Fuera de Registro

Suma gravedad

Fuimos, pues, a ver Gravedad. Que yo querría rebautizar ahora Suma gravedad, pues tal me parece la magnitud del daño que hace a la noción misma de cine.

Concedido: a veces es de sabios cambiar de opinión, y hasta hacerlo dos veces. Hace ya cuatro años que no frecuentaba las páginas de MILENIO Diario, donde publicara de 2008 a 2009 este mismo Fuera de registro, colaboración que interrumpiera durante ese lapso para firmar otra columna en otro diario. Me complace estar de vuelta en un medio que siempre me ha hecho sentir en casa (tanto así que, en alguna visita a su redacción, a su director, el entrañable Carlos Marín —quien fuera uno de mis primeros jefes y siempre será mi maestro—, se le impuso dar súbito salto a mis hombros a fin de que le hiciera yo caballito mientras vociferaba que nadie lo sabía pero que en realidad era yo hijo de su idilio clandestino con mi señora madre) y agradezco la disposición del propio Marín y de Ariel González, pródigos, a consentir el regreso de este hijo, ajem, también pródigo.

A veces, sin embargo, cambiar de opinión es cosa de idiotas. Me defenderé diciendo que muchas idioteces se cometen por amor y que, a la sazón, ése fue mi caso. Tras escuchar los comentarios de tres personas cuyo juicio respeto, me negué en redondo a ver Gravedad, la película de Alfonso Cuarón que acumula ingresos millonarios en taquilla y críticas laudatorias a su pericia tecnológica y su esplendor visual, e incluso lo manifesté así en ese más público de los contextos que es la televisión. Quiso la vida, sin embargo, que el día que profiriera yo ese compromiso orondo con el buen gusto y el (pre)juicio crítico, mi mujer no sintonizara el programa de marras y que, ignorante de mi aversión a priori por la cinta, me preguntara el pasado sábado si no quería que fuéramos a verla el domingo. Le respondí que, de querer, no quería, pero que a ella sí la quiero, y mucho, y que estaba dispuesto a desdecirme de un compromiso público que es toma de postura estética no sólo en homenaje a nuestro amor sino en recuerdo de esa noche, años ha, en que, abnegada en su devoción, accedió a acompañarme a ver Spice World, la película de las Spice Girls. (Concederé que, en efecto, resultó infecta, pero que sigo sin olvidar la imagen de una Victoria todavía no Beckham —y todavía no deformado su rostro por el Botox y su cuerpo por la anorexia— marchando fusil en mano, con vestidito strapless y minifaldero estampado de camuflaje, y esas piernas largas-largas, desnudas y entaconadas.) Fuimos, pues, a ver Gravedad. Que yo querría rebautizar ahora Suma gravedad, pues tal me parece la magnitud del daño que hace a la noción misma de cine.

No se me malentienda: Gravedad no es un bodrio irredimible, como aquella Spice World. Tampoco es un alegato new age con una estética del peor gusto imaginable, a la manera de la Avatar de James Cameron (quien, por cierto, la ha decretado la mejor película de tema espacial de todos los tiempos: imagino que ha visto Things to Come, 2001 y Solaris pero que las considera logros menores); de hecho, las loas que ha recibido su propuesta visual son merecidas: no sólo es perturbadoramente hermosa la fotografía de Emmanuel Lubezki sino que el trabajo de edición de Mark Sanger y el propio Cuarón resulta de una solvencia y una economía impecables. El problema de Gravedad, entonces, habrá de residir en su absoluta vacuidad, en su carácter de síntoma de una cultura que celebra lo que se hace de forma bella para decir no nada —lo que equivaldría a un ejercicio formal, contra lo cual nada puedo argumentar— sino, peor, casi nada.

Sandra Bullock es una astronauta sonriente y relajienta que, víctima de una lluvia de basura espacial, queda de pronto a la deriva, y debe empeñarse por encontrar los medios de regresar a Tierra. La premisa daría para un thriller eficaz y, de haberse incluido la “Space Oddity” de David Bowie en el soundtrack, hasta podría tener su momento de introspección metafísica. Poco confiado en la capacidad de la imagen para conmover, sin embargo, un Cuarón acaso preocupado por la frivolidad psicológica de su endeble trama, decide insertar hacia el final una aparición fantasmal de un George Clooney muerto hace media película para informarnos que la chica ha perdido a su hija (de la que no teníamos noticias hasta ahora), que vive un duelo terrible (pero bien disimulado) y que debe vencer la tentación de quedarse flotando en medio de la nada pues la vida es un deber. O algo así. Puntuada por la chantajista música de Steven Price (harto corito celeste), la película se pretende entonces parábola edificante sobre la condición humana. Cosa que nadie se traga pero, como se ve bonita y hi-tech, tampoco importa.

Basta, digo yo, para querer quedarse flotando a la deriva, alejado del bullicio de la falsa sociedad.