Fuera de Registro

"Olympia" (o del poder redentor de la belleza)

Más allá de unas cuantas tomas inocuas del Führer en las tribunas, esto no es cine político o, si lo es, lo es del mejor signo posible: Riefenstahl aparece a través de ella como una humanista.

Fue el primer domingo de las transmisiones de estos Juegos Olímpicos de Invierno cuando, mientras contemplaba a un tipo enfundado —nunca fue el verbo más pertinente— en un leotardo negro con apliqués de plumas y lentejuelas anaranjadas exhibir una expresión autosatisfecha y repelente y ejecutar cabriolas y piruetas con suprema insensibilidad al talante primigenio, terrible e hipnótico de El pájaro de fuego de Stravinsky, cuando me percaté de que algo no andaba bien en esa escena, y de que eso que no andaba bien era justo que estuviera yo contemplándola. Y es que, ayuno como estoy ahora de cualquier razón profesional o personal para andar sintonizando las transmisiones olímpicas, ya me había tardado en darme cuenta de que tengo mucho mejores cosas en que ocuparme.

En efecto, los Juegos Olímpicos, ya de invierno, ya de verano, me producen de siempre supremo desinterés. ¿Que alguien ha de llegar más alto, más fuerte, más rápido? Que le aproveche. Cierto es que, de todos los deportes olímpicos, acaso sea el patinaje artístico el que concentre mayores dosis de cursilería, vulgaridad y arrogancia, ya solo justamente por sus pretensiones “artísticas”, tan ajenas al talante de sus ejecutantes y de quienes documentan su desempeño. Porque un atleta no es un artista: su discurso es simple en extremo, empeñado como está en expresar una sola idea, a saber que es más chingón que el que lo ha antecedido y más que el que lo sucederá. Y porque quienes tienen por asignación profesional la transmisión televisiva de las proezas olímpicas deben resaltar justo lo que se espera de tal espectáculo —la pericia de cuerpos sin otro objetivo que derrotar al vecino, que contribuir al regodeo personal y nacional— sin prestar demasiada atención a otras consideraciones. Así, los Juegos Olímpicos televisados no contienen más que una sola idea, machacada en la transmisión de cada competencia: qué chingón es este individuo, por tanto qué chingón es su país, más que los demás. Lo que, con las tantas repeticiones (instantáneas), resulta no solo gandalla sino terriblemente aburrido.

Sorprenderá entonces al lector que el siguiente fin de semana —es decir éste que acaba de terminar— me haya dado por volver a ver Olympia, el documental en dos partes que filmara la alemana Leni Riefestahl en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Olympia es una cinta controversial por el hecho mismo de su tiempo, su lugar y su autora. Registro de unos Juegos Olímpicos celebrados en el Tercer Reich, es además obra cumbre de una directora que no solo habría de contribuir a la construcción del discurso icónico del nazismo (y por tanto de todos los fascismos) sino de una que, en su documental inmediato anterior (El triunfo de la voluntad), lo hace de manera oronda, retratando la figura de Hitler y sus delirios de grandeza con un lirismo perturbador.

Más allá de unas cuantas tomas inocuas del Führer en las tribunas, Olympia no es cine político o, si lo es, lo es del mejor signo posible: Riefenstahl aparece a través de ella como una humanista, admirativa ante la cuádruple proeza del atleta negro Jesse Owens, conmovida por la medalla de oro del corredor neozelandés John Lovelock, único representante de su país. Cierto: su estética, de un hieratismo nietzscheano, es la que asociamos con el fascismo, pero habría que considerar que la del olimpismo mismo comparte esos rasgos —ambas abrevan del clasicismo— y que acaso lo que hoy interpretamos como discurso visual del totalitarismo sea heredero de la sensibilidad riefenstahliana y no a la inversa.

Buena parte de la cinta —la primera mitad, sobre todo— es antecedente de las actuales coberturas televisivas olímpicas y de su sensibilidad: con buen ritmo, buena fotografía y buena composición, retrata el espíritu, asaz mezquino y narcisista, de la competencia. Pero en muchos momentos, cuya frecuencia incrementa en la segunda mitad, Riefenstahl se deja conmover por ciertos deportes —el salto con garrocha, el lanzamiento de jabalina, los clavados— y renuncia a documentar la lucha por el reconocimiento para yuxtaponer sagaz y sensiblemente imágenes hasta lograr algunos de los momentos más poéticos que ha alcanzado el cine. Es entonces cuando Olympia justifica su estatuto artístico: cuando los cuerpos dejan de tener por referencia otros cuerpos, cuando la identidad (nacional) queda abolida, cuando la belleza campea por sí sola y se convierte en un fin, en la vindicación de lo humano mismo que no necesita medirse porque, sin referente, por sí solo, es.

Es ése un hermoso espectáculo. Uno que redime ese feo rasgo, olímpicamente humano, que es el afán de poder.