Fuera de Registro

Pocos pero resultones

Un recorrido por la exposición "Desafío a la estabilidad. Procesos artísticos en México 1952–1967" logró que el columnista llegara hasta el "Mural de hierro", lo que lo llevó a pensar que ya lo había visto antes, muchas veces. ¿Pero dónde? Y ¿de quién era?

La primera sorpresa había sido ya muy grande. Acababa yo de llegar al Museo Universitario Arte Contemporáneo para ver la exposición Desafío a la estabilidad. Procesos artísticos en México 1952–1967, consagrada a hacer la revisión de la efervescencia cultural que bullera en nuestro país en tiempos del (y acaso en reto moral al) Desarrollo Estabilizador, y recorría la primera sala. Un inicio nostálgico y sorprendente, con una vieja película casera del cumpleaños 37 de Carlos Fuentes, que reuniera al tout Méxique de cuando tal empeño era contemplable. Tamayos y Méridas y Rojos, para ir entrando en el ambiente de la Generación de la Ruptura y sus satélites. De súbito, al doblar la esquina, un mural monumental (mural, entiéndase, porque su superficie era un muro, no porque guardara el menor parentesco con el Muralismo) que se antojaba a un tiempo pintura y escultura, ya sólo porque su superficie presenta textura y relieve, porque su material más destacado es el hierro oxidado. Que ese mural me conmovía era algo que sabía bien; de hecho, pensé, llevaba toda la vida de saberlo, pues yo ya había visto antes ese mural, y muchas veces. ¿Pero dónde? Y ¿de quién era? Mis conocimientos de arte moderno mexicano, escasos pero serviciales, y el contexto de la exposición en la que figuraba me hacían apostar por Manuel Felguérez. Pregunté, y recibí con beneplácito el asentimiento del funcionario: era, en efecto, de Felguérez el mural que solía estar exhibido… ¿dónde? En el Cine Diana de la ciudad de México.

¡Por eso me resultaba tan familiar! Por las tantas tardes infantiles pasadas en el vestíbulo de ese cine, esperando a que empezara la película. Niño, había reparado en él sin reparar, me había dejado tocar por su estatuto de exploración sobre todo formal, de capricho geométrico aunque asimétrico, sin hacer conciencia de que estaba siendo irremisiblemente tocado. Fue un buen, un maravilloso reencuentro, con mi pasado como con un origen inconsciente de mi sensibilidad estética.

Recorro el resto de la sala con placer, aunque todavía bajo los efectos de aquel Mural de hierro —así se llama— al que no puedo evitar dedicar una mirada furtiva (arrobada) cada tanto. Al término de mi paseo, me aposto ante la puerta de ojo electrónico —para la ocasión ha sido recubiertas con un gigantesco blow-up (no uso el anglicismo en vano) de una fotografía de Manola Saavedra en la puesta en escena de La hija de Rappacini de Octavio Paz, dirigida por Héctor Mendoza en 1956—, a fin de que se separen sus hojas para franquearme el paso al corredor que ha de llevarme a la siguiente sala. Viene ahora la sorpresa mayúscula. Porque el muro de costumbre blanco del MUAC ha sido sustituido por uno de concreto gris en el que se lee, en grandes letras y tipografía caprichosa, el siguiente texto:

POCOSCOCODRILOS             LOCOS

COCODRILOSLOCOSPOCOSCOCOS

         POCOSDRILOS LOCOSDRILOS

COKODRILOSPOCOLOCOSDRILOS

LOCOSCOCOCODRILOS        POCOS

Nuevo flashback pero ahora con carga emotiva profunda, casi avasalladora, que a punto está de moverme a lágrimas. Porque ese mural —o poemural, si he de ser preciso— es algo no sólo ya visto sino ya vivido. Porque recuerdo que, igual niño, hube de acompañar a mi madre un par de veces (no sé cuántas pero sí que fueron pocas, y que más de una) a un edificio —luego sabré que se alzaba en la calle de Niza y que se derrumbó en el terremoto del 85—, uno de cuyos muros era el que éste reproduce. Porque doblo la esquina —el mural se extiende por dos, tres, cuatro paredes, con variantes del texto aliterante— y recupero aquella sensación perturbadora que entonces no habría sabido describir pero que hoy sé que consiste en quedar subsumido por el poema, en ser devorado por él —por los cocodrilos pocos pero al fin locos—, en vivir, como el reloj del Capitán Garfio —como el tiempo que corre siempre pero termina por ahogarse—, en su interior.

Ahora, gracias a la museografía de Desafío a la estabilidad pero también a un ensayo brillante de Cinthya García Leyva, publicado en la edición 49, de mayo de 2012, del Periódico de poesía (disponible electrónicamente en  http://www.periodicodepoesia.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=2318), que su autor no es otro que Mathias Goeritz y que su intención era provocar en el espectador / lector / habitante justo lo que en mí, o algo muy parecido: “Pocos cocodrilos locos” es un poema concreto, uno que hace de la palabra más que vehículo —significante— para transformarla en significado, para darle concreción (en concreto).

(Con ello este escritor comprende también de dónde le viene lo de haberse asumido desde siempre un arquitecto frustrado.)