Fuera de Registro

Sensatez y sentimientos

A mi juicio, un museo no sólo es sino debe ser “una miscelánea de entretenimientos”: inteligentes, sí, pero también atractivos, que persiga sensibilizar al visitante a un asunto histórico, artístico o científico y recurra a todas las herramientas posibles (incluida la venta de "souvenirs").

Y ahí está uno, dedicado buena parte de una década a derrotar un argumento que se le antoja bienintencionado pero falaz, e inconscientemente pernicioso, todo para que un atajo de mercadólogos incompetentes, ayunos de sensibilidad pero sobre todo de neuronas, echen por tierra el esfuerzo que uno ha hecho con un acto en apariencia nimio, sí, pero orondamente imbécil.

Mañana ha de llevarse a cabo la inauguración del National September 11 Museum, enclavado en el terreno del sur de Manhattan que albergara, entre el 4 de abril de 1973 y el malhadado 11 de septiembre de 2001, las torres gemelas del World Trade Center, derribadas por dos aviones secuestrados por terroristas ese día, a un costo de dos mil 606 vidas humanas. La necesidad de erigir ese museo parece gozar de relativo consenso público, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero, y puedo avanzar aquí argumentos que se adivinan tras ese beneplácito: es necesario dar a las víctimas —muchas de ellas no identificadas— un sitio para su conmemoración por parte no sólo de sus deudos sino de la sociedad toda, erigir un símbolo admonitorio contra el terrorismo y su capacidad mortífera, enviar al mundo una señal de capacidad para reconstruirse y seguir adelante.

Antes de la apertura oficial del museo han venido realizándose algunos recorridos privados para los sobrevivientes, los implicados en las labores de rescate y los deudos de las víctimas, lo cual no puede sino estar muy bien: merecen estas personas la oportunidad privilegiada de conocer antes que nadie, y en un ambiente de serenidad y respeto, un sitio que mucho ha de significarles en términos emocionales. La cosa, sin embargo, no ha salido tan bien, ya sólo porque uno de los espacios del museo ha sido justo objeto de controversia, tanto por parte de estos invitados especiales como de los periodistas que han tenido ya la misma oportunidad: la tienda de regalos.

Que un museo cuente entre sus facilidades una tienda dedicada a la comercialización de objetos alusivos a sus colecciones no es cosa nueva: casi cualquiera que se respete en el mundo ofrece una, y bien está que así sea. Acaso Vicente Verdú —el lúcido pero en exceso rigorista escritor español, autor del argumento que me he confesado empeñado en refutar, que es el de los efectos adversos de la “musealización” del mundo– encuentre en ello síntoma álgido de un fenómeno que haría de la historia “un muestrario de artículos listos para satisfacer la demanda de la clientela” y en el que “no se busca ensanchar la visión artística ni establecer ningún diálogo crítico con la experiencia anterior, sólo se intenta obtener elementos de aquí y de allá para brindar una miscelánea de entretenimientos”. Disiento de la condena de Verdú, acaso porque mi noción del museo es distinta a la suya: no concibo la función princeps de esta institución como una de construcción de conocimiento especializado —para eso están las universidades y los centros de investigación— sino como una de divulgación a un público lego. A mi juicio, un museo no sólo es sino debe ser “una miscelánea de entretenimientos”: inteligentes, sí, pero también atractivos, que persiga sensibilizar al visitante a un asunto histórico, artístico o científico y recurra a todas las herramientas posibles –incluida la venta de souvenirs– para arraigar su interés lo más indeleble posible. Tienen, además, otra ventaja adicional las tiendas de los museos: les permiten allegarse recursos en un contexto en que su supervivencia se ve amenazada. Envuelto en un halo de pureza, Verdú aventura que el museo “ha elegido entre Disneylandia y la muerte y, decididamente, ha preferido seguir viviendo, aun en la ficción”. Diré que a mí tampoco me gusta mucho Disneylandia –aun si las tienda de regalos de, digamos, el Victoria & Albert o el MoMA me recuerdan a todo salvo a Disneylandia– pero sin duda la prefiero a la muerte.

Mis argumentos, sin embargo, se antojan derrotados por la oferta referida de la tienda del 9/11 Museum. Muy bien me parece que se ofrezcan ahí libros sobre ese episodio histórico, camisetas con la leyenda “INY” sobre fondo negro y vistas del viejo World Trade Center en sus años de gloria. ¿Pero camisetas con el emblema del departamento de bomberos de Nueva York? Y, peor, ¿impermeables para perro con la misma leyenda? Eso es banalizar un asunto histórica e íntimamente terrible. Eso equivale, y coincido ahora con Verdú, a dejar la historia “purgada de tragedia, y el devenir eximido de proyecto, puesto que no hay, en su simulación, origen ni fin determinados”.

El problema aquí, pues, no es de falta de pureza; es de ausencia de sensatez y de sentimientos.