Fuera de Registro

… Y Orson Welles como Don Quijote

¿Cómo establecer criterios a toda prueba para sostener que "El ciudadano Kane" es una mejor película que "Vértigo", o que "Persona"?

La hipérbole, confieso, no es lo mío. Me cuesta un trabajo endemoniado lidiar con el tipo de gente que afirma que “La marsellesa” es el más hermoso de todos los himnos nacionales –y que suele añadir que el mexicano, despliegue de bravuconería chauvinista si los hay, es el segundo más preciosísimo, y que jamás se hace cargo de esgrimir esta opinión como propia sino que aduce el veredicto a un tal consejo de notables que se hubiera reunido quién sabe cuándo en quién sabe dónde a establecer una suerte de top ten patriotero– o que Nueva York es “la capital del mundo” (si bien reconozco que en este caso hay un argumento geopolítico más o menos sólido –se trata, en efecto, de la sede de Naciones Unidas–, sospecho no es por ello que la erigen en tal) o que el Quijote es la obra cumbre de la literatura en español y El ciudadano Kane la mejor película jamás filmada. Me irrita, de entrada, no porque escatime mérito a alguno a esos productos –diré incluso que, aunque la letra de la sanguinaria “Marsellesa” me resulta abominable, su música me parece hermosa y que, tras innumerables vistas de la secuencia de Casablanca que hace uso y estandarte de ella, no puedo escucharla sin que me venga la lágrima al ojo– sino porque tales aseveraciones, tales rankings arbitrarios, se antojarían artilugios del prêt-à-penser, recursos prefabricados para evitar a su usuario la molestia de tener opiniones originales.

Ahí, sin embargo, no termina la cosa: me molestan también tales aseveraciones porque, aun cuando sinceras, parecen redolentes de mentes simplistas, incapaces de dudar, de cuestionar su propio criterio, de ejercer la siempre contradictoria inteligencia. ¿Nueva York? ¿Y por qué no Londres, que es igualmente diversa y más antigua y más osada, o Brasilia, cuya planeación urbana aspira a la perfección? ¿El Quijote? ¿Y por qué no Piedra de sol, filosóficamente más complejo, o Farabeuf, estructuralmente más deslumbrante? ¿Y cómo establecer criterios a toda prueba para sostener que El ciudadano Kane es una mejor película que Vértigo, o que Persona, o que 8 ½ o, ya puestos en esas, que El proceso, que es la cinta de Welles que prefieren algunos, o que Mr. Arkadin, que es la que prefiero yo?

Así, no pude sino experimentar enorme suspicacia al toparme en YouTube con un fragmento cinematográfico que apela a dos de los referentes a priori excelsos antes listados –el Quijote y Welles, puesto que se trata de una secuencia extraída de la película inacabada que se propusiera filmar en México en 1957 a partir de la novela cervantina– y que aparece descrita –por el caballero que hubo de subir el material a la red– como “Los seis minutos más bellos de la historia del cine”. Pese a ello, y porque realizo en estos momentos una investigación sobre el Quijote wellesiano, ingresé a la liga y vi la secuencia.

Transcurre en un cine. Entre el público aparecen sentados una niña de rubias trenzas (Patty McCormack) y Akim Tamiroff caracterizado de Sancho Panza (y es que, en efecto, la premisa de la cinta habría traspuesto a Alonso Quijano y a su escudero al mundo entonces contemporáneo). Aunque la secuencia es muda –Welles contemplaba doblar narración y parlamentos después–, podemos suponer que la niña explica a Sancho qué es el cine. De súbito, la cámara corta al rostro de Don Quijote (Francisco Reiguera) quien reacciona exaltadísimo al espectáculo que se despliega ante sus ojos. En la pantalla dentro de la pantalla se aproximan caballos a la carga, una mujer hermosa atestigua el espectáculo de la violencia con horror. El Quijote trata de contener sus ansias de hidalgo pero es en vano: hay una batalla que librar, una doncella que rescatar. Empuña entonces su lanza y se precipita hacia la pantalla cinematográfica, dispuesto a librar un combate a muerte con las sombras. Hace lances y fintas, manipula su arma, se bate a duelo con esos fantasmas de luz que son proyecciones de un mundo que lo ha dejado atrás. Gana la batalla: la pantalla queda en jirones, él extenuado pero satisfecho de haber reestablecido al orden el mundo, acaso el tiempo.

Saber que Welles venía de la humillación de ser relevado por la Universal del corte final de Sed de mal, que no volvería a filmar en Hollywood, que había buscado refugio en México para continuar su carrera fílmica y que ese proyecto, financiado de su bolsa, jamás llegaría a completarse pese a 15 años de filmación intermitente en tres países, equivale a ver en esa secuencia la lucha de Welles contra sí mismo, en saberlo saberse Quijote perdido siempre en el tiempo, condenado por siempre al fracaso, a la gloria por siempre.

Reconozco, pues, mi error: hay unos seis minutos más bellos en la historia del cine. Y son éstos.