Fuera de Registro

¿Sólo para tus ojos?

Si bien genera buena cantidad de empleos temporales, la filmación de una cinta de la magnitud de Spectre en locaciones del centro de la capital cuesta a la Ciudad de México: a sus comerciantes, a sus habitantes, a su gobierno. ¿Me lleva esto a condenar su autorización?

Sobre la mesa baja, un par de martinis, shaken, not stirred. Ante cada trago, un hombre el gesto adusto, la media sonrisa imperturbable. Los interlocutores circundan con cautela el tema que ambos saben se cierne ante ellos, lo eluden con referencias a la situación política internacional, a la belleza de ciertas mujeres, a la potencia de ciertos autos –el Aston Martin DB5 versus el Jaguar XKR–, a la relativa superioridad de la cosecha 75 de Bollinger por sobre la 69. En algún momento, sin embargo, se hace un silencio apenas incómodo, la pregunta se hace inevitable:

—¿Y cómo va tu padre?

Hay una escena de película de 007 implícita aquí, en efecto, pero no es la que nos esforzamos por impostar en vano los dos amigos. (No somos Bond y Scaramanga ya sólo porque nos faltan una buena dosis de encono, una tecnología de punta con capacidad para destruir el mundo y –¡ay!– unos trajes Brioni, un revólver de oro y una Maud Adams a la cual disputarnos.) El referente bondiano, de hecho, será el que motiva mi pregunta por el progenitor de mi compañero de tragos: su padre es dueño de una muy tradicional tienda de rebozos y trajes típicos que se yergue sobre Venustiano Carranza, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y lleva unos días preocupado por el efecto que pueda tener sobre su negocio la filmación de Spectre, la próxima película de la serie James Bond, en el Zócalo y las calles aledañas.

Si bien cuando mi amigo me compartiera la inquietud de su padre hice lo que cualquiera supondría –manifestar envidia, compartir mis fantasías post adolescentes sobre cómo lucirían Monica Bellucci y Léa Seydoux sin más atuendo que un rebozo de bolita, ofrecerme a trabajar gratis detrás del mostrador esos días con la vana esperanza de atestiguar tal imagen–, pronto comprendí el origen de su angustia. Muchas calles del Centro estarían cerradas. El acceso de sus empleados tendría que producirse más temprano, por lo que probablemente tendría que compensarlos. El número de clientes bajaría dada la dificultad de acceso. Las ventas se verían mermadas en consecuencia y, con ellas, los ingresos de ese mes. Lo que es más, el problema no sería sólo de ese comercio sino de muchos otros de la zona, y en consecuencia del gobierno de la ciudad, que se vería obligado a reaccionar ante la situación.

Si bien genera buena cantidad de empleos temporales, la filmación de una cinta de la magnitud de Spectre en locaciones del Centro de la capital cuesta a la Ciudad de México: a sus comerciantes, a sus habitantes, a su gobierno. ¿Me lleva esto a condenar su autorización? Para nada, ya sólo porque considero ese costo una inversión mercadológica, tendiente a fomentar las visitas internacionales a una ciudad que cuenta con muchos atractivos para el viajero atraído por el turismo cultural pero que se ve obligada a bregar contra una estrategia turística nacional empeñada en vendernos como poco más que sol y playa (y Frida Kahlo) y contra un problema de imagen que haría a los extranjeros pensar la nuestra tan insegura como las ciudades de los estados de Guerrero o Tamaulipas.

Me enojarán entonces encabezados como el del periódico Reforma quien, por ofrecer incentivos fiscales a la producción a cambio de presentar una buena imagen de la Ciudad de México, acusa a las autoridades de “sobornar” a James Bond. ¿Debería entonces prestarse el Distrito Federal a entorpecer sus vialidades, minar temporalmente los ingresos de sus comerciantes y cerrar sus museos unos días a cambio de ver enlodada su imagen internacional?

La anécdota me recuerda un escándalo internacional reciente: el suscitado por la negativa rusa a que la producción de la serie televisiva House of Cards filmara en el recinto del Consejo de Seguridad de la ONU, en eco del rechazo soviético a la propuesta de Alfred Hitchcock de hacer lo propio para su North by Northwest en 1959. El thriller hitchcockiano y la serie con Kevin Spacey se cuentan entre mis favoritas, y simpatizo con los señalamientos pertinentes y pertinaces de ambos a Rusia –a la de Kruschev entonces como a la de Putin ahora; no puedo, sin embargo, sino comprender que un gobierno obstaculice las representaciones fílmicas que atenten contra su imagen y aliente las que la fortalecen. Nadie, a fin de cuentas, paga por ser insultado en su propia casa.

Lo que es más, la Ciudad de México no es Moscú, no la de 2015 y no la de 1959. Mucho tiene el país de que avergonzarse, algo acaso toque a su capital que, sin embargo, tiene a mi juicio mucho de que enorgullecerse. En noviembre, me dará gusto verlo reflejado en las pantallas del mundo. Celebraré, pues, que lo bueno que tenemos, y a últimas fechas olvidamos, no quede sólo para nuestros ojos.