Fuera de Registro

Perdidos en la música

Ahora tenemos a nuestro alcance no solo más música que antes… la nostalgia derivada de la carestía nos ha hecho audiófilos: la que ha devuelto a un nicho creciente al vinilo injustamente abandonado, la que nos lleva a valorar el disco como objeto, preciado por raro.

Houston, tenemos un problema, pero uno feliz. De visita en esta ciudad texana por trabajo, aprovechando que la agenda es laxa y que mi compañero de viaje es un amigo con el que guardo muchas afinidades culturales, arañamos algunas horas para una suerte de vacación. En el programa figuran actividades que resultan un must por estos pagos
—visitar el Centro Espacial de la NASA y la Rothko Chapel— pero también una que procuramos incluir cada que nuestro trabajo de productores televisivos nos lleva a otras latitudes: tratar de identificar la mejor tienda de discos y procurarnos un buen surtido de rarezas musicales, él en vinilo –la moda y la exigencia audiófila lo han llevado a recuperar el formato de sus mocedades–, yo en disco compacto (y es que, aunque poseo una hermosa consola con tornamesa incluida, original de los años 60, no he querido comprarle la aguja ya solo para no hacerme de otro hábito caro). Así, descubrimos un establecimiento bien surtido de acetatos y CDs y, a apenas una cuadra, una sorpresa que ha de redundar en nuestra alegre complicación: un local modesto pero deslumbrante especializado en música culta y soundtracks. Enloquezco. Hago una serie de hallazgos afortunados, que van de la banda sonora de La isla misteriosa de Bernard Herrmann a la de Evening Primrose, el raro musical televisivo de un joven Stephen Sondheim, a la primera grabación de la versión en tres actos de la Lulu de Alban Berg, con Pierre Boulez en la batuta y Teresa Stratas en el rol principal. ¿Cuál es entonces el problema? Que compro música que hoy no puedo escuchar. Acabo de cambiar de computadora, y la nueva no dispone ya de drive de CD, soporte considerado obsoleto en estos tiempos en que las grabaciones musicales ya no son más que bits y bytes, por lo que no puedo bajar la música a mi iPod ni hacer un streaming de ésta a mis poderosas bocinas Parrott. ¿Por qué hice estas compras entonces? Porque ahorro para volver a comprarme el reproductor de CD y el amplificador Denon que un arranque de hipermodernidad estúpida decidí heredar a mi cuñado (así podré escuchar estas obras con la calidad que merecen). Pero sobre todo porque soy un fetichista, porque me hago las ilusiones de aprehender la música y ello conlleva contemplar su corporeidad.

Este mismo amigo me había sembrado ya, en una conversación previa, una idea para apuntalar mi nostalgia: padre de una adolescente, lamentaba no poder heredarle a su muerte parte de su discoteca por estar está atrapada por la eternidad en artefactos electrónicos potencialmente obsoletos, iPods y iPads y computadoras sin valor sentimental y con fecha de caducidad. Románticos que somos, maldecimos la revolución tecnológica de la industria musical, nos aferramos a los viejos soportes, suspiramos por los tiempos en que nos levantábamos temprano para hacer fila frente a la tienda de discos para comprar el nuevo álbum de nuestro rockstar favorito antes que nadie. Pero, prácticos que somos, nos sumamos sin remedio a un fenómeno que transforma de manera ineludible nuestros hábitos de consumo musical y, aunque nos cueste admitirlo, gozamos de las no pocas ventajas que nos ofrece.

Cierto: hemos perdido nuestros fetiches y también, merced a la compresión del formato mp3 y a los audífonos cutres y las bocinas de juguete de los nuevos dispositivos, calidad en la escucha (si bien nuevos servicios de compra virtual de tracks en archivos wav algo hacen por paliar el problema). Pero también hemos ganado. Gracias a la tecnología, ahora tenemos a nuestro alcance no solo más música que antes –iTunes no la tiene toda pero sí más que cualquier tienda de discos– sino, merced al sistema de recomendaciones y a servicios como Spotify, más posibilidades de descubrir (y probar sin costo) más nueva música. Por otra parte, es la nostalgia derivada de la carestía la que nos ha hecho audiófilos: la que ha devuelto a un nicho creciente al vinilo injustamente abandonado, la que nos lleva a valorar el disco como objeto, preciado por raro. Y si bien la revolución tecnológica ha redundado en la actual crisis de la industria discográfica, también ha obligado a los músicos de todo género a depender cada vez más de las presentaciones en vivo para su sustento, lo que resulta en que hoy cualquier gran ciudad del mundo tenga una oferta de espectáculos en vivo más diversa y ambiciosa de lo que hubiéramos soñado jamás.

We’re lost in music, / caught in a trap. / No turning back: / we’re lost in music”, canta Sister Sledge –con la producción de Chic– en un viejo vinilo de los 70. Y nosotros cantamos con ellas. Y nos perdemos en la música solo para volvernos –y volverla– a encontrar.