Fuera de Registro

"Perdida" y encontrada

¿A qué obedece que unas adaptaciones fílmicas de novelas memorables resulten felices y otras no?

Reza el lugar común que las buenas novelas hacen malas películas. Como todo cliché, encierra algo de cierto pero, a decir verdad, muy poco. Cierto es que nadie ha hecho una cinta solvente a partir del Quijote (y que la fama fílmica del clásico cervantino deriva, sobre todo, de los esfuerzos fallidos primero de Orson Welles y después de Terry Gilliam por filmarlo), que la Rojo y negro de Autant-Lara y la Madame Bovary de Minnelli constituyen películas banales. En paralelo es verdad, sin embargo, que una de las mejores cintas del propio Welles parte de un clásico literario (Elproceso, a partir de Kafka), que lo mismo puede decirse de Minnelli (así su Gigi, tomada de Colette) y que en la lista de grandes adaptaciones literarias al cine figuran también la que hiciera John Ford de Las uvas de la ira de Steinbeck o la Apocalypse Now de Francis Ford Coppola (que traslada la acción de El corazón de las tinieblas de Conrad del Congo Belga colonial a la Guerra de Vietnam).

¿A qué obedece entonces que unas adaptaciones fílmicas de novelas memorables resulten felices y otras no? Acaso la mejor forma de responder esta pregunta sea ocuparse de las dos versiones cinematográficas de la Lolita de Nabokov: la imperfecta pero vivificante cinta de Stanley Kubrick y la farragosa y soporífera de Adrian Lyne. La kubrickiana ha tenido siempre admiradores pero también detractores, que reprochan al director las muchas licencias —la reconcepción del Quilty de Peter Sellers la más importante de ellas— que se tomara con respecto a la novela. Al emprender su propia lectura, entonces, Lyne prometió ser fiel al texto… y lo fue, lo que habría de redundar en una pésima película. Y es que la pirotecnia verbal nabokoviana es cosa hermosa —acaso la más de las letras inglesas—, y la voz de Jeremy Irons elegante y expresiva, pero no hay manera de que una cinta cuyo peso narrativo reside en la narración en off de un texto complejo capture la atención del espectador, menos cuando el discurso visual incurre en la ilustración literal y acusa una estética de catálogo de Victoria’s Secret. Lo que mostrarán, entonces, ambas Lolitas fílmicas es que una buena novela —e incluso una gran novela, como Lolita, y una especialmente verbosa, como Lolita— puede resultar en una gran película (a estas alturas es casi un consenso que la de Kubrick lo es) siempre que el director encuentre un correlato visual al universo verbal de la novela.

El fenómeno se verifica con especial felicidad en el caso de las novelas detectivescas o criminales, género que ha dado lugar a grandes traslaciones al cine: así El hombre delgado de W.S. Van Dyke y El halcón maltés de John Huston, basadas ambas en Hammett, El gran sueño de Howard Hawks, a partir de Chandler, o la larga lista de espléndidas versiones de novelas de Patricia Highsmith, entre las que se cuentan la Extraños en un tren de Hitchcock, las dos cintas basadas en El talentoso señor Ripley (la A pleno sol de René Clément y la homónima de Anthony Minghella) o las dos que parten de El juego de Ripley (El amigo americano de Wenders y la homónima de Liliana Cavani).

Estos ejemplos servirán, además, para desmentir el lugar común inverso: que las grandes películas basadas en novelas solo lo son cuando éstas resultan mediocres o menores, lo que acaso pueda valer para El padrino de Mario Puzo (un gran Coppola) o la De entre los muertos de Boileau y Narcejac (fuente de la notabilísima Vértigo de Hitchcock) pero, como ha quedado claro, tampoco se verifica sistemáticamente. Es por ello que, con alegre desprejuicio, me procuré hace poco la Perdida (Gone Girl, en el original) de Gillian Flynn no bien comencé a toparme por doquier críticas laudatorias a su flamante adaptación cinematográfica de David Fincher. No me arrepiento.

La referencia a Highsmith no es gratuita, pues es a ella a quien recuerda una Flynn que se sirve de la literatura de género para ofrecer una reflexión psicosocial sobre temas más densos: el matrimonio, allende éste el amor, más allá la dificultad de compartir la vida con alguien demasiado tiempo. Thriller perverso cuya narración comparten dos embusteros profesionales que, además, son marido y mujer, Perdida asombra por la precisión de su complejo engranaje narrativo, por lo minucioso de la caracterización psicológica de sus dos personajes principales (una sociópata y un pusilánime) por una oronda y desesperanzada misantropía no exenta, sin embargo, de humor renegrido.

Fincher es un cineasta solvente, y supongo que su cinta me parecerá muy buena; si no lo fuera, sin embargo, le agradezco ya haberme lanzado al encuentro de esa Perdida, verdadero hallazgo.