Fuera de Registro

Solemne despedida

El columnista retoma la muerte de Doris Lessing y explica que ha frecuentado poco sus libros: “–confieso que sólo me he acercado a tres, y que de esos hay dos cuya lectura no encontré disciplina para terminar–, no puedo sino considerarla una escritora extremadamente sobrevaluada”

Murió Doris Lessing y confieso que no lo lamento demasiado, o cuando menos no más que la pérdida de cualquier otra vida humana. De entrada, porque no puede haber estado pasándola bien: añosa —contaba 94 años— y víctima de las secuelas de una pequeña embolia desde los años 90, cargaba un brazo como peso muerto, presentaba dificultades de expresión oral, se veía impedida para viajar. Después, porque encuentro en su biografía un par de rasgos que me la hacen antipática: el abandono de sus dos hijos infantes en Sudáfrica, entregados al cuidado de su ex marido, para mudarse a Londres en pos del éxito literario (“Nada hay más aburrido para una mujer inteligente que pasar tiempo infinito con niños pequeños”, declararía al respecto. “Sentí que no era la mejor persona para criarlos. Habría terminado alcohólica, o convertida en una intelectual frustrada como mi madre”; entonces, digo yo, ¿para qué traer esas vidas al mundo?), y una cierta tendencia a la certeza —fue primero militante comunista, después criptofeminista, más tarde devota del sufismo—, lo que, a mi juicio, hace flaco favor a un escritor, cuyo deseable ejercicio de la inteligencia debería encaminarlo a la sana y fecunda duda cartesiana. Y, finalmente —y más importante—, porque, con los pocos libros que le he leído —confieso que sólo me he acercado a tres, y que de esos hay dos cuya lectura no encontré disciplina para terminar—, no puedo sino considerarla una escritora extremadamente sobrevaluada, en eco de la opinión de un Harold Bloom que, al saberla ganadora del Premio Nobel de Literatura, sentenciaría: “Esto es pura corrección política. Aunque la señora Lessing al comienzo de su carrera tuvo algunas cualidades admirables, encuentro que su trabajo en los últimos 15 años es un ladrillo... ciencia ficción de cuarta categoría”.

Sobre su trabajo publicado después de 1992 —la cita de Bloom es de 2007— nada puedo decir, pues nada de él he leído (y como dijo don Teofilito…). Pero lo cierto es que tal juicio es perfectamente aplicable a sus Memorias de una sobreviviente de 1974, estructuralmente solvente e imaginativamente distópica —aun si con obligada derivación orwelliana— pero con una proclividad tal al chantaje sentimental feministoide —su heroína niña, Emily, parecería una mezcla de la cerillera de Andersen y las Huérfanas de la tormenta de Griffith— y una confianza equivalente en las bondades del socialismo utópico que, para ser franco, no puede sino resultar indigesta para el monstruo escéptico y liberal que soy. Cierto, su Cuaderno dorado, de 1962, constituye uno de los hitos iniciáticos de la literatura posmoderna —su estructura fragmentaria es un pequeño prodigio—, pero confieso que la lectura de Si una noche de invierno un viajero de Calvino me produce admiración formal igual o superior pero sin el lastre de la santurronería ideologizada y la cursilería sensiblera de que adolece ese libro.

Pero debo refrenarme, no porque tema la cólera de progresistas de ocasión —sé bien que la concito desde endenantes— sino porque, apasionado (espero que no tanto como las heroínas de Lessing) me he dejado ir: de hecho, yo ni siquiera quería dedicar esta entrega a la escritora de marras sino apenas tomarla como punto de partida para hacer una taxonomía de los escritores de primera, entre los que ella claramente se cuenta, como atestiguan no sólo su Nobel sino la retahíla de premios que ganara.

Como Yeats y Shaw, como Mann y Eliot, como Faulkner y Russell y Hemingway y Camus y Beckett y García Márquez y Paz y Pinter y Vargas Llosa, Lessing es una gran escritora, en el sentido de que aborda los grandes temas, de que concibe la literatura como un dispositivo para comprender el mundo. Los autores que he enumerado, sin embargo —todos ganadores del Nobel literario—, lo hacen a mi entender desde una perspectiva humanista, no desde un sistema ideológico dotado de respuestas preconcebidas y predigeridas a todo problema. Así, la colocaría en compañía de otros merecedores del mismo reconocimiento —Sinclair Lewis, Pearl S. Buck, Steinbeck, Sartre, Neruda, Gordimer, Saramago, Le Clézio, Herta Müller— cuya grandeza reconozco, partes de cuya obra valoro, y mucho en algunos casos (diré que El ser y la nada y las Odas elementales son libros que dejaron una marca importante en mi visión del mundo), pero muchos de cuyos títulos me resultan repelentes por solemnes y, como la mayor parte de lo escrito por Lessing, enfermos de certeza.

La despido pues sin emoción pero con enorme solemnidad. Justo como le hubiera gustado.