Fuera de Registro

El premio Nobel del amor


El título es, de entrada, el de una película, simpática y muy menor, dirigida por Rafael Baledón en 1972 y protagonizada por Angélica María y Roberto Jordán. Angélica es Leonarda Tomasa Isaaca —que Da Vinci, Edison y Newton la agarren confesada—, hija de científicos que se afana con experimentos —redolentes más bien del Jerry Lewis de El profesor chiflado— en ganar para su patria el reconocimiento de la Academia Sueca; muchas explosiones mediante, fracasa en tal empeño pero logra, en cambio, hacerse del corazón de un arquitecto cantante —la identidad de los actores principales obliga a contar la historia en clave de comedia musical—; sigue el final feliz, con una última, acaso freudiana, explosión de gas. También podría fungir, sin embargo, como apta descripción de las razones para designar este año a Bob Dylan como ganador del asaz máximo galardón literario: amor es lo que a fin de cuentas transmite su ideario progresista, necesaria declaración alterna de principios de la cultura estadunidense en la era Trump, amor es lo que inspiran sus canciones a más de una generación que tiene en ellas referente obligado de su educación sentimental.

¿Y la literatura?

Eso depende de si uno considera la canción popular producto literario o no. Cierto es que, en tiempos de Homero y de Safo —oportunamente citados en su declaración de prensa por una secretaria de la Academia Sueca acaso deseosa de curarse en salud—, mucha de la poesía era concebida para ser cantada con acompañamiento musical, que poesía culta y canción popular tienen un origen común. ¿Son hoy la misma cosa? The answer, my friend, is blowin’ in the wind. Quien afirme que no, y que una es superior a la otra, se llamará a escándalo, como lo hiciera el narrador escocés Irvine Welsh, y lamentará una designación que, pese al aparente consenso en su favor, parecería apuntar a una crisis de las formas literarias consagradas —¿se premia a un cantautor a falta de grandes narradores, poetas, ensayistas o dramaturgos vivos?—, reforzaría la injusticia cometida contra los favoritos perennes —Haruki Murakami, Claudio Magris, Philip Roth, Joyce Carol Oates y un etcétera más bien largo—, hechos a un lado por alguien a quien difícilmente podríamos considerar su par (no es que Dylan sea menos que ellos: es que es otra cosa), y que, incluso para quienes compartan la visión de la Academia a propósito de la legitimidad literaria de la canción popular, no dejaría de tener un tufillo, si no de injusticia, cuando menos de capricho.

Si nos detenemos a analizar el corpus literario de Dylan, su obra publicada en papel, veremos que consta de muchas letras de canciones en gran medida notables (recogidas en Lyrics: 1962 – 2012), un volumen de memorias muy bueno (Chronicles: Volume One, 2004)— pero no mejor que los pergeñados por otras estrellas de rock como Keith Richards o Patti Smith, y un libro a caballo entre la novela y la poesía en prosa titulado Tarántula (1971), cuyas resonancias joyceianas y burroughsianas quedan en buenas intenciones, lectura difícil que termina por virar más en farragosa que en sorprendente y perturbadora. Compárese esto con la obra de otro gran cantautor, el canadiense Leonard Cohen, y Dylan sale perdiendo: además de sus muchas letras extraordinarias, Cohen —poeta mucho antes de dejarse tocar por la música, y ello ya sólo por mera necesidad— ha dado a la imprenta 12 poemarios —entre los que se cuenta ese Libro del anhelo (2006) que es tenido por un clásico menor— y un par de novelas, ganado ya cuatro premios literarios —incluido un Príncipe de Asturias—, lo que de todos modos no basta para insertarlo en un canon que no sea el del rock. Más allá de un caso como el de Cohen, cierto es que al Dylan letrista no le faltan méritos, pero ¿de verdad serán más que los de Joni Mitchell o Johnny Cash? ¿Y que los de Bowie o Morrissey? ¿O, ya que en los terrenos de la educación sentimental andamos, que los de Lennon y McCartney? La pregunta sigue en el aire, en el viento.

Es pregunta, sin embargo, pertinente. ¿Merece Bob Dylan un Premio Nobel? Creo que sí. ¿El de Literatura? Creo que no, como quizás tampoco fuera el que conviniera a ese extraordinario hombre de teatro que fuera Dario Fo —muerto por casualidad el mismo día que Dylan se hacía con el Nobel— cuya designación resultara igualmente controversial en su momento. Así como en 1969, casi 75 años después de la fundación de los Premios Nobel, fuera creada la categoría de Economía, ¿no sería momento de engrosar la nómina con otra en que cupieran no sólo un Dylan o un Fo sino —por decir— un Woody Allen, un Gerhard Richter, un Peter Brook? The times they are a-changin’: es de esperar que también para la Academia Sueca, para nuestra concepción de la creación cultural.

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