Fuera de Registro

Sal sin pimienta

El trabajo de Salgado atrae nuestra mirada hacia realidades que no queremos ver; al mismo tiempo, sin embargo, y a partir de su enorme talento, se pone él mismo en primer plano, hace que el arte opaque la vida que pretende poner en relieve.

Van ya tres personas que me manifiestan, casi con lágrimas en los ojos, su admiración por La sal de la tierra, el documental sobre el fotógrafo brasileño Sebastião Salgado dirigido por el hijo de éste, Juliano Ribeiro Salgado, en colaboración con el reconocido cineasta alemán Wim Wenders. Se trata, además, de tres personas cuyo juicio respeto: uno es un director de cine mexicano, documentalista logrado él mismo, cuyo entusiasmo habría de convencerme de comprar mi boleto; otra es mi mujer, de formación psicoanalista (y para mayores señas lacaniana, lo que debería validar su saludable relación con los discursos complejos), quien me acompañara a la proyección y saliera de ella grandemente conmovida; y el tercero es un amigo editor de revistas, de cuya extraordinaria lucidez habitual puedo dar fe —no en balde tuve el privilegio de ser su maestro—, quien, a la salida de su propia proyección, me enviara un mensaje de texto diciéndome que qué buena estaba La sal de latierra y que a su parecer no sólo Salgado sino también Wenders era un genio. Me permito disentir de estas tres personas a las que quiero y admiro y cuyos juicios en otras materias habitualmente comparto. Y no es que el documental de marras me parezca una mala película —le reconozco ser profundamente eficaz en términos narrativos, técnicamente innovador, visualmente hermoso y endemoniadamente entretenido (salvo por sus últimos veinte minutos, dedicados a la última etapa de la carrera de Salgado, consagrada a fotografiar arbolitos, lo cual resulta sin duda encomiable pero no demasiado interesante)— sino que me resulta una en extremo complaciente y superficial, que desaprovecha la oportunidad dorada para construir un discurso estimulante y provocador ofrecida por la complejidad estética y moral de la gran etapa de la obra del artista que es su materia, sólo para decantarse por un lirismo rayano en lo lindo, susceptible por lo visto no sólo de concitar el entusiasmo pasajero de las buenas conciencias sino de seducir a punta de vacua belleza la capacidad crítica de personas que disponen de las herramientas para producir ideas saludablemente ricas y contradictorias.

Comienzo por explicar qué habría de hacer famoso a Salgado: las fotografías que, a lo largo de 30 años —1974 a 2004—, hiciera en todos los rincones del mundo a personas que han sido objeto de la miseria económica y acaso humana. Trabajadores pauperizados, migrantes desplazados, víctimas de la hambruna pueblan imágenes que, sin embargo, no aparecen sórdidas sino hermosísimas, las figuras humanas en ellas dignificadas —si no es que ennoblecidas— por encuadres, composiciones y efectos lumínicos que acusan una enorme pericia técnica y un conocimiento profundo de la historia del arte. El resultado ha sido polémico: por una parte, Salgado devuelve a sus fotografiados la humanidad que la injusticia les ha robado; por otra, al estetizarlos, nos lleva a dudar, si no de la veracidad (como apuntaría Susan Sontag), sí de la realidad de las imágenes (son, como toda fotografía, como todo producto cultural, constructos, miradas, rebanadas de realidad y no la realidad misma), y problematiza la función del artista enfrentado a la miseria humana, animándonos a postularlo como un oportunista que se sirve del dolor de los demás —otra vez Sontag— para edificar su reputación. Cierto: Salgado atrae nuestra mirada hacia realidades que no queremos ver; al mismo tiempo, sin embargo, y a partir de su enorme talento, se pone él mismo en primer plano, hace que el arte opaque la vida que pretende poner en relieve: he ahí el verdadero problema que plantea, la pregunta más inteligente y perturbadora que formula su arte.

Wenders tiene una carrera más que respetable como documentalista. Y no tanto por su convencional y un pelín chantajista Buena Vista Social Club sino por su crudo Relámpago sobre el agua —que retrata los últimos días, desgarradores y entrañables, del cineasta Nicholas Ray— y por su deslumbrante Pina —que es sólo un tour deforce estético y técnico pero cuya historia (la de la coreógrafa Pina Bausch) muy poco más necesita. Aquí, sin embargo, Wenders se presenta más cercano a sus ficciones edificantes y conscientemente poéticas, en la línea de Las alas del deseo o Historia de Lisboa, películas correctas y bien portadas. El resultado es un documental hagiográfico y blandamente hermoso, que al ceder la voz narrativa (y acaso autoral) a un Salgado que cuenta su historia empeñado que quedar bien, termina por reducirlo a una especie de Gregrory Colbert con compromiso social y le roba la altura artística que le es propia, aun si acaso inconsciente.

Sal, pues, pero sin pimienta. Lástima.