Fuera de Registro

Pena de muerte al que no llegue a viejo

Nada hay de malo en llegar a esta etapa mientras uno siga siendo uno —este— mismo; lo insoportable, entonces, lo indigno de ser vivido, comenzará en el punto en que las mutaciones operadas por el tiempo alcancen tal magnitud que empiece uno a resultar irreconocible.

El gracejo era de mi abuelo y hubo de resultar profético: muerto antes de su cumpleaños 75, vio su vida truncarse acaso demasiado pronto (cuando menos desde una óptica actual: en aquel 1974 de su fallecimiento, cuando la esperanza de vida de un hombre en México era de 62 años —contra los actuales 74—, era tenido por un señor mayor). Pero le quedó un consuelo (o nos quedó a sus deudos; en estricto honor a la verdad, a él ya no le quedó nada): no sufrir demasiado —o siquiera demasiado tiempo— las indignidades de la vejez.

Confesaré que, llegado el momento, pagaré gustoso, con la vida si fuera menester, el precio por preservar, si no la apostura que nunca he tenido, cuando menos la autonomía. Puesto de otro modo, en mi terror a envejecer no hay vanidad —y no porque no valore la belleza y la lozanía (me declaro profundamente superficial), sino porque en esos terrenos no tengo demasiado que perder—, sino una previsión contra la posibilidad de perder capacidades físicas o, peor, mentales, y en el camino perderme yo. Nada hay de malo en hacerse viejo mientras uno siga siendo uno —este— mismo; lo insoportable, entonces, lo indigno de ser vivido, comenzará en el punto en que las mutaciones operadas por el tiempo alcancen tal magnitud que empiece uno a resultar irreconocible —para los demás, para uno mismo—, a convertirse en otro, por fuerza peor, menor por mayor.

Mucho me ha rondado la idea a últimas fechas por razones personales. Hacía tiempo, sin embargo —desde que leyera yo el wildeano Retrato de Dorian Grey o viera por vez primera la wilderiana Sunset Boulevard, experiencias admonitorias de mi adolescencia—, que no me ocupaba en términos artísticos. Hasta que una proyección cinematográfica reciente me devolvió a esa vertiente del tema, con obsesión rayana en lo mórbido,

No diré el título de la película, ni su nacionalidad, ni el nombre de su director, y menos el de su actriz principal. No sería de caballeros. Y no porque corra yo el riesgo de que la aludida lea esto —me limitaré a consignar que no es mexicana, que no vive ni ha vivido en México, que no habla español y que es casi seguro que ignore la existencia de este diario, no digamos la mía—, sino porque identificarla equivaldría a cometer una falta moral mayor —aun si secreta— contra alguien que me ha prodigado, y a tantos más, tantas horas de placer.

La película, filmada este año, está ambientada en los años 70. Suprema ironía: tal hubo de ser la década de mayor esplendor de quien fuera una de las grandes bellezas en la historia del cine mundial, el decenio en que no solo trabajara a las órdenes de los mejores directores de España, de Francia, de Italia, de Hollywood, sino en que fungiera como imagen y musa de uno de los principales creadores de moda de la historia. Aunque eminentemente solvente en sus participaciones fílmicas, es verdad que nunca ha sido tenida por gran actriz, cosa que a un tiempo constituye una injusticia y no tiene la menor importancia: la elegancia, la sutileza y la capacidad de transmisión de su juego actoral han sido grandes de siempre —y siguen siéndolo hoy— pero siempre palidecerán ante la belleza que fue suya un día. Y cuando digo un día digo más de 40 años, pues eso hubo de durar su estatuto como uno de los rostros más memorables del imaginario mundial moderno: húmeda todavía de rocío en el 1964 de su lanzamiento estelar, hierática, imperturbable y madura hasta la película más reciente que le viera, que data de hace un par de años, fue belleza joven y belleza madura porque fue —es— belleza eterna.

Ya no. Es, sí, actriz soberbia. Y presencia inescapable en la pantalla. Y, en las primeras secuencias de la cinta, antes de que la trama vire a la más absoluta oscuridad, rebosa humor e ironía y elegancia. Lo que ya no tiene es belleza. Hace 15  años que el cuerpo mudó su forma —ensanchó, y mucho— pero ahora el rostro parece haberlo alcanzado. El cabello luce cansado, la piel cetrina, la postura denota fatiga, acaso hastío. Quedan, claro, los ojos y algo —lo suficiente— de la voz. Pero el espectáculo es triste, y más cuando el periodo histórico de la cinta la obliga a afectar modas vestimentarias que remiten a cuando más hermosa fue.

Este texto no tiene conclusión y menos moraleja. No sugiero que deba retirarse: acaso necesite el trabajo —si no por dinero cuando menos por terapia ocupacional— y, a decir verdad, el cine precisa más figuras como ella, incluso en su mermada condición. Ella seguirá, pues, haciendo películas y yo yendo a verlas. Solo diré que me parece que la vida habría debido ahorrarnos esa indignidad. Si no a ella, siquiera entonces a mí.