Leonard redimido, sin embargo, por la actuación de Rainer, justamente celebrada en su tiempo por la complejidad emocional de una secuencia en que su voz finge alegría mientras su rostro trasluce devastación al llamar por teléfono al ex marido al que todavía ama para felicitarlo por sus nuevas nupcias. Acaso así me sienta yo cuando me toque en suerte dar en televisión la noticia de su muerte, tocado como estaré por la desaparición de una de los últimos sobrevivientes de la mejor década (los 30, aunque ya nadie los recuerde) del cine en general y de Hollywood en particular. (Sictransit Gloria ¿Swanson?)

Junto a los nombres de ambas actrices reparo en otro que me es conocido aunque, confieso, no del todo familiar: ha muerto también Tomaž Šalamun. A quien creo haber leído un poco —muy poco: seguro un par de poemas traducidos al inglés en… ¿un New Yorker? ¿Un Atlantic Monthly? ¿Un Paris Review?– y a quien medio recuerdo como un espléndido poeta… ¿croata?, ¿eslovaco? (Cerca pero lejísimos: ingreso a su entrada y lo descubro esloveno). Suena bien lo que consigna la ficha, y refresca un poco mi memoria: juego verbal y libre asociación, cosas que en psicoanálisis me cuestan trabajo —(súper)yo tan obsesivo— pero que en literatura suelen deleitarme. Me lanzo pues a googlearlo —tal es el verbo preciso: me niego a sustituirlo por un eufemismo política (y gramatical)mente correcto— y descubro que ha sido muy traducido al inglés y un poco (muy poco) al español: Visor publicó una Selección de poemas suyos y Vaso Roto su Balada para Metka Krašovec (tal es el nombre de su esposa, pintora, averiguo). Encuentro algunos poemas de esos libros en un blog de poesía. El primero, pertinente meditación sobre la imposibilidad del libre albedrío, me deslumbra:

El destino me hace rodar. A veces como un huevo. A veces me

zarandea con sus zarpas por la pendiente. Grito. Me resisto.

Empeño todo mi jugo. No debería hacerlo.

El destino puede apagarme, eso ya lo he sentido. Si

el destino no nos animara, estaríamos muertos en el acto.

Se llama “Esmalte” y su telón de fondo —la tela sobre la que está pintado, digamos— es justamente la muerte, como revelan sus versos finales:

Con la muerte hay que ser amable.

El hogar es de dónde venimos. Permanecemos vivos un instante.

Mientras el esmalte se está secando.

Sigo leyendo y pienso que Šalamun es un hallazgo. Me precipito entonces hacia las dos librerías más próximas a mi hogar, para hacerme siquiera de esos dos títulos disponibles en mi idioma. (Confesión: no leo esloveno). En la primera, la librera me dice “¿Salamuni?”, hace un mohín de hastío ante mi corrección, ingresa la grafía correcta en el sistema de cómputo, me dice que nanay, que ni Šalamun ni Salamuni ni nada que se le parezca. En la segunda debo aclarar que Tomaž se escribe sin hache y con zeta (del carón, que así se llama el acento circunflejo invertido, mejor ni hablar) y corro con suerte apenas mejor: queda un solo ejemplar de la Balada (ninguno de la Selección), que me apresto a adquirir.

Regreso a mi casa, a mi estudio, a internet. A leer los tantos poemas de los que no puedo hacerme en tinta sobre papel. A descubrir que, a diferencia de las librerías físicas de mi barrio, la virtual (y tan vilipendiada) Amazon tiene en permanente disposición cuatro traducciones de Šalamun a un idioma que si leo: el inglés. A diferencia de tantos que condenan la lectura electrónica, maldigo a esos libreros que despliegan orondos sus nuevos Paulo Coelhos pero ignoran a un poeta mayor. Y bendigo la red. Lo hago con dos estrofas de Šalamun. Para los primeros:

Prefiero la muerte [¿del libro?] al humillante genocidio de vuestra

mermelada.

Y a los segundos:

No subestimes los más

horrorosos placeres

estéticos.

Sigo leyendo en pantalla.